La noche antes de su inauguración, la ampliación de la vía interoceánica se presenta en el Centro de Convenciones Atlapa a 500 invitados, ejecutivos del sector marítimo mundial y diplomáticos, quienes llegan desde las 6:30 p.m. vestidos de etiqueta.
A la entrada, una exhibición muestra fotos y objetos. En una sección, retratos de votantes, gorras del “Sí” y el “No” y una reseña del referéndum del 22 de octubre de 2006, en el que el “Sí” a la ampliación venció con el 76.8% de los votos. En otra sección, imágenes del 3 de septiembre de 2007, cuando el presidente Martín Torrijos oprimió un botón y detonó la primera carga de explosivos en cerro Paraíso para poner en marcha la obra.
Los altos ejecutivos de las navieras, la mayoría hombres, posan para las cámaras de las reseñas sociales.
En el murmullo de voces se distinguen los idiomas inglés, español, alemán, chino, hebreo y más. Las frases “gas líquido”, “invertir ahora”, “barcos inmensos con más carga”, “estar por delante de la competencia”, “el mercado financiero”, “licitaciones” forman parte de una jerga empresarial con la que se inician o se cierran negocios.
A las 7:35 p.m. se habilita la entrada al acto principal. Para llegar se debe pasar primero por una antesala de luz verde tenue y una leve neblina artificial. Sonidos de la selva: pájaros, ranas, bichos y más bichos y agua corriendo. Sobre una tela blanca de unos ocho metros de alto se proyectan árboles movidos por una brisa imaginaria, y una cascada de agua que no moja.
Los invitados, asombrados, toman selfies y graban videos.
Quince pasos más adelante, termina la fantasía. Un escenario de unos 20 metros de largo por 6 de ancho, acompañado con pantallas de igual dimensión, da la bienvenida a la presentación oficial de la expansión del Canal de Panamá, obra que tardó casi nueve años y que tuvo como primera fecha de entrega octubre de 2014.
La llegada del presidente Juan Carlos Varela, sobre las 8:00 p.m., marca el inicio del acto.
Antes del primer orador de la noche, una impresionante animación sobre la formación del istmo dilata las pupilas del público. Otra vez, celulares arriba. Más luces, colores y sonido. Tres chicos y dos chicas danzan en escena. Al final, un barco de papel avanza hacia un sol naciente por una vía que simula a la que partió en dos al continente americano en 1914.
Habla primero el presidente de la Junta Directiva de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), Roberto Roy. Se ve pequeño en medio de la inmensidad del escenario. Roy saluda a los funcionarios, a los clientes del Canal, a amigos, todos. En cinco minutos afirma que “los panameños tenemos en el ADN la vocación de servicio” y que las obras de expansión de la vía acuática se ejecutaron “con los más altos estándares de calidad”.
Luego de un video de dos minutos sobre las obras, aparece Jorge Luis Quijano, el administrador del Canal. De traje negro, camisa blanca y corbata rojo vino. Llueven aplausos. Habla por 20 minutos en inglés, el idioma de los negocios.
Al estilo de los directores ejecutivos de Silicon Valley, que presentan sus productos tecnológicos de última generación en escenarios inmensos en que proyectan cifras e ilustraciones, Quijano destaca, una por una, las oportunidades de negocios que supone la vía ampliada y el paso de los buques neopanamax con 20 veces más carga que las que llevaban las naves hace 100 años. Adelanta que hay 170 reservas de navieras para hacer el nuevo tránsito.
Agradece “por el apoyo en los altibajos, normales en este tipo de obras”, y resalta que durante la obra no se interrumpió nunca el tránsito por la vía actual.Varela es el encargado de cerrar. Lo hace en español y le toma menos de 10 minutos. Recalca que la ACP tiene el respaldo del Gobierno.
En 40 minutos, los clientes del Canal reciben argumentos de por qué usarlo. Información que, probablemente, manejan desde hace varios meses.
Al final, el cóctel. Para llegar hasta la comida hay que pasar nuevamente por la selva artificial. Las comidas y bebidas esperan bajo altas estructuras que simulan árboles, con paneles cuadrados verde y azules cual hojas. Naturaleza abstracta.
En el bufet, salmón, New York steak, frutos secos, ravioles, arroz, yuca al mojo y salsas variadas. No faltan estaciones de sushi, panes, quesos y fiambres.
Los meseros llevan bandejas con copas de vino blanco y tinto, champaña, vodka, whisky; pinchos de kebab y caviar.
Una banda de jazz ameniza con versiones de Garota de Ipanema, Oye cómo va u otras canciones de artistas más actuales como Adele o Justin Bieber. Algunos se mueven, pero ninguno lo suficiente para decir que bailan.
Pequeñas mesas blancas a la altura de la cintura con sillas permiten comer rápido y dejar libre el espacio.
Para los que terminan hay dos mesas repletas de dulces difíciles de eludir. Quien no quiere esperar a que el mesero traiga el trago deseado, puede acercarse a cualquiera de las dos barras bien provistas para que nadie se aburra ni se vaya rápido. A esas alturas del cóctel, se ve a los ejecutivos intercambiar tarjetas y prometerse hablar pronto. Muy pronto.

