Falta menos de una semana para que bajen el telón los Juegos Suramericanos de la Juventud Panamá 2026, y el balance —aunque todavía incompleto— ya deja una sensación y es que Panamá estuvo a la altura del evento que organizó. No fue perfecto, sería ingenuo afirmarlo, pero en términos generales superó expectativas propias y ajenas, tanto en lo organizativo como en lo competitivo.
Pero no basta con armar la fiesta porque también hay logros que celebrar y este domingo llegó uno de los momentos cumbre.
Porque al final el deporte no vive de la logística ni de la ceremonia. Vive de los resultados. Vive de los momentos en los que el país anfitrión deja de ser anfitrión y pasa a ser protagonista. Y ese momento, en estos Juegos, llegó este domingo con nombre propio: el flag football femenino.
El 64-0 sobre Venezuela no fue solo una victoria; fue una declaración. Desde el primer drive hasta el último, el partido fue una exhibición de superioridad técnica, táctica y emocional. No hubo espacio para dudas ni para narrativa épica del rival. Fue dominio puro, sostenido, contundente.
Y detrás de ese marcador hay nombres que ya forman parte de la memoria reciente del deporte panameño: Yoelkis Tuñón, Catalina Pazmiño, Jade Vega, Alejandra Albo, Lucía Rodríguez, Andrea Muñoz, Nohelys Martínez, Isabel Maduro, Alejandra Ramos, María Fernanda Castillo, Jeaneth Torres, Valentina Rodrigues.
Y recuerden que este oro no nació el domingo. Viene de un proceso largo, de un deporte que en Panamá ha tenido que reinventarse varias veces en más de dos décadas. Un deporte que pasó de la informalidad a la estructura, del anonimato al protagonismo latinoamericano y mundial. Hoy, ese recorrido empieza a rendir frutos visibles.
Y hay un detalle que no se puede pasar por alto: la deportividad.
Antes de disputar su final, estas mismas jugadoras estuvieron respaldando a la selección masculina, que se quedó con la plata tras caer ante Brasil. Ese gesto, pequeño para algunos, es enorme en lo que realmente construye el alto rendimiento: identidad, sentido de pertenencia, proyecto colectivo. Panamá no ganó solo por talento; ganó porque entiende lo que está construyendo.
También hay infraestructura, y eso importa.
El estadio Emilio Royo, hoy casa del flag football panameño, aparece en el momento justo. Porque el crecimiento de este deporte ya no puede depender únicamente del entusiasmo; necesita más condiciones, planificación y mantenimiento. Tenerla así es es importante. Cuidarla será más determinante.
Y lo que viene obliga a mirar más lejos.
El Mundial en Alemania está a la vuelta de la esquina. Y en el horizonte, cada vez más cercano, aparece una posibilidad que hace unos años sonaba utópica: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.

