Mientras los ganaderos del Arco Seco miran al cielo esperando lluvias que permitan recuperar los pastos para alimentar a sus animales, en las tierras altas de Chiriquí algunos agricultores enfrentan un problema completamente distinto: las condiciones climáticas han favorecido la producción de papa y varias hortalizas, pero esa abundancia terminó saturando el mercado y reduciendo los precios que reciben por sus cosechas.
En el Pacífico ocurre otra realidad. Los pescadores continúan capturando atún, pero aseguran que el calentamiento del agua está afectando la calidad de parte de la carne destinada a la exportación, al tiempo que los mayores costos del combustible reducen aún más la rentabilidad de la actividad.

Aunque parecen escenarios diferentes, todos tienen un mismo origen. El fenómeno de El Niño está modificando el comportamiento del clima de manera desigual en Panamá, mientras el aumento de los combustibles, fertilizantes y otros insumos está elevando los costos de producción para prácticamente todos los sectores agropecuarios.
El resultado es un campo que enfrenta problemas distintos según la región o el rubro, pero con un mismo denominador común: producir alimentos cuesta cada vez más y parte de ese impacto terminará reflejándose en el bolsillo de los consumidores.
En Panamá, el Instituto de Meteorología e Hidrología (Imhpa) mantiene una alerta de El Niño y estima una probabilidad superior al 95% de que el fenómeno continúe durante los próximos meses. Los modelos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), incluso, calculan una probabilidad superior al 60% de que alcance una intensidad muy fuerte entre octubre de este año y enero de 2027.

Los primeros efectos ya se sienten en Merca Panamá
Las primeras señales de ese escenario ya comienzan a observarse en Merca Panamá, el principal centro de distribución de alimentos del país.
Yoris Morales, presidente de la Asociación de Comerciantes de Merca Panamá, explica que durante las últimas semanas varios productos agrícolas han registrado incrementos importantes y que detrás de ellos existe una combinación entre el aumento de los costos de producción y un comportamiento climático cada vez más impredecible.
Uno de los casos más evidentes es la zanahoria. En mayo, un saco de 50 libras costaba alrededor de 16 dólares, equivalente a unos 32 centésimos por libra. Hoy ese mismo saco ronda los 30 dólares, prácticamente el doble.
La remolacha pasó de venderse entre 16 y 17 dólares el saco a valores cercanos a los 50 o 55 centésimos por libra al por mayor. El tomate supera actualmente los 90 centésimos por libra, mientras la cebolla inició un incremento sostenido durante julio, pasando de unos 23 o 24 dólares el saco en el campo a precios cercanos a los 75 centésimos por libra, mientras que en Merca Panamá ya ronda los 80 centésimos.
La lista continúa con otros productos que históricamente mantenían precios relativamente estables.
El otoe supera actualmente los 150 dólares por quintal, un nivel que Morales considera histórico, cuando normalmente se comercializaba alrededor de los 70 u 80 centésimos la libra. El ñame diamante ronda el dólar por libra y el ñame baboso supera los 1.25 dólares, muy por encima de sus precios habituales.

Para el dirigente, el incremento no responde únicamente a una menor producción. “Es una combinación de ambas cosas”, resume.
Cada vez que un productor necesita instalar sistemas de riego para enfrentar períodos secos debe utilizar bombas impulsadas con diésel. Ese combustible hoy cuesta considerablemente más que hace apenas unos meses.
A ello se suman fertilizantes más caros, mayores costos en los plásticos utilizados para proteger los invernaderos, cintas para riego por goteo, agroquímicos y un transporte cada vez más costoso para llevar los alimentos desde las fincas hasta los mercados.
Paradójicamente, el propio fenómeno obliga a consumir más combustible.
Cuando disminuyen las lluvias es necesario bombear agua durante más horas para mantener vivos los cultivos. Pero cuando finalmente llueve, las precipitaciones suelen concentrarse en pocas horas y con mayor intensidad, provocando daños en las plantas, favoreciendo la aparición de plagas y obligando a incrementar las aplicaciones fitosanitarias.
“Uno puede tener sembrada la producción y en una sola semana de mal tiempo perder prácticamente toda la cosecha”, comenta Morales. La incertidumbre, asegura, es tal que hoy resulta difícil anticipar qué productos podrían escasear dentro de algunos meses.

