LAS INTERIORIDADES DEL NUEVO TÉCNICO DE LA SELECCIÓN DE FÚTBOL DE PANAMÁ

Un día con el Bolillo

El técnico colombiano Hernán Darío ´el Bolillo´ Gómez abrió las puertas de su hogar para dar a conocer su vida fuera de la cancha.

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Es su territorio y, pese a todo, él es el rey.

Llega al aeropuerto antes de la hora acordada. Que yo tomara un taxi fue misión imposible. Como buen paisa, no me lo permitió.

Salgo del aeropuerto de Palonegro, en Medellín, y se baja cual resorte de su Toyota FJ gris, modelo 2009. Me saluda como si nos conociéramos desde hace años, me ayuda a guardar mi equipaje y se acomoda en su pulcro “carro de guerra”.

No pasa un minuto y ya, pechón, está en todo su apogeo tirándole flores a su Medellín, la capital del departamento colombiano de Antioquia que le da hogar a tres millones y medio de personas. Es regionalista a morir. Me pregunta si soy nerviosa y, tras recibir un no como respuesta, acelera. Vuela. Pero conversa como si no fuera él el que estuviera manejando.

Es relajado y desparpajado, pero curioso. Me pregunta por mí, por mi profesión. Le suena raro mi apellido y le da curiosidad mi religión. Que si me cuido con anticonceptivos, que por qué no uso kippa, que por qué no me visto tapada, como religiosa; que por qué soy judía y que por qué no me he convertido al cristianismo. Él es católico, no tan practicante. Y sí, él sabe que es imprudente.

El Bolillo, apodo que le pusieron en los años 90 cuando se rapó y la cabeza se le veía más redonda que bola de fútbol, está feliz. Feliz de que se va a Miami. Es que, para él, “Panamá es Miami. Panamá enamora y si está progresando es porque hay unión y trabajo en equipo”.

“Panameño, panameño, panameño vida mía”, canta desafinado. “Me la rumbié como un verraco”, confiesa el director técnico que ya hoy no rumbea tanto. “Ahora soy alegre, no rumbero”. Alegre, “salsómano y boleroso”. Y solo toma en confianza, porque “Ave María”...

Diecinueve minutos y 19 grados centígrados después llegamos. Nos recibe un “mayordomo”, como le dice él, y una empleada de servicio. La villa se llama Dago por su hijo, Daniel Gómez.

Daniel estudia Derecho. Tiene 23 años y es su único hijo. Juega muy bien, dice el padre, pero prefiere que estudie. Para que no le hagan “la vida imposible” por el apellido y porque “es capaz, pero no le va a meter el sacrificio. En el fútbol hay que dejar rumba, paseos... a él le cuesta eso”.

Él se ve reflejado en esa realidad. Empezó a estudiar administración, pero lo dejó todo por el fútbol. Y se arrepiente. “Todavía tengo la frustración de no haber estudiado, de no haber sido un profesional. Hubiera querido ser arquitecto como mi padre, pero pensé que administración me ocuparía menos tiempo que esa carrera”.

A esta finca el Bolillo le tiene especial cariño. Son 6 mil metros que tiene desde 1995; él le construyó los cuatro cuartos, le diseñó una pequeña cancha de fútbol y le sembró las cientos de plantas de bambú que la decoran y le dan privacidad.

Se baja del carro con su 1.70 metro y me muestra orgulloso el quiosco, “que es el rumbeadero”. Ahí hace asado y sancocho de leña. Mejor dicho: hace asado y pide que le hagan sancocho de leña.

Pero aunque va casi todos los fines de semana, la casa la ocupan mayormente Daniel y su madre, con quien el Bolillo duró 15 años: 2 de novios y 13 de casados.

Ella fue su segunda esposa. Con la primera también duró 15 años, pero al revés: 13 de novios y 2 de casados. Y desde hace 13 años vive con Luz Adriana y dos de los tres hijos de ella. Y “hay civilización” entre todos, dice.

Él lo dice sin pena aunque asegura que lo afecta y que le ha enredado la vida. Es mujeriego y eso le ha costado las dos separaciones. Agresivo no, mujeriego sí. Pero de eso hablaremos más tarde.

Está feliz de que se va a Panamá. Pero tiene un miedo que le gana: el avión. Está convencido de que en primera clase se sienten menos los movimientos del avión, así que si no es en primera, “ni de a vaina” se monta.

