Un día intenso en Londres

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Vine a Oxford a dar unas charlas de algunas cosas que sé de literatura. Vine a Oxford y recalé en Londres por un día que viví con toda intensidad. Por la mañana, muy temprano estuve en una mesa redonda sobre ficción literaria en América Latina durante el siglo XXI.

Estuve acompañado en la mesa por una doctoranda, activista y feminista, que me reprochó con amabilidad que no nombrara a ninguna escritora y que mis fichas fueran todos escritores.

Le cité a 10 escritoras y sus novelas, pero no conocía a ninguna. Y por una profesora, muy inglesa, que leyó un texto profesoral irreprochable.

La figura fue Roberto Bolaño, de quien dije que me parecía muy buen escritor, pero bastante sobrevalorado. No pasó nada ni hubo ningún escándalo.

Dije lo mismo de César Aire y aquí sí discreparon muchos de los oyentes. “Eso es lo bueno de la literatura y lo más divertido, discrepar y cambiar criterios”, dije.

Estuvimos dialogando un par de horas, ellas en inglés y yo en español, y me atreví a terminar afirmando que Bolaño no existiría sin Julio Cortázar, de quien en ese mismo día se cumplían 30 años de fallecido. No hay casualidades.

Lo digo también porque estábamos hablando en el Senate House, un edificio inmenso que causó un escándalo en Londres cuando fue construido por su excesiva altura y su estructura física casi soviética.

No en vano este edificio fue el que usó Orwell en su novela 1984 como el tétrico Ministerio de la Verdad, terrorífico sistema totalitario al que tenían que someterse todos los “ciudadanos”.

Dimos luego un paseo por Londres y llegamos al mediodía a almorzar a la embajada española, en Belgravia, invitados por Federico Trillo, actual embajador de España en la Gran Bretaña y viejo conocido mío.

¿Qué hablamos? Otra vez Escocia y Cataluña. Y la pregunta sobre cuándo se publicarán mis memorias. La expectativa es grande y vaya a saber uno si ese argumento positivo en principio va a volverse con el tiempo y los inesperados resultados en algo que no va a ser bueno. Nadie lo sabe.

La noche fue espléndida: una cena con el director del Cervantes, el gran Julio Crespo, y su mujer Cathy, yo y Myriam Gómez, que llegó a ser una gran actriz en la vieja Cuba y que después sería y hasta hoy la mujer y la viuda de mi amigo Guillermo Cabrera Infante.

La cena fue en su honor y estuvimos muy divertidos. Venir a Londres a recordar a José Martí, el vino de coca que lo envenenaba, el tabaco, los viajes de un lado a otro.

Era un gran exaltado, “siempre estaba embalado”, fue la expresión de Myriam. Le recordé a la gran señora cubana, que sigue bellísima, la vez que le regalé un Panamá traído de Ecuador y a Guillermo 100 tabacos de una liga que me hizo, especial, Jesús, el del Rincón del Fumador, en la calle Albareda de Las Palmas de Gran Canaria.

Viejos y buenos tiempos nuevos. La lealtad que tengo hacia quien fue castigado hasta su muerte por la iniquidad del sectarismo universal, Guillermo Cabrera Infante me ha llevado a dedicar mi novela Réquiem habanero por Fidel, de inminente aparición en librerías, al propio Guillermo Cabrera Infante, in memóriam, “que nunca se movió de La Habana”, y a su mujer, Myriam Gómez, “que lo acompañó por todo el mundo”.

Después, durante la sobremesa, hablamos del viejo Lezama, de la valentía de Bola de Nieve y Virgilio Piñera ante Fidel Castro y el silencio sumiso de todos los demás escritores y artistas de Cuba.

Lezama murió de iniquidad, liquidado por la mediocridad del sistema castrista y entristecido por la vida que le había caído encima.

A Virgilio Piñera lo persiguieron hasta más allá de la muerte: les molestaba que fuera un homosexual, una loca total, pero con mucho talento literario y mucha valentía.

Hablamos de la lejanía de Cuba, de Canarias y sus muchos parecidos con la isla del Atlántico y del Caribe. Yo recordé la frase sarcástica de Guillermo Cabrera una vez en una conferencia pública: “Yo no sé quien les ha enseñado a ustedes geografía, pero el Caribe no pasa precisamente por La Habana”.

Como era natural, terminamos hablando de cine, de películas japonesas y coreanas, del cine español, del que yo dije que a mí lo que me importaba es que fuera cine de verdad y que, además, si era o no español me daba lo mismo.

Lo importante del cine es el cine y no la denominación de origen. Como la literatura y otras artes creativas que se clavan al final la denominación de origen tribal para clamar por los sentimientos inútiles de la identidad.

Se me olvidaba decirles que desayuné en mi habitación: unos huevos fritos inolvidables, como todo el día intenso que viví en Londres antes de volver a Madrid.

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