Cambios en el mar
El impacto del fenómeno no termina en las fincas. En el mar, los pescadores también comienzan a notar cambios que atribuyen al aumento de la temperatura del agua y al incremento sostenido de sus costos de operación.
Santiago Escartín, presidente de la Asociación de Pescadores Independientes del Mercado del Marisco, asegura que el principal golpe económico sigue siendo el combustible. Sin embargo, advierte que las condiciones oceanográficas también están modificando el comportamiento de algunas especies de alto valor comercial, especialmente el atún.
El IMHPA reporta que 11 cuencas hidrográficas ya presentan condiciones de sequía meteorológica y otras nueve podrían sumarse durante los próximos meses.
El dirigente recuerda que durante algún tiempo el sector recibió un subsidio para combustible equivalente a unos 53 dólares por semana, pero sostiene que ese apoyo nunca respondió a la realidad de la pesca artesanal.

Con ese monto, explica, apenas podían adquirirse entre 16 y 17 galones de gasolina, cuando una sola embarcación que permanece entre ocho y doce días en faena consume varias veces esa cantidad.
Además del combustible, los pescadores deben comprar el aceite especial que se mezcla con la gasolina para proteger los motores fuera de borda, cuyo precio también ha aumentado en los últimos meses.
La propuesta del sector era que ese beneficio pudiera acumularse mensualmente, ya que las embarcaciones artesanales no salen a pescar todas las semanas, sino cuando las condiciones del mar y la disponibilidad de tripulación lo permiten. Sin embargo, la iniciativa nunca prosperó y actualmente los pescadores aseguran que ya no reciben ningún tipo de subsidio.
Con el galón de gasolina rondando los 4.50 dólares, muchos pescadores han optado por absorber parte del incremento para no trasladarlo completamente al consumidor.
Eso ocurre porque el problema actual no es únicamente el costo de producir. Las ventas también disminuyeron.
Escartín explica que el Mercado del Marisco concentra la mayor actividad comercial entre viernes y domingo. El resto de la semana el movimiento cae considerablemente, obligando a muchos vendedores a competir bajando los precios.
El pargo, por ejemplo, pasó de venderse hasta en 3.50 dólares la libra a valores cercanos a 2 o 2.50 dólares, dependiendo de su tamaño. Otros pescados de consumo popular también registran reducciones similares.
“Prácticamente nosotros estamos asumiendo esos incrementos”, resume. Pero el combustible no es el único desafío.
Según explica Escartín, en el golfo de Chiriquí el aumento de la temperatura del agua también está afectando parte de la pesca del atún.
De acuerdo con la experiencia de los pescadores, el calentamiento mantiene al pez más cerca de la superficie, donde experimenta un mayor nivel de estrés durante la captura. Ese proceso, asegura, favorece la acumulación de ácido láctico, provocando que parte de la carne deje de presentar el color rojo intenso que exige el mercado internacional y adquiera una tonalidad marrón o “achocolatada”.

Cuando eso ocurre, el producto pierde valor para la exportación y debe comercializarse en mercados donde recibe un precio considerablemente menor.
Sin embargo, el fenómeno no afecta por igual todas las zonas de pesca. Escartín explica que en áreas próximas a la ciudad de Panamá y el archipiélago de Las Perlas las capturas de atún continúan siendo buenas. Allí el problema es distinto.
La abundancia de tiburones está provocando que muchos atunes sean atacados antes de que las embarcaciones logren subirlos a bordo, ocasionando pérdidas económicas incluso cuando la pesca resulta abundante.
“Hay buena pesca, pero muchas veces el tiburón se come el producto antes de que podamos recuperarlo”, comenta.
Mientras el mercado comienza a reflejar incrementos en varios alimentos y los pescadores intentan absorber el aumento de sus costos, en las tierras altas de Chiriquí algunos productores enfrentan un escenario completamente distinto.