Ya se desesperó. Me quiere llevar a la otra finca, la que más usa. Acelera sin mirar intersecciones, mira su iPhone y vuelve al frente. Domina el carro, pero es tan distraído que se ha quedado en un hotel por tres días sin saberse siquiera el nombre. Me muestra su restaurante favorito, de carnes, pero ni idea de cómo se llama.

“Vivo como un rey”. Monta bici, camina, corre a veces. Todo, sin escoltas. “Aquí me cuidan, me quieren mucho. Solo he tenido problemas con un par de periodistas y ya (...) Algunos son ignorantes, amarillistas. Ser periodista deportivo es muy fácil... Cualquiera puede hablar de fútbol. Hable de religión o de política y lo meten preso”.

Un director, en cambio, “es como un presidente. Es un representante, un símbolo, ejemplo para el país. Recibe alabanzas y críticas”.

Llegamos a su refugio de jueves a lunes. Este es más grande, antiguo y clásico. Fizebad, a 15 minutos de la primera, es de Luz Adriana.

Lo reciben tres perros, una gata, una lora y tres patos. Su favorito es ´José María´, un dogo de Burdeo que no ladra, pero sí babea. Es su “bebé; el man es una de las cosas que más quiero en la vida”. Tanto, que una foto suya ocupa su mesa de noche.

Adentro está su hijastra mayor, con seis meses de embarazo. Lo abraza cariñosa. En uno de los siete cuartos se ven, finalmente, 11 pelotas. Es el cuarto de su hijo.

El suyo no parece suyo: hay libros y muñecas de porcelana. Pero el clóset lo delata. Hay más de 10 pares de zapatillas, decenas de camisetas, varios abrigos y la maleta de viaje que le dio la Federación Panameña de Fútbol. La abre, probablemente por primera vez, desenvuelve un abrigo y se lo pone. “Póngale ahí: me voy pa Panamá. ¿Ve cómo la ayudo?”.

Le vibra el celular. Es el médico del Nacional. Habla de fútbol, opina de jugadores... “La Copa no es de jugar bonito, es de fuerza”. Le recomienda unas gotas para los ojos, que tiene rojos, y se despiden. En dos minutos se le olvida el nombre.

No es apegado a lo material, dice el hombre vestido con una camisa Chevignon, un pantalón azul, sencillo, y un reloj enorme “pero barato”. Pero le tiene especial cariño a un radio antiguo que le heredó su abuelo a su padre y su padre a él. Pide una foto.

Se despide como si fuera a volver en cinco minutos. En cuanto se sube al carro se echa antibacterial, olor brisa fresca. “[Los perros] no huelen mal porque un man viene a lavarles los dientes y las orejas, pero esto huele rico”.

El humor le cambia. Sin preguntarle dice: “Entro aquí y soy feliz. Salgo y me dan ganas de llorar”. Ahí es donde, desempleado desde hace un año, se reúne con técnicos y amigos.

Siempre ha sido un hombre “económicamente acomodado”. De padre arquitecto y mamá empresaria, cuenta que no ha sido desordenado y tiene lo suyo.

Su mamá es, como diría él, una verraca. Tiene 80 años y es el eje de la familia. Hace un mes casi se muere. Se rompió el fémur y el tobillo y se complicó tras una larga operación. Le sacó las lágrimas al hijo. Pero ahora aparenta estar perfecta.

El Bolillo entra sin avisar. Es domingo y todos están en pijama. La mamá me saluda como si me conociera y supiera que la visitaría. Lo abraza, lo jamaquea y aprieta cual peluche. Hernán es el segundo de seis hermanos: son tres hombres, entre ellos el futbolista Barrabás, y tres mujeres. Dos de ellas –separadas las dos– viven con la madre y dicen, sin celos a la vista, que Hernán es el consentido. El Bolillo entra, critica jocosamente el cablerío que se ve detrás de la TV y la nueva ubicación de dos sofás negros, molesta a las dos “chandosas” que la mamá llama “sus niñas” y en 13 minutos se va.

El portero y dos vecinos lo saludan familiarmente. Lo mismo hace un taxista que está cerca y lo mismo hizo la señora que lo atendió en el peaje. “Me gusta hablar con la gente”.

Manejamos menos de cinco cuadras en Poblado, el barrio más lujoso de Medellín, y llegamos a su edificio. Es grande y debe tener unos 15 años de construido. En su estacionamiento están sus otros dos carros: una Range Rover Evoque y su favorito, un Fiat CC500.

