Durante la construcción del Canal de Panamá, los funcionarios estadounidenses reclutaron miles de trabajadores en el sur de Europa. La decisión nació del descontento con los trabajadores caribeños y de la creencia que el hombre “blanco” haría un mejor trabajo.
La inmensa mayoría de europeos llegó de España; la mayor parte provenía de la abatida región de Galicia. La cantidad de españoles en la Zona del Canal varió a lo largo de los años. Sin embargo, para 1912 aún permanecían más de 4 mil. Un funcionario, tenaz defensor del reclutamiento de españoles, expresaba sus razones de este modo: “son hombres blancos, manejables y capaces de mejoramiento e integración”.
Tan pronto como los españoles arribaron a la Zona del Canal fueron sorprendidos por las difíciles condiciones y el duro trato que recibieron. Los agentes de reclutamiento habían inundado sus pueblos originarios de volantes que prometían espaciosas casas de habitación, agradables hoteles, habitaciones especialmente destinadas a trabajadores casados y a sus familias, comida saludable y una variedad de actividades recreativas. En realidad, gran parte era falso. Solo ocasionalmente les proporcionaron habitaciones para matrimonios. En cambio, les surtieron de mallas de ventana raídas o rasgadas (lo que permitía la entrada de insectos y enfermedades).
El agua era de mala calidad, los alimentos, pasados; las actividades recreativas no existían. Advirtieron que el deleitable hotel que mostraban las volantes los excluía a todos, excepto que fuesen ciudadanos estadounidenses blancos. En los sitios de trabajo tropezaron con capataces que les maltrataban, con prolongadas jornadas de trabajo (las de 12 horas o más eran frecuentes). Se esperaba que trabajasen aún bajo lluvias torrenciales y que asintieran a peligrosas condiciones de trabajo; todo ello sin protestar, sin provisiones para sus familias o para heridos o muertos. Injuria añadida fue el hecho de que la identidad racial de los españoles en la Zona era sumamente ambigua: que fueran considerados blancos o no blancos variaba de acuerdo con diversas circunstancias.
En algunas ocasiones, los funcionarios aludían a ellos, lo mismo que a griegos e italianos, con la expresión “semiblancos”. En otras, especialmente cuando se les comparaba con los negros caribeños, eran vistos como “blancos”.
En general, no obstante, quedaron relegados junto con los afroantillanos a la nómina de pago Silver Roll en vez de la Gold Roll. Esas concepciones de raza se hallaban estrechamente vinculadas al legado del imperio.
El Gobierno de Estados Unidos, impasible, percibía a los españoles como gente común, baja y dudosamente civilizada; prejuicios derivados en gran parte de la Guerra de 1898, en que los periodistas habían forjado una imagen de los españoles semejante a la de “monstruos salvajes”, incivilizados, débiles o afeminados. Cualquiera de estas características les facilitaba percibirlos inferiores a los blancos.
La llegada de los españoles y otros europeos acrecentó las tensiones raciales en la Zona del Canal. Un policía describía la atmósfera así: “Resentimientos de raza... aquí están a temperatura febril y expuestos a empeorar gravemente en cualquier momento”.
La postura de los españoles en la Zona del Canal se moldeó vigorosamente a causa de las estrategias de administración laboral, adoptadas por los funcionarios de la Comisión del Canal Ístmico. Al privilegiar la raza y la ciudadanía como instrumentos clave de administración laboral, el sistema del Silver Roll y Gold Roll aguijoneó a los diferentes grupos a competir unos contra otros para alcanzar posiciones superiores. Así, con frecuencia los capataces solicitaban cuadrillas españolas y afrocaribeñas para que, como decía uno de ellos, “pudiera mantenerlos en sus nóminas de pago a causa de sus rivalidades”.
Las autoridades habían justificado inicialmente pagar más a los españoles que a los caribeños asumiendo que trabajaban más eficientemente. Sin embargo, con el paso del tiempo observaron con pesar que la productividad de los caribeños había aumentado, mientras que los españoles trabajaban menos y causaban más problemas. La situación obligó a los funcionarios a iniciar el reemplazo de europeos por caribeños en los años finales de la construcción del Canal. Gradualmente, los españoles comenzaron a sospechar que se había iniciado un plan oculto para reemplazarlos a todos por caribeños.
Todos esos factores se acumularon en 1911 al estallar una ola de militancia laboral entre los trabajadores españoles. Las huelgas y disturbios de ese año dejaron expuestos los vínculos existentes entre la protesta laboral, la política anarquista y la hostilidad racial.
En julio, los españoles que laboraban en el corte Culebra rehusaron ejecutar ciertas clases de tareas y exigieron ejercer el derecho a comer en el lugar de trabajo. El corte Culebra había sido sector de muchas disputas o peleas. Tal como lo expresó un capataz, Culebra era “el lugar de trabajo más difícil...uno tiene que trabajar duro porque el Canal se desmorona (deslizamientos)...tenemos que hacer trabajar duro a los hombres... algunas veces con agua y lodo hasta la cintura, y eso es muy duro”. En los días siguientes la insubordinación se extendió rápidamente entre los españoles. Más de tres docenas de cuadrillas rehusaron seguir órdenes; al impedirles comer en el trabajo se negaron a trabajar o bien expresaron su firme exigencia de mejorar las condiciones de trabajo.
Pronto el número de huelguistas se acercó a los 800 y comenzaron a efectuar asambleas de masas para decidir demandas y estrategias.
La ola de protestas finalizó cuando el ingeniero jefe Goethals adoptó reformas limitadas, con el fin de mejorar las condiciones de trabajo. Aunque prosiguieron algunas acciones laborales lo mismo que un robusto movimiento anarquista, a partir de entonces las autoridades comenzaron a frenar el flujo del reclutamiento de España.
Los españoles habían demostrado que las autoridades se habían equivocado al considerarlos manejables y dóciles. Resultaron, en cambio, los trabajadores más difíciles de administrar en la Zona del Canal.
FUENTES
Editor: Ricardo López Arias
Autor: Julie Greene, profesora de Historia, Universidad de Maryland
Fotografía: Autoridad del Canal de Panamá. Colección RLA/AVSU
Comentarios: raíces@prensa.com
