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La deuda que debilita la economía

Las últimas cuatro administraciones públicas (2004-2024) han contratado deuda porque han podido y no necesariamente porque le dedicaron tiempo a establecer planes que trascendieran sus respectivos quinquenios. ¿Y cómo es eso de que nos endeudaron porque podían? Porque en la medida que registraremos ese crecimiento económico que todos aplauden las entidades bancarias internacionales, las multilaterales y los mercados de capitales tendrían las chequeras listas sin importar usos o rendimientos de cuentas. Pero una o varias golondrinas sí hacen verano porque varios funcionarios públicos ya reconocen que la métrica de endeudamiento con respecto al producto interno bruto sirve para reconocimientos internacionales pero no aplacará el anhelo de un pueblo que clama por medicamentos o mejor educación si los fondos no son utilizados de manera planificada.

La deuda es necesaria para ejecutar obras que faciliten la movilización social; para que mejores trabajos se generen y así alimentar la posibilidad de la sobrevivencia de una clase media golpeada. Necesitamos una economía que funcione y eso no sólo quiere decir crecimiento sino que haya compromiso con productividad así como estabilidad en precios y transacciones. Sólo en ese esfuerzo bien planificado podemos aspirar a un estado más justo dónde instituciones fuertes puedan existir. La dependencia en la deuda nos hace esclavos de un sistema mercantilista donde desde la administración de justicia hasta la administración de salud pueden verse mortalmente afectadas.

Seguimos viendo el modelo económico panameño como uno de transacción, de deuda en función de métricas del siglo XX cuando la relación y la colaboración ya han probado ser tanto más provechosas y eficientes en la creación de bienestar. El empoderamiento de la economía debe pasar por una estricta disciplina fiscal, una que respete la recaudación de impuestos castigando la evasión así como la promoción de la austeridad cuando sea necesario.

El acceso fácil a la deuda impide renunciar a la idea de que el crecimiento económico en silos, sin islas será el que defina la idea de bienestar. Las acciones implementadas que han caracterizado las dos últimas décadas han creado grandes brechas de desigualdad moral, financiera, social y económica. Las discusiones sobre Hayek, Marx o Friedman que dominaban el firmamento de la política económica pública deben ser complementadas por las ideas de Danielle Allen y Thomas Piketty con un toque de Tversky. Tomará mucho valor, coraje, visión y los aportes desinteresados de expertos para que el país se mueva en una dirección de empoderamiento económico real y democrático sin la dependencia casi enfermiza en la deuda.


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