Su apartamento es igual de clásico que la segunda finca. Me ofrece algo de tomar y se mete a la boca un chocolate Lindt con relleno de mousse de chocolate. De esos que con verlos se derriten en el paladar. Desde el balcón se ve el edificio donde vive su hijo y otro en el que tiene un aparta estudio. Ahí es donde guarda las más de 60 pelotas de los lugares en los que ha competido. Porque en esta casa no hay ni una. En casa de herrero, cuchillo de palo.

Se sienta y le entra una llamada. Es el hijo. “Muy mal Nacional ayer, ¿no?”. No se le oye cariñoso, pero cierra con un “te quiero mucho”.

El Bolillo no lee noticias, no tiene Facebook, Twitter ni ninguna de esas “gue...”. Sí, es mal hablado, pero no cae en el mal gusto. En las redes sociales “todo el mundo cree que sabe todo... vuelven mie... a cualquiera, facilito”.

Pero los horóscopos sí llaman su atención. “Soy acuario [nació el 3 de febrero, hace 58 años]. No es que crea, pero le pega a cómo soy... Maturana también es acuariano. Somos parecidos”. Para el Bolillo, su mayor fortaleza es su liderazgo.

Esa es la cualidad a la que le apostará en su nuevo reto: la “sele”. El primer paso, después de adaptarse a este país “de gente alegre como yo”, será tratar de hacer familia alrededor del fútbol. “Veo el estadio unido... eso es fundamental”.

Y seguir su norte: llevar a Panamá al Mundial. “No miro sino pa allá (...) Clasificar para el Mundial, por encima de lo que sea. Aunque pierda todos los partidos, no clasifiquemos a la Copa de Oro... le firmo ya. Si no clasificas al Mundial no sos nadie”.

Pero se cuida mucho cuando se refiere a la no clasificación de Panamá para el Mundial de este año. “Por respeto a los técnicos no lo digo. Los mellizos [Dely Valdés] hicieron un muy buen trabajo. Siento por ellos respeto y admiración, dice.

Tampoco nombra a los jugadores a los que les tiene puesto el ojo. Ni para bien ni para mal. “Vamos a trabajar en equipo y el equipo es Panamá”.

Para el nuevo director técnico, el hecho de que nuestra selección envejezca no es malo. “En fútbol no hay jóvenes o viejos, flacos o gordos. Se es bueno o se es malo”. Además, destaca, los jugadores últimamente han alargado la carrera. Sin generalizar, aclara, “los que tienen entre 29 y 31 años han madurado, tienen experiencia y están en su plenitud”.

El Bolillo, para quien las selecciones son un reflejo del país, no tiene una estrategia delineada, o al menos no la hace pública. “Espero volverte a encontrar en cuatro años, y decirte qué hice. Soy espontáneo”. Y así es desde que dirige. Desde 1987.

Él tiene claro que tendrá que lidiar con que la selección tenga más de tres millones de técnicos: o sea, todos los panameños. Les pide: “Crean en nosotros, no pierdan el optimismo y tengan mucha paciencia”, no sin antes advertir que “el primer año va a ser muy duro, porque como no se clasificó al Mundial la gente está incrédula, dolida, resentida”.

También sabe que “cuando a uno lo nombran técnico, de 100 personas 50 te querrán y 50 no”. Es consciente, además, de que en 2011 él cometió un error que seguirá pagando toda la vida.

“Nunca había tenido un escándalo de borrachera, de mujeres ni conflictos, hasta ese día. Fue una mala noche, una noche desafortunada que le pudo haber pasado a cualquiera”, relata acerca de la noche en la que le pegó a una mujer en un bar.

“No soy así, no reacciono así. Nunca he tocado a una mujer, las respeto... Estaba tomando unas pastillas y empecé con vinos y cambié a aguardiente. Me nublé. El cambio me mató”.

El Bolillo no se justifica. “Si no no hubiera pedido perdón públicamente”. Pero destaca que el escándalo ha sido aprovechado por los que no lo quieren y exagerado por los medios. “He recibido más voces de aliento y de cariño. No soy lo que dicen que soy. Les quiero decir a los panameños que no se peguen de ahí, porque no soy así”.

Habla del tema sin tabú pero confiesa que le da “rabia, tristeza, nervios... lo toco como si fuera una pesadilla... perdí la selección de Colombia”. el episodio, le tocó renunciar a su trabajo.

