La reconstrucción de la formación del istmo de Panamá puede ayudar a comprender los movimientos de las placas subterráneas, lo que es esencial para entender los terremotos y hacer proyecciones a futuro. Además, es clave para entender la biodiversidad actual, su distribución e interacciones. Para ello, son muy útiles el registro fósil y la geología.
Antes de que se formaran el istmo centroamericano y Panamá, América del Norte y del Sur estaban separadas por el mar. Algunos científicos postulan que el istmo surgió de un archipiélago de islas de origen volcánico, que se formó por la subducción de las placas en el Pacífico y el choque con la del Caribe hace unos 15 millones de años.
Se estima que hace 3 ó 4 millones de años el istmo ya había emergido y unía el norte con el sur, convirtiéndose en un corredor biológico que per- mitió la migración de la fauna, y en una barrera que generó cambios en las corrientes de aguas, que afectaron el clima del mundo y los océanos.
GEOLOGÍA EN KUNA YALA
El biólogo e investigador postdoctoral del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), Aaron O’Dea, llegó al país con el fin de estudiar dónde, cómo y cuándo ocurrió el “cierre” del istmo de Panamá y los efectos de su formación.
“Hemos trabajado en Bocas del Toro, Colón y en el Pacífico, así como en cuencas en el Caribe de Costa Rica, República Dominicana, Venezuela y Colombia, pero faltaba estudiar algunos lugares de Panamá, como la costa de Kuna Yala”, expresa.
Así, con el financiamiento de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, dirigió una exploración geológica de 28 días, que recorrió desde la entrada del Canal de Panamá, en Colón, hacia el este, hasta la frontera con Colombia, incluyendo Kuna Yala.
Junto al biólogo Félix Rodríguez y otros científicos partieron el pasado 1 de septiembre a bordo de la nave Urracá del STRI. Con la ayuda del arqueólogo Aguilardo Pérez, los científicos hicieron contacto con las comunidades kunas y obtuvieron los permisos para hacer los muestreos en la zona.
Dividieron la región en secciones, y a bordo de botes zodiac se acercaban a la costa, donde tomaban fotos, muestras y notas sobre las rocas. “Cada vez que encontrábamos un río grande, subíamos cami- nando por la cordillera unas horas y buscábamos rocas en la bajada del río”, dice O’Dea.
HALLAZGOS
El científico añade que la geología de la región tiene una gran diversidad. Hay rocas de erupciones volcánicas piroclásticas e, incluso, hallaron en la selva un arrecife de coral calcificado, a unos 100 metros sobre el nivel del mar, lo que aporta datos sobre la emersión del istmo.
En la frontera con Colombia encontraron una sección de costra rocosa oceánica, con una inclinación de unos 50 grados, que emergió alrededor de 2 mil metros del mar y también hay sedimento marino de aguas profundas, con restos de animales microscópicos, narra O’Dea. Añade que en La Miel también hallaron basaltos almohadas, que son formaciones rocosas que surgen cuando la lava de un volcán submarino toca el agua y se enfría.
En Río Abudi (cerca de Ustupu), explica, había un lugar con roca muy joven, lleno de fósiles. La madera fosilizada y el polen ayudarán a los científicos a entender cómo era la selva antes de que llegaran los humanos, hace unos 10 mil años.
Por ahora, trabajan en fechar el material y en la elaboración de un mapa geológico, pues los anteriores mostraban solo dos zonas, pero en la exploración determinaron, al menos, 15 áreas geológicas.





