Pateando la Mesa | No nos conformamos

La participación de Panamá en el Mundial 2026 terminó de manera inmerecida sin puntos y sin goles. El balance estadístico dice que finalizamos en la posición 43 entre 48 selecciones, con diferencia de goles de -4. Solo quedaron por debajo Uzbekistán, Túnez, Haití, Jordania e Irak.

Los números son fríos, pero el contexto cuenta otra historia.

Desde afuera se admiró el proceso de Thomas Christiansen, la evolución colectiva de una selección que ya compite con personalidad y que dejó atrás aquella imagen de Rusia 2018. Además no se cumplió la palabras de Zlatan Ibrahimović que llegó a decir que Panamá sería un “punching bag”. Esta vez nadie pasó por encima de nosotros.

Pero tampoco podemos conformarnos.

Más de 65 mil panameños acompañaron a la selección entre Toronto y Nueva York. Llenaron las tribunas, caminaron kilómetros con la camiseta puesta, cantaron antes, durante y después de cada partido. Todos se fueron esperando ese momento que nunca llegó: el primer gol de Panamá en un Mundial fuera de Rusia 2018. Un grito capaz de acelerar el corazón y romper la garganta. Ahora habrá que esperar, como mínimo, otros cuatro años para volver a intentarlo.

El fútbol panameño debe sentirse orgulloso de lo construido, pero jamás satisfecho.

Si el trabajo serio continúa desde la planificación, fortaleciendo las categorías menores y potenciando el talento que nace en los barrios, es cuestión de tiempo para que llegue una gran alegría en alguno de los torneos de Concacaf y, por qué no, en una próxima Copa del Mundo.

El primer objetivo ya está claro: clasificar por primera vez a dos mundiales consecutivos.

Porque, antes de lamentar los goles que no llegaron en este Mundial, duele mucho más recordar cómo Panamá tuvo el boleto a Catar 2022 en sus manos y lo dejó escapar durante la segunda vuelta de aquella Octagonal.

Somos Panamá. Aquí nadie regala nada.

Y, aun así, hay razones para creer. Croacia, Ghana e Inglaterra nunca encontraron el camino durante los primeros tiempos. Panamá volvió a competir de tú a tú durante largos pasajes contra selecciones de mayor tradición. Eso también es crecimiento.

Y hay otra victoria silenciosa que merece ser reconocida: esta selección ya no viaja sola por el mundo. Miles de panameños hicieron de Toronto y Nueva York una extensión de casa. El apoyo nunca faltó. El aliento tampoco. Los aplausos estuvieron incluso después de las derrotas.

Eso demuestra que el fútbol panameño ya dejó de pedir permiso para sentarse en la mesa.

Ahora el siguiente paso es mucho más difícil.

No sentarse.

Sino quedarse.


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