Pero además, casi pierde el matrimonio. Luz Adriana, que escucha callada la entrevista, interrumpe y cuenta la historia desde su óptica. Para ella, que con 51 años lo conoció a través de un amigo (directivo del Nacional cuando el Bolillo era su director), lo difícil no fue que él le haya pegado a una mujer, porque mete la mano en el fuego de que Hernán no es un hombre agresivo. “Mis amigas se mueren por él, él le entra a todo el mundo. Es juicioso, bondadoso, muy casero y de familia. Hasta va a mercar conmigo”.

Lo que le dolió fue que su pareja estuviera saliendo con otras mujeres. “Lo llamé y le dije ´se nos vino la noche”. Pero luego de pasar unos días separados, volvieron y afrontaron juntos la situación. Ella no justifica lo que hizo el esposo, a quien por compromisos con sus hijos no acompañará en esta aventura, y cada vez que puede le tira “puyitas”. El Bolillo sabe que este será un “temita de por vida”.

Sin embargo, ella también siente que los medios exageraron la situación. Y esa es la misma percepción que tiene John Jairo, el taxista que me lleva al aeropuerto mientras Hernán almuerza con su familia. Pidieron a domicilio.

John Jairo habla del Bolillo con admiración y respeto. Nunca ha cruzado palabra con él, pero su mamá, que es cocinera, alguna vez le preparó una cena a él y a Maturana. Se orilla y busca la foto en su celular. Maturana, el Bolillo y su mamá. “Ojalá algún día yo tenga el honor de conocerlo”.

MARCANDO EN LA MEDIA CANCHA

¿El Bolillo, en sus palabras fuera de la cancha?

No odio, vivo en paz. Soy sencillo y relajado. No me conformo con nada, soy inquieto. Me emp... fácil, pero se me va rápido.

¿En la cancha?

Soy tenso e intenso. Apasionado. Quiero la verdad del futbolista. Soy exigente y quiero ganar siempre. Cuando estamos trabajando, que se note quién es el patrón. Fuera sí somos amigos... Cuando ganamos, ganamos todos. Cuando perdemos, perdemos todos. Pero perder me da muy duro, me da mucha rabia.

¿Se considera famoso?

Público. Famoso se hace uno cuando hace una embarrada.

¿Le gusta ser público?

Me siento cómodo, porque me dan muy buen trato. Hay admiración y cariño.

¿Qué no le permite hacer la fama?

Equivocarme.

¿Su error imperdonable?

El de hace dos años.

Su primera pelota.

A los siete años, traído del Niño Jesús a petición mía: un balón y el uniforme del Medellín.

¿Su mejor gol?

Mi hijo. Y lo que siento cuando la gente me da el apoyo por lo que he hecho en la vida. Eso es una alegría que no sé descifrar.

¿El equipo al que más cariño le tiene?

Las selecciones de Colombia y Ecuador. Triunfé en las dos.

¿Su peor partido?

A todos les saco provecho.

Del 1 al 10, ¿qué tan buen jugador fue?

10. Mal profesional, pero buen jugador.

¿Qué hace cuando no está dirigiendo?

Ver partidos de fútbol. Me vi cuatro el sábado: cuando no estoy en competencia es una diversión.

¿Quiénes son sus técnicos amigos?

Con Pacho Maturana, Nelson Gallego, Juan José Peláez, Pedro Sarmiento, Alexis García. Los técnicos antioqueños somos muy unidos. Hablar con ellos es como un curso, un estudio.

¿Y los celos?

No los he sentido. Hay mucho respeto.

¿El mejor jugador del mundo?

Messi. Pero lo tiene que confirmar, como lo confirmaron Pelé y Maradona.

De los que aún no conoce, ¿en cuáles estadios le gustaría dirigir?

Ya he estado en los mejores del mundo, he dirigido en los cinco continentes. Cuatro mundiales. Me falta clasificar a Panamá para el Mundial.

¿La primera vez que fue a un estadio a ver un juego?

A los siete años, Millonarios contra Nacional, con mi papá, que era muy aficionado y terminó siendo presidente del Medellín. De él nació mi amor al fútbol.

¿Duerme bien la noche antes de los partidos?

Ni antes ni después. Pienso, paso estresado, tensionado. Y después es peor, aunque haya ganado.

¿Qué fue clave para que se decidiera por Panamá?

Me gustó que me llamara el presidente de la federación. Fue concreto, claro, definido. Eso es clave, porque será mi mano derecha. En otros países me contactan los empresarios.

Y la política, ¿qué?

No me gustan ni la política ni los políticos. La izquierda critica, sube y no hace nada. No los entiendo... Son más los que están por ellos que por ayudar.

Flor Mizrachi

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