Si el Mundial 26 quiere ser histórico de verdad, que podría serlo, debería destinar a Venezuela la recaudación de las entradas a los partidos de mínimo una fecha. Esta columna iba a publicarse el jueves de la semana pasada... Fue imposible: el dolor por la tragedia venezolana obligó a una pausa para reflexionar sobre la vida, y para insistir una vez más en que el fútbol, como el amor, lo tiene todo para derrotar a la muerte.
Es en la cancha de las victorias improbables que este Mundial revela gestos de humanidad de quién sino sus protagonistas, los jugadores. En una vía contraria a la tomada por los 289 futbolistas que están sudando un suéter ajeno al de su país de nacimiento, un puñado de rebeldes prefirieron hacerlo por la selección de sus ancestros.
Erling Haland dejó a un lado a su nativa Inglaterra para jugar por Noruega, donde nació su padre Alf-Inge Haaland y donde el delantero creció desde los 3 años. De manera que nada pudo detener su decisión “natural” de sumarse al equipo noruego, ni los millones como producto de su salario en el Manchester City, ni tampoco el clamor de los ingleses. Y si las cosas siguen el derrotero de las convicciones de este feroz vikingo cabría pensar que fulminará naturalmente a los brasileños en el duelo del próximo domingo.
Más cautivante aun resulta el relato de Ayyoub Bouaddi, el francés de sangre marroquí que juega tanto en el club Lille Olympique Sporting Club de la liga francesa, como en la Selección Marruecos. Y como Bouaddi es también un adolescente (18 años), sería de los únicos del álbum bíblico de Panini al que le luzca la cursilería esa que encabeza las páginas de cada equipo, donde aparece el inesperado We are, que para el presente caso termina diciendo Morocco.
Le luce el estribillo debido a su figuración en las categorías inferiores de Francia, sobre todo por su convocatoria al equipo absoluto el año pasado. Pero en enero el mediocampista cambió de opinión, y la reafirmó debutando en este Mundial con el país de sus padres en el empate a uno contra Brasil. A su desempeño sin par le cabría con toda razón un auténtico I am moroccan.
La muestra máxima de anteponer la sangre la presentan los futbolistas curazaleños. De un total de 26 convocados a la Selección, 25 de ellos nacieron en Europa. Sus padres y abuelos partieron de la isla caribeña hacia el país central del Reino de los Países Bajos. Obtuvieron la nacionalidad curazaleña para representar a la isla con la que marcaron el registro doble de clasificarla por primera vez a la Copa del Mundo y de convertirla en la historia del torneo como la representación de una nación con el menor número de habitantes.
En el contexto de la lealtad hacia dos o más patrias vale resaltar las donaciones de los mundialistas para ayudar a Venezuela. Messi, Neymar Jr. y otros cuantos decidieron contragolpear el terremoto enviando sumas de dinero. Se trata de una jugada que va armándose con el toque generoso de las estrellas. Su desenlace no será otro que la anotación del mejor gol de todos los mundiales, de uno que trasciende las camisetas. Es el gol que nos une.

