El 2026 arrancó para Panamá con el peso simbólico de un año mundialista y con dos partidos que, más allá del resultado puntual, dejaron material suficiente para la reflexión. Bolivia y México fueron apenas el punto de partida de un calendario que irá subiendo en exigencia, pero también sirvieron para confirmar que el camino hacia el Mundial no se construye solo en fechas FIFA ni se limita a la lista final de convocados. Se construye, sobre todo, en la capacidad de anticiparse.
La primera reflexión es clara: Panamá debería explorar con mayor decisión la posibilidad de disputar partidos fuera de fecha FIFA. No se trata de un capricho ni de sumar amistosos por acumular minutos, sino de entender que la clasificación al Mundial también impacta directamente en el ecosistema local, particularmente en la LPF. Los partidos recientes lo demostraron. La competencia interna se activa, los jugadores se exponen a contextos distintos y el debate futbolístico deja de ser teórico para aterrizar en rendimientos concretos.
El doble desafío de este inicio de año fue bien planteado. Jugar en condición de visitante ante Bolivia exigió adaptación, temple y lectura de partido en un entorno siempre incómodo. Luego, enfrentar a México, con un rival que trajo cerca de 18 futbolistas que muy probablemente estarán en la convocatoria final del Tri, elevó el nivel de exigencia. Panamá no enfrentó un equipo experimental, sino una muestra bastante cercana de lo que tendrá enfrente en competencias mayores. Ese tipo de pruebas no sobran y conviene aprovecharlas.
Otro punto que sigue abierto —y que es sano que lo esté— es la conversación sobre el cuarto portero. Tanto Eddie Roberts como JD Gunn cumplieron cuando les tocó. No deslumbraron ni fallaron, que en esa posición ya es bastante. El fútbol, y el deporte en general, vive de cambios de última hora: lesiones, suspensiones, imprevistos. Por eso, más allá del titular y del suplente inmediato, es indispensable trabajar planes B, C y hasta D. La profundidad en la portería no es un lujo, es una necesidad en un proceso mundialista.
En clave de futuro, los jugadores que vienen del último Mundial Sub-20 aportan una dosis necesaria de esperanza. Ariel Arroyo y Giovany Herbert son ejemplos de que el trabajo formativo empieza a reflejarse en la selección mayor. A ellos se suman nombres que cargan con una responsabilidad especial en la delantera, como Gustavo Herrera y Kadir Barría. Ambos representan el inminente relevo generacional y, aunque hoy transitan realidades distintas, el desafío es compartido.
Gustavo necesita recuperar confianza, reencontrarse con su mejor versión y sentirse nuevamente determinante. Kadir, por su parte, debe sostener el enfoque desde un entorno familiar y de club que apunta a su crecimiento. Más que una competencia directa, entre ellos debería existir un respaldo mutuo. La selección necesita que ambos crezcan, no que uno avance a costa del otro.
Y el calendario no da tregua. En marzo vendrán amistosos en Sudáfrica con los jugadores que clasificaron a Panamá en noviembre. En mayo, Brasil. En junio, la despedida en el Rommel Fernández antes del campamento en Ontario, Canadá. Cuatro pruebas de alto valor para ensayar, ajustar y consolidar una idea futbolística reconocible.
El objetivo es ambicioso, pero no irreal: acercarse a la primera victoria mundialista y, de paso, posicionarse en la lucha por avanzar como uno de los mejores terceros. En el Mundial 2026, ocho de los doce terceros de grupo seguirán en competencia. Panamá tiene el calendario, los nombres y el tiempo. Ahora, el reto es transformar este inicio reflexivo en un proceso coherente que no deje nada al azar en el año más importante del ciclo.

