Según la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, hay 180 monedas reconocidas en el mundo. De estas, unas 50 están directamente vinculadas a otra moneda por tasas de cambio fijas o mecanismos similares. La principal moneda del mundo es el dólar estadounidense, que para el año 2022 representó, según el portal investing.com, el 65% de las reservas mundiales de divisas.
El precio de los artículos más importantes del comercio internacional está determinado en dólares, por ejemplo, el petróleo, los minerales, los granos básicos y gran parte de la materia prima que mueve el consumo planetario se paga en dólares. Incluso, si una transacción no tiene que ver con Estados Unidos, la misma se pagará en dólares. Así, un embarque de vino chileno que vaya a Israel se pagará en dólares, al igual que un par de zapatos italianos que serán vendidos en Japón. La dominación del dólar es una de las claves de la enorme huella geopolítica de Estados Unidos.
Al moverse una transacción en dólares, el Departamento del Tesoro y el Departamento de Justicia de Estados Unidos tienen competencia sobre lo que le pase a esos dólares. Por ejemplo, los dólares blanqueados en Europa por los hermanos Ricardo Alberto y Luis Enrique Martinelli Linares, pagados por la empresa brasileña Odebrecht como coimas por contratos en Panamá, le dieron fundamentos suficientes a la justicia estadounidense para perseguir ese delito. Los dos principales sistemas de comunicación interbancaria en el mundo, el ABA y el Swift, están controlados directa o indirectamente por Estados Unidos.
Un esquema alternativo
A principios de abril, el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva visitó China para lanzar una serie de iniciativas. En su gira, Lula hizo dos preguntas: “¿Por qué todos los países tienen que estar atados al dólar para el comercio?... ¿Quién decidió que el dólar sería la moneda (mundial)?” Estos cuestionamientos no solo fueron un ejercicio retórico, si no que fueron acompañados por acciones concretas. Por una parte, Brasil y China acordaron hacer sus intercambios comerciales en sus respectivas monedas. Es decir, China le pagará a Brasil en reales por la soja, la carne de res y los minerales que le compre, mientras que Brasil le pagará a China en renminbis los teléfonos celulares, computadoras, automóviles y otros productos del gigante asiático.
China es el principal mercado internacional de los productos brasileños, por lo que la medida tiene un impacto significativo en mejorar la cotización de la moneda brasileña, y su estabilidad financiera.
Otro hito de la visita de Lula a China fue la toma de posesión de la copartidaria y exmandataria brasileña Vilma Rousseff, como la primera presidenta del Banco de BRICS.
El término “BRIC” fue acuñado por el economista estadounidense Jim O’Neill, del banco Goldman Sachs, quien vaticinó que para el año 2050 la economía de Brasil, Rusia, India y China (BRIC), sería más importante que la de los países del G7, las siete naciones capitalistas más desarrolladas. Cuando el presidente sudafricano Nelson Mandela estaba vivo, los cuatro países del BRIC decidieron invitar al gigante africano a su asociación y por eso se adicionó la “s”.
China tiene un acuerdo similar al que firmó con Brasil con una variedad de otros países, entre estos Rusia, Pakistán, Arabia Saudita, Irán y Corea del Norte, entre otros. El gobierno de Beijing está impulsando la creación de un sistema de comunicación interbancario autónomo y libre de la injerencia occidental. Esto no solo le daría un enorme poderío geopolítico a China, sino que le abriría una gran puerta a la opacidad de gobiernos y empresas dispuestas a jugar bajo las reglas chinas.
Actualmente, la moneda china es la quinta más usada como reserva internacional en el mundo, luego del dólar estadounidense, el euro, el yen japonés, y la libra esterlina. Dado que recién empieza una próspera clase media en las grandes ciudades chinas, es previsible que sus ahorros e inversiones aumenten el poderío de su moneda.
Si China logra concretar una relación financiera estratégica con la India, bajo reglas similares al acuerdo firmado con Brasil, entonces las dos naciones más pobladas del mundo harían sus intercambios comerciales en sus propias monedas, libres de los ojos occidentales y concatenados a una nueva arquitectura financiera global.
El fin del Bretton Woods
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Reino Unido se reunieron para diseñar la arquitectura financiera que ha regido al mundo por casi 80 años. Ese consenso se construyó en Bretton Woods, en el estado de New Hampshire. Allí se concibió el Fondo Monetario Internacional (FMI), para ayudar a los países durante las crisis, y al Banco Mundial (BM), para contribuir a la reconstrucción y desarrollo económico de los países europeos y luego del resto del mundo. Aprovechando el vacío del liderazgo occidental y la irresponsabilidad del mundo capitalista en atender las urgentes necesidades sociales y ambientales de gran parte del planeta, China ha usado esa brecha para aumentar su influencia y para garantizar su propio crecimiento económico, con acceso a más materias primas y recursos de los países de África, Asia Pacífico, Europa Oriental y Central, y por supuesto América Latina y del Caribe.
Estados Unidos ha respondido con una estrategia de control de transferencias tecnológicas al gigante asiático, la limitación del acceso de empresas chinas al mercado estadounidense e impulsando una agresiva política industrial de apoyo a las empresas estadounidenses y al denominado “nearshoring”, que ha beneficiado principalmente a México. Muy atrás quedaron los programas como la Alianza para el Progreso o la Iniciativa de la Cuenca del Caribe. Al depender más de herramientas de poder “suave” y cada vez menos de la influencia del garrote militar o el atractivo de la zanahoria económica, Estados Unidos ha tenido que asimilar el creciente poder de China en el hemisferio occidental.
En la pasada crisis financiera del 2008, el gobierno de China insinuó que estaba considerando diversificar sus reservas en bonos del tesoro de Estados Unidos. Hasta ese momento, a nadie se le había ocurrido que el bono más seguro del mundo podía estar en riesgo. Para evitar una posible corrida, el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos decidió comprar bonos de su propio país, enviando el mensaje de que sería el comprador de última instancia que mantendría la estabilidad financiera de Estados Unidos.
Ahora China pretende convertirse en esa fuente de estabilidad para muchos de los países del mundo que se quedaron olvidados por los países desarrollados de occidente. Si el dólar llega a perder su importancia, la responsabilidad habrá sido de la propia clase política de Estados Unidos, que rompió con el pacto implícito de Bretton Woods de no darle la espalda al mundo.

