Pocos han sabido pintar la pasión en palabras como Pablo Neruda. Ese deseo que esclaviza y que el poeta chileno supo expresar tan potentemente es equiparable a la dependencia que hemos creado en Panamá en el gasto irracional que lleva a la deuda injusta que heredaremos a futuras generaciones. Sin importar la escuela de pensamiento económico, el gasto irresponsable puede arruinar el momentum económico de un país y, tanto más peligroso es depender en la deuda como Neruda gritaba “quítame el pan, si quieres, quítame el aire, pero no me quites tu risa”.
Hemos llegado a esa dependencia enfermiza.
Como a Neruda, el corazón que alberga pesadez se transforma en ira rápidamente y, para llegar a la frustración plena sólo hace falta leer las declaraciones de diputados que justifican planillas grotescas infladas por los salarios que reciben sus propios seres queridos. ¿Cómo no sentir decepción cuando el mismo ministro de Economía y Finanzas apunta hacia lo difícil que será cumplir con la ley de responsabilidad fiscal este año 2023? El déficit fiscal para finales de 2023 no debe ser mayor al 3% del producto interno bruto. La cifra oficial más reciente anda por 3.11% lo que obligaría a acciones que lleven a mejor recaudación (e.g. amnistías fiscales o eliminación de exenciones) o a restricciones en el gasto (e.g. eliminación del subsidio de la gasolina).
Pareciera que ninguna alternativa es parte de la cotidianidad del actual gobierno ya más enfocado en encontrar caminos que abonen hacia su reelección en el año 2024.
El manejo de las finanzas públicas sobrevive gestiones quinquenales pero resulta escandaloso escuchar la admisión de algunos “padres de la Patria” que la Ley 38 que regula los aportes al Fondo de Ahorro de Panamá fue violada durante la pandemia. Es probable que la crisis que vivimos por la covid 19 justificaba el uso de fondos públicos para contrarrestar el cierre de la economía pero nada, absolutamente nada justifica romper una norma. Nadie está por encima de la ley pero parece que nuestro déficit no es sólo financiero, ni económico sino más bien uno que provoca daños irreparables: perdimos la brújula moral.
Ya sabemos que violamos leyes y no importa. En un país criticado por la falta de transparencia, estuvimos a punto de entrar a debatir una ley que precisamente mancillaba los esfuerzos por caminar en un sendero de más luz con respecto al manejo claro de información, de presupuestos, de data relevante para análisis. No contentos con este escenario de deficiencia moral, diputados enfocados en garantizar su permanencia en el poder pretenden introducir cambios al código electoral a apenas meses de celebrar un torneo electoral que pudiese definir el Panamá de los próximos 25 años. Gastamos sin pensar, nos endeudamos sin suspirar, rompemos leyes sin medir consecuencias, proponemos normas para acomodarnos.
Si proyectamos los abismos en recaudación que tenemos hoy día, no hay manera humana en la que el nuevo presidente de la República cumpla con el 2% de déficit que la ley obliga en diciembre de 2024. Quítenme el aire, pero no me quites el gasto irresponsable que lleva al déficit seguro.
De nada sirve tener leyes sin la moral y el coraje para ejecutarlas. Ojalá no sea el déficit el que nos quite la sonrisa.
El autor es economista.
