América Latina y el Caribe es una de las regiones más desiguales del mundo. Lo sabemos. Que esa desigualdad tiene unas raíces más profundas y unas características diferentes que en otras regiones, y que al identificarlas podemos trabajar para resolverlas mejor, es uno de los aportes de la publicación Desigualdades heredadas: el rol de las habilidades, el empleo y la riqueza en las oportunidades de las nuevas generaciones, de CAF -Banco de desarrollo de América Latina.
La desigualdad en la región no solo se restringe al ingreso, sino que se manifiesta de manera sistemática en otras dimensiones del bienestar como la educación, la tenencia de la tierra y las oportunidades laborales.
La falta de oportunidades para formar capital humano, obtener buenos empleos y acumular activos son factores clave detrás de la reproducción de las desigualdades.
La falta de movilidad intergeneracional tiene importantes consecuencias, no solo por razones de equidad, sino porque también puede afectar al crecimiento económico y la estabilidad político-institucional de un país. Estas tres dimensiones clave para el desarrollo inclusivo y sostenible convierten a la movilidad social en una precondición importante para alcanzar un mayor y más estable progreso de largo plazo en los países de la región.
Para romper las cadenas de las desigualdades heredadas se requiere especial atención desde el hogar en temas como los embarazos a temprana edad y las prácticas de crianza, apoyando a las familias para mejorar no solo el ambiente de crianza dentro de sus casas, sino también para que los padres implementen prácticas sencillas, pero efectivas para la adecuada nutrición y la estimulación temprana de los niños.
Por su parte, las inversiones durante la adolescencia comprenden un compromiso de trabajo conjunto entre la familia, la escuela, el entorno físico y social y el mundo del trabajo. Todos ellos deben aportar insumos de calidad para los aprendizajes, la salud física y mental y para guiar a los adolescentes de manera positiva hacia aspiraciones educativas y laborales.
La educación técnico-profesional y la universitaria deben tomar este nivel basal de habilidades y complementarlo con competencias más sofisticadas que sean valoradas en los mercados y faciliten la integración productiva y social de las personas en su adultez.
En esta tarea, la educación técnico‑profesional y la superior enfrentan en la región el gran desafío de ampliar su cobertura, sin descuidar la calidad y la pertinencia de los servicios educativos brindados.
Los sistemas educativos de la región, especialmente en los niveles inicial, secundario y superior, todavía están lejos de cerrar brechas socioeconómicas.
La presencia de bajos niveles de calidad de los servicios educativos que reciben los niños y jóvenes de las familias más desaventajadas, los altos niveles de segregación escolar y el limitado acceso en la educación superior son tres razones clave.
Paralelo a los esfuerzos por mejorar el capital humano, están las políticas activas de empleo, que incluyen la capacitación, las pasantías y la asistencia para la búsqueda de empleos, las cuales están alineadas con las tres grandes directrices que deben guiar las políticas laborales tendientes a promover una mayor movilidad.
La evidencia sugiere que deben recibir más fondos y focalizarse en poblaciones desaventajadas. Un mayor desarrollo de la protección social universal frente al desempleo también puede permitir a los trabajadores más vulnerables y a sus familias protegerse frente a shocks adversos y dedicar más tiempo a la formación y a la búsqueda de empleo. Emparejar las oportunidades laborales y mejorar la calidad de vida de la población para disminuir la desigualdad, dar el salto en productividad y formalidad es una prioridad en la que no hay una sola respuesta, pero sí se requiere el compromiso de todos para alcanzar este objetivo para todos los latinoamericanos y caribeños.
El autor es director de Investigaciones Socioeconómicas de CAF.
