Que ayer se ganara Mario Vargas Llosa el premio Nobel de Literatura no ha sido ninguna sorpresa, ni para este escritor de 74 años ni para sus lectores ni para más de un crítico literario.
El peruano-español era el eterno candidato a este reconocimiento desde hace, por lo menos, tres lustros.
El colaborador de ‘Mosaico’ de La Prensa tiene una consolidada obra, en especial sus novelas y ensayos y mucho menos sus piezas teatrales, que sustentan esta justa decisión de los miembros de la Academia Sueca.
Es probable que el propio autor de Los Jefes (1959) tampoco se impresionara demasiado por la grata noticia, mientras dictaba un curso en la Universidad de de Princeton, ya que era normal que fuera uno de los favoritos en lengua castellana para llevarse esta distinción, gracias a esos portentos que son La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1965), Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981).
Su Nobel, a la par, es un reconocimiento al movimiento literario conocido como el boom latinoamericano y que puso en el mapa global, desde la década de 1960, a este continente americano tan absurdo y bello.
Ya otro distinguido integrante del boom, el colombiano Gabriel García Márquez, obtuvo el Nobel en 1982. De paso, ambos eran buenos amigos en sus tiempos mozos y por motivos que no están muy claros (se dice que por cuestiones de faldas o razones ideológicas) se dieron de golpes y se distanciaron desde hace décadas.
También el Nobel de Literatura otorgado a Mario Vargas Llosa es traer de nuevo el premio a una Latinoamérica pletórica de talentos, región que no recibía la bendición sueca desde que el poeta mexicano Octavio Paz lo obtuviera en 1990.
Solo un puñado de elegidos de los nuestros ha vencido en el Nobel, donde a veces puede más el mercadeo y la autopromoción que la calidad. Además de García Márquez, Paz y Vargas Llosa, hicieron lo propio Pablo Neruda (Chile, en 1971); Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1967); y Gabriela Mistral (Chile, 1945).
La nuestra es una región que tiene suficientes genios vivos que igualmente merecen el Nobel de Literatura, como Ernesto Sábato y Juan Gelman (ambos de Argentina); Carlos Fuentes (México); Gonzalo Rojas (Chile); y Eduardo Galeano (Uruguay), entre otros.
Pero la Academia Sueca ha obviado de forma casi sistemática el continente americano, y por la edad de muchos de los creadores citados en el párrafo anterior, es posible que mueran sin haberse ganado esta presea. Bueno, ya los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, así como otros tantos grandes latinoamericanos se fueron al otro barrio sin un Nobel que tanto merecían y ni falta que les hace.
VEA El nuevo Nobel y Panamá

