Sam Darnold está a un juego de completar una de las transformaciones más inesperadas de la NFL.
Ocho temporadas, cinco equipos y una reputación que muchos ya habían sentenciado, incluyéndome. Hoy es el quarterback de los Seattle Seahawks rumbo al Super Bowl LX ante los New England Patriots en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California.
Elegido número 3 del draft en 2018, Darnold llegó a la liga junto a nombres como Baker Mayfield, Josh Allen y Lamar Jackson. Durante años fue el más cuestionado del grupo y ahora es el primero en aparecer en el partido de febrero.
Su etapa con los Jets estuvo marcada por inestabilidad, cambios de coordinadores ofensivos y malos resultados. Luego vinieron paradas en Carolina y San Francisco, aprendiendo desde el banquillo, ajustando mecánica, lectura y toma de decisiones.
El giro real llegó después. Primero una temporada de alto nivel que reactivó su valor de mercado con los Vikings, y luego la apuesta de Seattle para convertirlo en su titular. La respuesta fue inmediata: récord de 14-3, título divisional y sembrado número uno de la NFC.
La prueba mayor fue la final de conferencia. Con una lesión necia, Darnold lanzó para 346 yardas y tres touchdowns, completó 25 de 36 pases y no perdió el balón en el triunfo 31-27 ante los Rams. Rendimiento de élite bajo presión. Su entrenador Mike Macdonald lo resumió claro: silenció a muchos críticos.
El guion tiene capas extra. Enfrentará a los Patriots, el mismo rival contra el que vivió uno de los momentos más duros de su carrera cuando admitió siendo jugador de los Jets que “veía fantasmas”. Ahora los tiene al frente por el trofeo Vince Lombardi.
Y también regresa al Levi’s Stadium, donde tuvo un paso discreto como suplente en los 49ers. Hoy vuelve como protagonista.
Muchos aficionados de los Jets, su primer equipo, no lo dirán en voz alta… pero disfrutarían verlo negarles el campeonato a los Patriots.
Super Bowl LX y la redención total en juego.
