Cuscus, tocalapuerta, alambre, pimienta, duro, pelo malo… ¡dele! no tenga pena. Agregue usted más. Seguro conoce alguna otra forma de llamar al pelo afro.
Vamos a hablar con el peine quitao: ninguna mujer tiene el pelo que Dios, el cosmos, el karma, los genes le dio. Ninguna. Eso es embuste. Todas las mujeres nos cortamos, teñimos, alisamos, planchamos; en fin, cambiamos nuestro pelo. Así que nadie me venga con eso de que “la mujer tiene que ser conforme con su pelo” porque nadie lo es, y me parece bien que cada una haga lo que quiera con su cabellera. Es de ella y es su plata.
Aclarado lo anterior, también hay que reconocer que el pelo afro es el más desacreditado. Cuando las mamás panameñas tenemos a nuestra bebita en brazos gritamos con alivio “¡por suerte tiene pelo bueno!” o pensamos cabizbajas “¡Ay, no tiene cabello churrusco!”. Claro que las dos mamás quieren a sus hijas, pero saben lo que les espera. Esta sociedad nos ha enseñado que el pelo rizado no se ve bien. Y mucha gente, incluyendo a familiares, les harán sentir que a su pelo hay que buscarle arreglo.
