En un par de semanas finalmente abrirá sus puertas el estadio Estadio Roberto Mariano Bula en la provincia de Colón. El presidente de la República y otras autoridades cortarán la cinta de una obra que, en el papel, debía tomar 20 meses. La realidad fue otra: pasaron nueve años. O, dicho con mayor crudeza, 108 meses en total, 88 más de los originalmente pactados.
Porque el Mariano Bula no es un estadio cualquiera. Es el coliseo insignia de Colón. Y utilizo ese término con pleno conocimiento de causa. Meses atrás revisaba su historia y encontré que su origen se remonta a unas ocho décadas atrás, cuando el deseo del colonense por practicar deporte comenzó a materializarse en infraestructura. No todos lo saben, pero el estadio fue sede de partidos de las eliminatorias mundialistas rumbo a Copa Mundial de la FIFA 1986. Es decir, allí también se escribió parte de la historia del fútbol panameño.
Podemos detenernos en los números fríos y afirmar que la obra terminó costando tres veces más que su valor original. Es legítimo hacerlo. La rendición de cuentas es indispensable. Pero hay otra pérdida que no aparece en los informes financieros: la juventud que durante casi una década no tuvo este espacio en pleno centro de la ciudad para entrenar, competir y formarse.
Esa es la deuda invisible.
Soy testigo de que el deporte cambia vidas. Y el problema es que muchas veces solo cuantificamos el éxito en términos de firmas profesionales a los 16 años o contratos en Grandes Ligas a los 25. Pero el verdadero impacto es más profundo. Está en la disciplina que se aprende en los entrenamientos, en el compromiso con un equipo, en la responsabilidad de llegar temprano, en el respeto a la autoridad y en la resiliencia ante la derrota.
¿Cuántas historias no se encaminaron por falta de oportunidades en estos nueve años? ¿Cuántos adolescentes no encontraron en el deporte el espacio que necesitaban para canalizar energía, talento y carácter? Esas vidas no aparecen en el presupuesto, pero existen.
El 2026 también traerá de vuelta el Estadio Armando Dely Valdés, con remodelación de cancha y gradas, además de un nuevo gimnasio cruzando la calle del Gimnasio Panamá Al Brown. Son señales positivas. Son pasos en la dirección correcta.
Pero Colón necesita más, mucho más.
Hace 15 años se prometieron ciudades deportivas en Colón y Chiriquí que nunca se construyeron. Proyectos integrales que contemplaban no solo estadios con tribunas, sino centros especializados de entrenamiento con aulas, gimnasios, comedores y dormitorios. Infraestructura pensada para el alto rendimiento y para la masificación del talento.
Nunca es tarde cuando la dicha es buena. Estos proyectos deben volver a la mesa. Deben estudiarse con rigor técnico, estructurarse financieramente y licitarse con transparencia.
Hace dos décadas, la medalla de oro olímpica de Irving Saladino comenzó a forjarse fuera del país, en Brasil. El talento panameño existe. Lo que muchas veces falta es el ecosistema adecuado: instalaciones modernas, planificación a largo plazo y entrenadores idóneos trabajando de manera articulada.
Si logramos combinar infraestructura, formación académica y acompañamiento técnico, podemos multiplicar el desarrollo de futbolistas, beisbolistas, boxeadores, atletas de pista y campo y jugadores de baloncesto.
El renacimiento de Colón no es un discurso romántico. Es una necesidad social. Y el deporte debe ser uno de sus ejes estructurales.
