Noviembre siempre ha sido un mes de orgullo nacional. De banderas, himno y desfiles. Pero este año, el mes de la patria tiene un reto mayor: definir si Panamá va o no al Mundial 2026. Es el momento de sacar pecho, de apretar los dientes y de demostrar que, más allá de los empates y las dudas, seguimos siendo dueños de nuestro destino.
Lo primero que hay que decirlo sin rodeos: no podemos dejarnos robar el mandado. Lo que ocurrió en el Rommel en septiembre con los cuatro o cinco mil guatemaltecos en las gradas fue una lección. No podemos permitir que vuelva a pasar. En noviembre, cuando venga El Salvador, los únicos que deben hacerse sentir son los panameños. No hay excusas. Los salvadoreños no deberían superar el millar, porque el estadio debe vestirse de rojo. Es el momento de recuperar la casa, de hacer sentir que el Rommel pesa, pero para la visita.
Pero la responsabilidad no es solo del público. También es de los jugadores. La conexión con la gente no puede ser un gesto aislado o una formalidad para las cámaras. No puede ser que solo un puñado levante la mano o mire hacia la cerca de ciclón cuando el bus llega al estadio.
El pueblo panameño necesita sentir que este equipo vibra con él, que reconoce el esfuerzo de quienes pagan un boleto, que siente lo mismo que se canta desde la tribuna. Si hay algo que ha caracterizado al fútbol panameño en sus mejores días, es esa unión entre el campo y la grada. Y hoy, más que nunca, hay que recuperarla.
Tal vez ha llegado el momento de volver a escuchar a los que abrieron el camino. Aquellos que pusieron el alma por la selección cuando el sueño del Mundial parecía un imposible. Gente como Julio, Jorge, Piggott, Mendieta… como Baloy, Román, Penedo o el Gavilán. Voces que recuerdan que vestir la camiseta nacional no solo es un privilegio, es una responsabilidad. Que ganar en el Rommel no se negocia. Que la entrega no depende del marcador.
Porque más allá del fútbol, esto también es identidad. Noviembre es el mes en que celebramos nuestra separación e independencia, y no hay mejor forma de honrarla que unidos por una causa común: ver a Panamá en su segundo Mundial. No es momento de criticar por criticar, sino de empujar todos hacia el mismo lado. Desde los días previos al 13 de noviembre, el país entero debe sentir que se juega algo grande, algo que va más allá de los noventa minutos.
Panamá aún depende de sí misma. Pero depender de uno mismo no sirve si no hay convicción, si no hay unidad, si no hay pasión. Que este mes de la patria nos encuentre juntos, en las calles y en las gradas, con una sola voz y un solo objetivo. Porque el Mundial sigue siendo posible… siempre y cuando entendamos que clasificar no es solo tarea de once jugadores, sino de todo un país.
