Para este año, muchos esperábamos un regreso, cuando menos parcial, de la centralidad del análisis microeconómico como guía inmediata para la construcción de una narrativa razonable de la dinámica de los mercados globales, a expensas de la necesaria fijación contemporánea en realidades macroeconómicas, es decir, esencialmente monetarias.
Para enero llevábamos tres trimestres consecutivos de vigorosas alzas de tasas de parte de la Reserva Federal (la FED), alcanzado aquellas niveles más cónsonos con niveles históricos, a la par de una normalización gradual de las condiciones económicas a nivel mundial después de las irreflexivas medidas tomadas por las autoridades de todo el globo para contener al virus, y que significaron la disrupción de la cadena global de suministro, la dislocación de todo tipo de mercados de bienes y servicios, y el deterioro alarmante de las finanzas públicas y del empleo.
Sin embargo, este año ha mantenido a la política monetaria y a sus sumos sacerdotes, los banqueros centrales, en el ojo público con intensidad renovada, equiparable atención ésta a la de los últimos quince años, período en el cual fuimos sujetos a un colosal experimento macroeconómico global mediante el expediente de tasas artificialmente bajas.
Las fallas recientes en el sistema bancario estadounidense han puesto a la FED, para todos los efectos el banco central del mundo, en una disyuntiva, cuya resolución eventual, brillante o pobre, determinará en buena parte la dirección de los mercados mundiales en el futuro previsible. Por una parte, el sistema requiere el mantenimiento de niveles de liquidez que se han visto volatilizados por el ciclo de alza de tasas y las consecuencias de este ciclo ascendente sobre el flujo de crédito hacia la economía real; por otro, la liquidez ha de ser controlada mediante estas mismas alzas para así llevar a ese monstruo de mil cabezas, la inflación, a niveles congruentes con un crecimiento económico sostenible.
Estamos ante una encrucijada. La reciente decisión de la FED de subir la Tasa de Fondos Federales, su principal instrumento, por apenas un cuarto de punto, y el lenguaje emanado de la institución, dejan claro que esta encrucijada está lejos de ser salvada y que esta decisión constituye un compromiso y una compra de tiempo. Para bien o para mal, veremos a Jerome Powell y a sus colegas en primera plana en los próximos meses, una posición en la cual ellos mismos, practicantes de un circunspecto y discreto arte de inmenso poder, muy probablemente no quisieran estar.
(El autor es financista)
