Helkin Guevara hguevara@prensa.com
El día que Allan Karlsson cumplía 100 años, llegó a una determinación: al diablo la fiesta que le preparaban en el asilo, al diablo los invitados y al diablo los medios de comunicación que tomarían fotos para sus páginas de eventos. Sin nada más que los trapos que llevaba encima, y sus mínimos ahorros, saltó por la ventana con las dificultades propias de un cuerpo centenario y se largó.
Fue espontáneo. Se le ocurrió, le pareció bien y emprendió su lento escape a cualquier destino lejos del hogar para ancianos de Malmköping, en Södermanland, Suecia.
Eso de “morir bien” podía hacerlo en otro momento y lugar. Todavía tenía el suficiente aliento para encontrar alguna aventura en lo que le restara de vida, que no era mucha; quizá por eso no reparó en robar un misterioso maletín que lo llevó a ser perseguido por pandilleros asesinos arrastrando a más de un inocente en el conflicto.
Así había sido Allan desde niño: actuaba, y luego, si quedaba tiempo, pensaba. Dinámica que le llevaría a recorrer el mundo y conocer a un puñado de los personajes más relevantes de la historia del siglo XX.
Esa la propuesta que presenta El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson, una historia que entre fragmentos de novela negra y fuertes dosis de comedia, le pone sazón al pasado que todos conocemos para contarlo desde el rol protagónico que tuvo Allan en episodios tan delicados como la Guerra Civil de España, el proyecto Manhattan, la Guerra Fría o la caída del Muro de Berlín.
Resulta entretenido leer la versión satírica e irreverente de Jonasson de hechos contados desde la seriedad cónsona de los libros de ciencias sociales, enseñando siempre que una decisión, aunque parezca simple y sin importancia, podría, por qué no, cambiar tu destino. O dicho en pocas palabras: “Una cosa lleva a la otra”. Como dice Allan.
De paso, la lectura se convierte en un ejercicio mental, en un estímulo para la imaginación y en un guiño a todas aquellas frases proverbiales cliché que invitan a soñar, porque no cuesta nada. Sí, los relatos de cómo fue que ocurrieron en realidad varios de los momentos clave de las relaciones internacionales entre las potencias durante el siglo pasado, rayan el surrealismo y lo fantástico, pero ¿no son esos los ingredientes que requiere una historia para pasar a la categoría de leyenda? ¿Acaso las culturas de Oriente y Occidente no tienen sus fábulas repletas de seres y sucesos misteriosos que se siguen contando de generación en generación? ¿Recordaría alguien a la Tulivieja panameña que vive llorando a su hijo perdido entre las aguas, si su tragedia no se contara con ese hechizo que regala la ficción?
Jonasson lo sabe. Por eso usó a su Allan (una suerte de Forrest Gump sueco) para narrar la parte divertida del pasado y por eso dedicó su libro “al abuelo” que con sus narraciones sabía hechizar al público como nadie, y que ante la pregunta de si todo lo que contaba era cierto, respondía: “Quienes solo saben contar la verdad no merecen ser escuchados”.