Las condiciones climáticas registradas durante los últimos meses han favorecido el desarrollo de varios cultivos, especialmente papa, lechuga y cebollina. Sin embargo, esa buena producción no se ha traducido en mayores ingresos.
Augusto Jiménez, productor de Tierras Altas, explica que la abundancia de cosechas ha generado una sobreoferta que terminó reduciendo los precios pagados en el campo.
“La cosecha fuerte todavía no ha salido y ya tenemos ese escenario”, advierte. Según explica, el mercado panameño tiene una característica que juega en contra del productor: el consumo de alimentos es relativamente estable.
Las familias no duplican el consumo de papa, lechuga o cebolla únicamente porque exista una mayor producción. Cuando la oferta aumenta, el consumo prácticamente se mantiene igual y el excedente termina presionando los precios hacia abajo.
La papa continúa llegando al mercado en grandes volúmenes, mientras la lechuga y la cebollina presentan un comportamiento similar. El apio ha mostrado una leve recuperación y la zanahoria mantiene una demanda aceptable, aunque los productores consideran que todavía existe suficiente inventario sembrado para mantener la presión sobre los precios durante las próximas semanas.
La cebolla presenta un comportamiento diferente. Su disponibilidad continúa regulándose mediante los acuerdos de competitividad establecidos dentro de la cadena agroalimentaria, que determinan cuándo es necesario complementar el abastecimiento nacional mediante importaciones.

Sin embargo, Jiménez considera que el problema ya no puede analizarse únicamente desde una perspectiva local.
“Este fenómeno no es solamente de Panamá; es un tema mundial”, señala. Por ello, advierte que una eventual afectación climática en otros países también podría alterar el suministro internacional precisamente cuando Panamá necesite complementar su producción con importaciones.
Las advertencias coinciden con el análisis de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que identifica a Centroamérica entre las regiones con mayor riesgo de registrar lluvias inferiores a lo normal durante este episodio de El Niño.
El Banco Mundial añade otro elemento que también preocupa a los agricultores panameños. En su más reciente informe sobre mercados de materias primas proyecta que los fertilizantes aumentarán alrededor de 31% durante 2026, mientras que la energía seguirá registrando precios elevados.
En otras palabras, incluso quienes logren mantener buenas cosechas enfrentarán márgenes de rentabilidad cada vez menores porque producir seguirá siendo más caro.
La ganadería se prepara para la parte más difícil de El Niño
Si los agricultores de Tierras Altas enfrentan una sobreoferta, los ganaderos observan un escenario completamente distinto.
Samuel Vernaza, presidente de la Asociación Nacional de Ganaderos (Anagan), asegura que el fenómeno ya comenzó a sentirse en las fincas y que el sector apenas enfrenta la primera etapa de un evento que podría intensificarse durante los próximos meses.

Las lluvias, explica, han sido demasiado irregulares para permitir la recuperación de los pastos después de la estación seca.
Y sin pasto no existe alimento suficiente para el ganado, pero el productor indica que no es el único problema. “También estamos atravesando problemas de agua. Se nos están secando los abrevaderos, las quebradas y los afluentes que utilizamos normalmente para las operaciones de las fincas”, explica Vernaza.
“Y apenas estamos viendo la parte inicial de lo que se anuncia como un fenómeno de El Niño mucho más fuerte”, acotó.
Las preocupaciones del sector coinciden con el más reciente informe del Instituto de Meteorología e Hidrología de Panamá. El Imhpa identificó 11 cuencas hidrográficas que ya presentan condiciones de sequía meteorológica, mientras otras nueve podrían entrar en esa condición durante los próximos tres meses.
La cuenca del río Pacora aparece catalogada como extremadamente seca. A ella se suman las cuencas de los ríos Chico, Chiriquí, Tabasará, San Pablo y San Pedro, clasificadas como muy secas, además de otras cinco cuencas en condición moderadamente seca, entre ellas Chiriquí Viejo, Escárrea, Fonseca y Tonosí.
Las proyecciones para el trimestre comprendido entre agosto y octubre tampoco son alentadoras.
Ante este panorama, Vernaza explicó que la asociación entregó hace aproximadamente un mes al Ministerio de Desarrollo Agropecuario un plan de contingencia enfocado en créditos blandos para que cada productor pueda decidir cómo prepararse de acuerdo con las necesidades de su finca.
La propuesta contempla financiamiento con intereses reducidos para perforar pozos, instalar bombas sumergibles, construir reservorios, adquirir forraje y establecer pastos de corte. Según el dirigente, la intención es que cada ganadero tenga acceso rápido a recursos antes de que el fenómeno alcance su punto máximo, evitando los largos trámites que normalmente acompañan los créditos agropecuarios.

