“Los países nunca quiebran” es una expresión que se escucha ocasionalmente y no es del todo correcta. La confusión se da en parte porque la memoria del público es corta y hemos tenido pocos “defaults” soberanos en los últimos 25 años.
Es cierto que los países no quiebran cuando contratan deuda en su propia moneda, como es el caso de los Estados Unidos. Sin embargo, al endeudarse en monedas extranjeras que no tienen libertad para imprimir, práctica calificada en algún momento como the original sin, las quiebras soberanas son relativamente comunes.
Y los ejemplos abundan, siendo el más cercano geográficamente la quiebra de casi todos los países latinoamericanos en década de los años 80. Estas crisis de deuda soberana ocurren como parte de ciclos de acumulación y subsiguiente eliminación de deuda por vía de ‘default’ que se extienden a lo largo de décadas.
Esto es así porque para pagar deudas en dólares, un país distinto a los Estados Unidos depende de generarlos por medio de una combinación de factores reales como mayores exportaciones y menos importaciones, nuevos y mayores impuestos, reducción del gasto público (planilla, subsidios, inversiones, etc.) etc. Se trata para los efectos de hacerle frente a obligaciones duras, tipo oro o plata, cuyo pago exige grandes sacrificios.
La única solución fácil e indolora en el corto plazo es emitir nuevas deudas para pagar las anteriores, pero esto solo pospone el eventual day of reckoning.
Siguiendo con la dinámica del endeudamiento público, el enfoque de los gobernantes en la gratificación inmediata, el clientelismo, las exigencias del pueblo, la corrupción, el desperdicio, etc. hacen casi irresistible la tentación de contratar más y más deuda mientras el crédito está disponible.
En un principio, el producto de la deuda es un fuerte tónico para la actividad económica, creando optimismo y expectativas exuberantes, azuzando el crédito privado, el consumo y la inversión. Todo un espiral hacia arriba que se autoalimenta. Sin embargo, tarde o temprano llega un punto en que la deuda pública (y la privada también) alcanza una magnitud donde su propio servicio la convierte en un importante viento en contra y el crecimiento extraordinario se extingue.
En esta etapa de mayor realismo también suelen sumarse malas noticias como el “sinceramiento” o reconocimiento de deudas que permanecían ocultas, ajustes a proyecciones demasiado optimistas, etc. Eventualmente, el monto de la deuda comienza a crecer más rápido que el PIB, su trayectoria se ve cada vez menos sostenible y la solvencia del país entra en duda. En algún momento, y esto suele ser bastante impredecible y súbito, los acreedores ya no están dispuestos a comprar más deuda y finalmente llega el default.
Ahora bien, cuáles son las consecuencias del “default” soberano? En primer lugar, para los ahorristas o tenedores de los bonos significa una pérdida permanente de algo como 70 centavos por dólar. Para el país deudor, por su parte, las consecuencias no son menos catastróficas. Si bien es cierto que los países en bancarrota ya no enfrentan el cobro coactivo.
Como si era el caso antes del “acuerdo de París” (principios del siglo XX) donde los acreedores literalmente enviaban buques de guerra para cobrar. El default trae consigo depresión económica, crisis bancaria y monetaria, inestabilidad social y política, década perdida, etc. Hay que tener presente que en muchos países el sector público representa tranquilamente el 40% o más de la economía, con lo cual se convierte en el mayor deudor, empleador, cliente, etc.
Por consiguiente, el gobierno es la definición o la ‘mamá' de los riesgos sistémicos. Prácticamente todos los negocios locales, no importa cuan bien manejados estén, son vulnerables a este tsunami.
Por algo, salvo contadas excepciones relacionadas con sectores exportadores, el soberano es considerado el ‘crédito tope’ o el emisor más seguro en cada país. Como si esta letanía de horrores no fuera suficiente, de unos años acá, a la pesadilla del exceso de deuda soberana se suma China. Que ronda como un predador a los países en crisis, como ha sido el caso de Ecuador, Argentina, Venezuela y, últimamente, El Salvador.
Y es que China busca hacer las veces de prestamista usurero que sí cobra coactivamente, quedándose con las principales riquezas de sus víctimas: puertos, aeropuertos, negocios, madera, peces, recursos minerales, agua, territorios estratégicos, etc. Volviendo a nuestro tema, el punto es que un deudor público o privado fuera de los Estados Unidos; puede ser particularmente vulnerable a tener dificultades para cumplir con sus obligaciones en dólares.
Por asumir este riesgo, el ahorrista debe ser compensado generosamente con una prima o retorno extra sobre su capital. Pero, mucho más importante, el ahorrista debe tomar todas las precauciones para evitar poner en riesgo el retorno de su capital.
El autor es ingeniero mecánico.
