A la 1:00 p.m del domingo 6 de diciembre aún se podía entrar sin ninguna dificultad al desfile navideño que organizó la Alcaldía de Panamá. Filas largas, pero se avanzaba muy rápido. La cinta costera estaba tan atiborrada de gente, que en tiempo electoral hubiese sido la envidia de cualquier político criollo. Los que llegaron temprano se hicieron frente a la primera cerca de seguridad desde donde podrían observar a Mickey en primera fila. Los que llegaron después se acomodaron en las áreas verdes.
Era un gran picnic tropical. Toallas, petates, cojines, sillas, la gente usaba cualquier elemento para sentirse cómodo. Hora de almorzar. Arroz con pollo, hamburguesa, hot dog, pizza. El que llevó provisiones se salvó pues en el área del desfile no había la menor probabilidad de comprar comida. No había dónde.
No importa, la idea era atrapar los “momentos mágicos”. Se veía a la joven mamá con un bebé en brazos, niños de todas las edades con caras alegres, el anciano que cargaba una sombrilla para evitar a toda costa que el sol de diciembre le devorara la piel, uno que otro extranjero curioso. Empezaron a caer las primeras gotas de lluvia y se abrieron los paraguas. Los que tenían niños pequeños buscaban donde guarecerse. Dejó de llover y empezó una especie de “reubicación”. Algunos de los que estaban delante quedaron detrás y viceversa.
2:00 p.m., aparecen los protagonistas de Calle 7 en varios carros deportivos tirando besitos. La gente los aplaude. Empezó el desfile, los papás cargan a sus chiquillos en el hombro, los adolescentes se hacen selfies. Qué contentos estamos. Viva la navidad, viva Blandón. Qué buen domingo.
Pasa Mayín Correa vestida de rojo navidad, montada en un Mini Cooper. Saluda, lanza besos. El público la aclama. Pasa la banda de los bomberos, la del Servicio de Protección Institucional, la del Servicio Nacional Aeronaval. Todos tocan alegres canciones decembrinas. Viva el espíritu navideño. Sigue la del Colegio José Daniel Crespo, pasan más, más y más.
“Mamá, ya estoy aburrida. ¿Cuándo vienen los de Disney?”, le dijo una niña a su mamá.
“Tranquila, hija, que primero tienen que pasar todas las bandas… Ya vienen”.
A eso de las 2:35 p.m. ya no había nada que ver, pero nadie se movía de sus puestos en espera del gran momento. Los ánimos empiezan a alterarse. Niños lloran, otros piden comida, agua. Hay desespero. Una joven mujer empieza a marcar territorio. Con marcado acento extranjero grita que se habían apoderado de su área. Eufórica se enfrenta a dos mujeres de la etnia guna y les dice que se muevan, que ellos -un grupo de al menos 12 personas- habían llegado a las 9:00 a.m. para ubicarse bien y que tenían muchas horas cuidando los puestos, pero que ahora estaban apretados porque les estaban quitando sus espacios. Gritaba, gritaba. Ella quería pelear. Uno de los hombres que le acompañaba, mira a las gunas y lanza este comentario: “Que se vayan a su pueblito”.
Nadie dijo nada. Nadie les reclamo. Nadie les contestó. Una vez más quedó demostrado que el panameño es pacífico. Las dos mujeres que eran objeto de la ira del grupo se limitaron a mirarse entre sí, pero no contestaron. Tampoco cedieron los puestos.
Poco antes de las 3:00 p.m pasó el conejo de Winnie the Pooh, en uno de esos carritos pequeños que usaban los organizadores para desplazarse. La gente aplaude, los niños se levantan. La multitud se anima. Pero a los pocos minutos la pasarela principal vuelve a quedarse sola. A esa hora empiezan a escasear las provisiones. El que no llevó mucha agua embotellada sale a buscar donde comprar. Mala suerte. ¿Agua? No había como conseguirla.
A las 3:15 p.m. pasó el propio Winnie the Pooh en un carrito igual a donde transportaron a su amigo el conejo, casi que a la velocidad de un rayo. El sol, las gotas de lluvia que caían de vez en cuando y la larga espera por el gran momento mágico, ya habían copado la paciencia de la gente. Sorpresa. Winnie fue abucheado. Al menos la gente que estaba en los alrededores del Hotel Hiton, casi al final de la ruta, se desquitó su rabia con el tierno osito. Empezaron a abuchear a todo el que se asomaba a la avenida principal. Policías, personal del staff, gente de la Cruz Roja, a todos les reclamaban. No faltó quien decía que le devolvieran la plata de sus impuestos. Los $3 millones que costó el desfile se volvió tema de debate.
A las 3:30 p.m. transportaron a otro de los habitantes del bosque de los 100 acres: Tiger. También fue abucheado. “Blandón es un mentiroso, para que nos hizo venir tan temprano”, dijo una sesentona que cargaba a una niña de un año en su hombro derecho. El comentario de que no había dónde comprar agua se extiende entre la multitud. Un hombre contó que recorrió la zona buscando el líquido y no encontró por ningún lado. De paso narró que habían roto un tubo y que alguna gente estaba aprovechando para bañarse. Una mujer, con acento venezolano, se apareció con una botella grande de agua y empezó a repartir en vasos pequeños a todos los que estaban a su alrededor. “Tomen, tomen, que no hay donde comprar”. La gente le agradece. Casi fue la heroína de la tarde.
4:00 p.m. Algunos empezaron a retirarse. Niños lloraban desesperados, caras arrugadas, tristes. Mucha espera bajo la tropical combinación sol y lluvia. Y cuando ya todos habían perdido la fe, cuando la gente creía que no se podía esperar más, se asomó el Pato Donald y su inseparable Daisy. Los rostros empezaron a adquirir mejor semblante. Gritos de alegría, risas. La gente saca sus celulares, toma fotos y les hacen video. Los que están mejor ubicados posan con los muñecos de fondo. Le sigue el carro de Winnie the Pooh, pero sin el protegonista, el conejo y Tiger. El público especuló que los tres personajes no aguantaron el sol tropical de la tarde panameña y se los tuvieron que llevar de emergencia a algún lado. Lo demás ya lo saben. Pasaron las princesas, los perros dálmatas, Jake y Los Piratas, la Princesita Sofía, los personajes de Toy Story, pero cuando pasó frente a El Hilton, el pobre Woody ya no tenía ánimo para saludar. Parecía estar a punto de desmayarse.
El desfile concluyó -como era de esperarse- con Mickey y Minnie. Recorrieron la cinta costera en un modesto carro navideño diciendo adiós. En total, pasaron 14 carros. Se acabó a eso de las 4:30 p.m.
A los niños que estaban en el área les gustó. A algunos adultos no tanto.
“Excelente”, dijo una veinteañera.
“No cumplió mis expectativas”, dijo una.
“Imagínate el que vino de Chiriquí a ver esto… que fraude”, dijo otra.
“Mejor lo hubiese visto por televisión”, se escuchó decir a uno.
“No critiquen… El panameño sí es inconforme, tras de que es gratis...”, aseguró uno.
“¿¡Gratis!? Esto nos costó $3 millones”.
Feliz navidad.