Mientras tanto, algunos productores han optado por vender parte de sus animales antes de enfrentar una eventual escasez de agua y alimentos
Esa decisión, explica Vernaza, genera un fenómeno inverso al que suele percibir el consumidor. En lugar de aumentar inmediatamente los precios de la carne, la mayor oferta de ganado disponible para sacrificio puede presionar temporalmente las cotizaciones hacia abajo, aun cuando los costos de producción continúan aumentando. Es decir, los ganaderos venden más barato mientras producir les cuesta cada vez más.
Vernaza explicó que, paralelamente a las gestiones con el Gobierno, la asociación ha comenzado a establecer contactos con la Universidad de Arizona, en Estados Unidos, para intercambiar conocimientos sobre manejo del agua y adaptación a la sequía.
Señaló que esa institución desarrolla actividades agropecuarias en una región desértica, por lo que buscan conocer tecnologías, experiencias y buenas prácticas que puedan aplicarse en Panamá para enfrentar los efectos de El Niño. Añadió que, ante las limitaciones de recursos públicos, el sector también explora alianzas internacionales que le permitan fortalecer su capacidad de respuesta frente a los eventos climáticos extremos.
Respuesta estatal
Ante las proyecciones que apuntan a un fortalecimiento del fenómeno de El Niño durante los próximos meses, el Ministerio de Desarrollo Agropecuario (MIDA) aceleró un plan de medidas para reducir su impacto sobre la producción nacional.
La estrategia busca garantizar la disponibilidad de agua para los productores, proteger la alimentación del ganado y fortalecer la capacidad de respuesta del sector frente a un evento climático que, según los pronósticos internacionales, podría extenderse hasta los primeros meses de 2027.

Entre las principales acciones figuran la construcción y rehabilitación de alrededor de 60 abrevaderos en Los Santos y el mantenimiento de otros 50 en el Arco Seco, además de la construcción de cinco reservorios comunales en Azuero, la perforación de 20 pozos durante este año y la compra de tres perforadoras adicionales.
El plan también contempla la instalación de bebederos, tanques australianos, bombas de agua y sistemas de almacenamiento para beneficiar a productores de Chiriquí, Bocas del Toro, Veraguas, Coclé, Herrera, Los Santos, Panamá Oeste, Panamá, Darién y Colón.
Paralelamente, mantiene el monitoreo de 35 rubros agrícolas y, junto al Instituto de Meteorología e Hidrología de Panamá (Imhpa), impulsa Mesas Técnicas Agroclimáticas que ya han reunido a más de 500 participantes, con el objetivo de que productores y técnicos puedan anticipar decisiones de siembra, cosecha y manejo del agua de acuerdo con los pronósticos climáticos.
Sin embargo, los organismos internacionales coinciden en que adaptarse al nuevo escenario climático requerirá mucho más que medidas de emergencia.

Así como El Niño divide al país entre regiones con menos lluvias y otras con precipitaciones superiores a lo normal, también está generando impactos muy distintos sobre el sector productivo.
Unos perderán por la sequía y otros por la abundancia de cosechas; algunos enfrentarán menores capturas y otros verán deteriorarse la calidad de sus productos. Pero, al final, todos cargarán con un mismo desafío: producir más caro en un contexto climático cada vez más incierto.
Y, tarde o temprano, esa factura terminará llegando a la mesa de los panameños.

