Las derrotas de noviembre ante Uruguay dejaron al descubierto que no tenemos margen de error y el regreso a la escuela boricua no es antojo, sino una admisión de urgencia.
La contratación de Nelson Colón trae consigo el objetivo de pelear en las eliminatorias mundialistas de baloncesto.
Panamá no va a clasificar por inercia ni por talento aislado. Tiene que clasificar por estructura, disciplina y compromiso total. Y eso implica exigencia para todos: federación, cuerpo técnico, jugadores, el regreso de liga local y entorno.
Han pasado dos décadas desde la última presencia mundialista. Veinte años son suficientes para entender que no se trata de mala suerte ni de cruces desfavorables.
Por eso la contratación del puertorriqueño Nelson Colón no debe leerse solo como un cambio de entrenador, sino como un cambio de paradigma: importar método, cultura defensiva y rigor competitivo de una escuela que sí sabe sobrevivir en el ecosistema FIBA.
Colón llega con un aval concreto: romper una sequía olímpica de 20 años con Puerto Rico. No es garantía automática de nada, pero sí establece una línea base de trabajo. Su discurso es claro: defensa, cohesión y sacrificio colectivo. Justamente los tres componentes que Panamá ha mostrado de forma intermitente, nunca sostenida.
El panorama no admite romanticismo. Panamá está 0-2 en la fase y carga ese récord hacia la siguiente ronda. No hay borrón y cuenta nueva. Cada derrota ya cuenta en la mochila. Visitar a Cuba y Argentina ahora, y luego recibirlos en julio, obliga a competir con mentalidad de eliminación directa. No hay espacio para “ventanas de aprendizaje”. Son ventanas para ganar.
Además, la fase final proyecta un escenario de máxima dureza: potencias continentales, plantillas profundas y sistemas consolidados. El formato es claro: los tres primeros avanzan, el cuarto sobrevive en repechaje, quinto y sexto quedan fuera. No hay atajos reglamentarios ni cálculos creativos que maquillen la realidad. Hay que ganar partidos grandes, punto.
La exigencia también recae sobre los jugadores referentes. Representar al país no puede ser opcional según conveniencia competitiva o fatiga de calendario. Si el objetivo es volver a un Mundial, el compromiso tiene que ser vinculante en la práctica, no solo en declaraciones. Se juega por la camiseta, la bandera y el himno.
La federación, por su parte, tiene que sostener el giro con recursos, logística seria y planificación a largo plazo. No basta con traer un técnico con éxitos recientes y esperar milagros tácticos en cuatro entrenamientos. Se necesita microciclo de trabajo, seguimiento físico, coordinación con clubes y desarrollo paralelo de categorías menores alineadas con la misma idea de juego.
Si se atan todos los cabos —plantel completo, identidad defensiva, disciplina táctica y localía fuerte— Panamá puede pelear. Si falla uno solo, la ilusión se vuelve matemática imposible.
No es tiempo de promesas suaves ni de diagnósticos complacientes. Es tiempo de exigencia frontal. Volver a una Copa del Mundo no es un deseo: es una obligación competitiva con nuestra historia y que demanda que todos, sin excepción, estén a la altura.

