Pateando la mesa: Bendita juventud

Durante este mes de agosto, con el reinicio del fútbol a nivel de clubes, Panamá ha recibido una serie de noticias que permiten mirar hacia el futuro con optimismo.

Oportunidades que empiezan a convertirse en realidad.

Josué Vergara consiguió su estreno goleador con el Gent de Bélgica luego de un exitoso semestre en Letonia.

Mijahir Jiménez debutó en la MLS y firmó su primer contrato como profesional con los New York Red Bulls.

El bocatoreño Newton Williams, a sus 25 años, regresó a las canchas con el Saprissa después de superar una durísima lesión de rodilla y lo hizo dejando señales de que todavía tiene mucho fútbol por ofrecer.

Y Kadir Barría continúa acumulando el roce de competir en el Brasileirao y en la Copa Sudamericana.

Cuatro delanteros. Cuatro historias distintas. Orígenes similares. Y, sobre todo, un futuro que invita a ilusionarse.

Hay un dato que resume buena parte de esta historia: tres de ellos nacieron en 2007 y el otro en 2001.

Bendita juventud.

Barría mide 1.83 metros; Mijahir Jiménez, 1.87; Newton Williams, 1.91; y Josué Vergara, 1.96. Son delanteros fuertes, rápidos, con presencia física y capacidad para competir en el juego aéreo. Pero quizá lo más importante es que ninguno ha llegado todavía a su techo.

El talento les abrió la puerta, pero el éxito no es de un fin de semana.

Los cuatro tendrán que convertir estas primeras señales en una carrera sólida, como las de Julio y Jorge, Tejada, Rommel y Blas.

Eso solamente llegará de la mano del trabajo, la disciplina, la constancia y la capacidad de cada uno para aprovechar las oportunidades que encuentre en sus respectivos clubes.

Porque después de un Mundial en el que Panamá se marchó sin marcar un solo gol, resulta inevitable mirar con especial atención hacia una generación de delanteros que puede aumentar la competencia por el puesto de nueve en la selección nacional.

Durante los últimos seis años, esa posición ha estado principalmente en manos de José Fajardo y Cecilio Waterman. Este último, además, ya anunció su retiro de la selección. Fajardo continúa siendo una alternativa, al igual que Tomás Rodríguez, pero ahora aparecen cuatro nombres que pueden empujar desde abajo.

Y eso, sin importar quién termine jugando, solamente puede favorecer a Panamá.

La competencia eleva el nivel. Obliga a los futbolistas establecidos a mantenerse en forma y les demuestra a los jóvenes que el puesto no está reservado para nadie. También le entrega al cuerpo técnico más alternativas para elegir de acuerdo con el rival, el momento y las características de cada partido.

Para el pasado Mundial, Thomas Christiansen llegó a explicar que tendría prioridad el grupo de jugadores que había formado parte del proceso. Esa decisión tenía argumentos a favor: continuidad, conocimiento del sistema, experiencia y la confianza construida durante años.

Pero también tiene una contraparte.

Un nuevo proceso no puede construirse bajo la premisa de que todo debe hacerse exactamente igual. Panamá consiguió grandes resultados durante el ciclo anterior, pero eso no significa que las mismas fórmulas necesariamente producirán mejores resultados en el futuro.

Y sería un error confundir gratitud con inmovilidad.

Panamá viene de años extraordinarios: tres Final Four consecutivos, unos cuartos de final de Copa América y una clasificación invicta al Mundial. Fueron logros que elevaron las expectativas de un país que, después de 90 partidos con el mismo técnico, llegó al gran torneo convencido de que podía competir a otro nivel. Vaya fiebre vivió el país.

La realidad terminó siendo mucho más dura.

Nos marchamos sin goles, sin puntos y con una sensación de frustración que nació de la combinación entre el trabajo acumulado durante años y las expectativas que inevitablemente genera una clasificación mundialista.

Precisamente por eso, el nuevo proceso necesita competencia y necesita tiempo.

En octubre llegará una gira por Asia que, de momento, contempla dos partidos y podría ampliarse a tres. En noviembre estarán los cuartos de final de la Liga de Naciones. Son partidos que deben servir no solamente para buscar resultados, sino también para observar.

Para quienes toman las decisiones, el momento de mirar a estos jóvenes es ahora.

Hay que verlos entrenar. Hay que conocerlos dentro del grupo. Hay que observar cómo responden a la presión. Hay que darles minutos y permitirles entrar progresivamente en la dinámica de la selección.

Porque cuando comiencen las próximas eliminatorias habrá cada vez menos espacio para experimentar.

Los partidos de los próximos 18 meses serán fundamentales para determinar qué Panamá llegará a ese momento.

Y en esa construcción, tener cuatro delanteros jóvenes compitiendo en cuatro escenarios diferentes es una bendición.

Panamá necesita goles. Necesita delanteros que quieran el puesto, que peleen por él y que entiendan que vestir la camiseta nacional no puede ser el resultado de una promesa, sino la consecuencia del rendimiento.

No lo olviden. Son fuertes. Rápidos. Con juego aéreo. Jóvenes.

Y, afortunadamente, todavía lejos de haber alcanzado su techo.


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