Hoy llega uno de los días más esperados para el fútbol panameño: la convocatoria oficial para afrontar nuestro segundo Mundial. En un rato, Thomas Christiansen mencionará 26 nombres que nos representarán en el Mundial 2026 a disputarse en Norteamérica.
Panamá vuelve a estar en una Copa del Mundo y eso no es producto de la casualidad. Es consecuencia del crecimiento de una generación de talentosos futbolistas que entendió cómo competir, cómo elevar el nivel y cómo dejar atrás el complejo histórico del área.
Nuestros jugadores han potenciado su talento, han emigrado, han aprendido a convivir con la presión y han conseguido que la selección sea, sin temor a exagerar, el referente actual del fútbol centroamericano. Lo dicen los resultados, el rendimiento y la continuidad de un proyecto que ha logrado sostenerse más allá de nombres puntuales.
Pero precisamente porque el fútbol panameño ha crecido tanto, también obliga a mirar alrededor y preguntarnos si todo nuestro ecosistema está evolucionando al mismo ritmo.
Y ahí es donde aparece una preocupación que me dejó la final del sábado entre Alianza y Plaza Amador.
Más allá del tricampeonato, el partido dejó un mal sabor de boca por decisiones arbitrales que terminaron influyendo directamente en el desarrollo y el resultado del encuentro. Una segunda amarilla por una falta inexistente, un saque de esquina mal señalado y que acabó en gol, un penal que no se pitó y una expulsión que tampoco apareció tras una reacción originada por la jugada anterior.
Sí, es válido debatirlas. Sí, es válido analizarlas. Pero esto ya no se trata de señalar públicamente a un árbitro específico.
Porque con mucho respeto, el problema parece ser más profundo y más estructural.
Panamá llegó a tener árbitros con presencia constante en Copa Oro, eliminatorias y hasta Copas del Mundo. Había representación internacional y existía una sensación de crecimiento sostenido. Hoy, en cambio, da la impresión de que el arbitraje nacional se quedó rezagado frente a la velocidad con la que evolucionó el fútbol.
El juego hoy exige muchísimo más porque todo ocurre a otra intensidad, con futbolistas más rápidos, más fuertes y técnicamente mejor preparados. Las jugadas determinantes suceden en segundos y requieren preparación física, lectura táctica y apoyo tecnológico.
Y quizás allí está uno de los puntos más delicados.
En el fútbol actual parece más sencillo sancionar roces, discusiones o agresiones sin balón que interpretar correctamente las acciones que realmente cambian partidos. Las jugadas con balón, las que definen campeonatos, las que terminan condicionando emociones y títulos, son precisamente las que más dificultades generan.
Pero tampoco corresponde convertir esto en una cacería pública contra los árbitros actuales. Porque, guste o no, ellos son hoy los mejores que tiene Panamá. El verdadero debate debe apuntar hacia otro lado: formación, actualización y respaldo.
No podemos dormirnos en el proceso de desarrollar nuevos árbitros. Y mucho menos seguir ignorando la necesidad de incorporar tecnología.
La respuesta aparece cada vez que se menciona el Video Support o el VAR: que es muy costoso, que no se sostiene económicamente, que la liga no tiene condiciones, que todavía no es viable.
Puede ser cierto. Implementarlo cuesta dinero. Requiere infraestructura, capacitación y logística. Pero entonces tampoco podemos sorprendernos ni lamentarnos cuando ocurre una jugada polémica como la del sábado entre Oliver Campos y Héctor Ríos.
El fútbol panameño ya dio el salto competitivo en la cancha. La selección lo demuestra clasificando nuevamente a un Mundial. Los clubes trabajan, invierten y buscan profesionalizarse.
El arbitraje también necesita herramientas para evolucionar.
Porque la tecnología es una inversión necesaria para proteger el espectáculo, darle mayor justicia al juego y reducir el margen de error en partidos que definen campeonatos.
No hacer nada al respecto seguirá dejando al arbitraje panameño en desventaja frente a colegas de otras ligas que sí trabajan con VAR cada semana. Y también seguirá afectando a equipos y futbolistas que se preparan durante todo un año para competir por un título que no debería quedar condicionado por errores evitables.
