El fondo a fondo

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Público asistente a la reciente Feria del Libro de Panamá.LA PRENSA/Archivo. Público asistente a la reciente Feria del Libro de Panamá.LA PRENSA/Archivo.
Público asistente a la reciente Feria del Libro de Panamá.LA PRENSA/Archivo.

Recorriendo el pabellón del Fondo de Cultura Económica (FCE) en la Feria Internacional del Libro de Panamá, me encontré entre los libros expuestos con no pocos viejos conocidos, empezando por aquellos breviarios que tanto me ayudaron desde la adolescencia a asomarse a una variedad de áreas del conocimiento, claves en mi formación libre y voluntaria, alumno de una especie de universidad espontánea que me procuré entre libros, más allá de las fronteras de mis estudios de derecho.

Pero lo que mejor me asombró fue que esos breviarios estuvieran allí, recién reeditados después de 50 años de aquel primer encuentro.

Y eso me recordó que una empresa cultural es verdadera cuando trasciende de una generación a otra, y en el caso de una editorial, sobre todo de una editorial pública, cuando sus libros se vuelven letra viva, y se siguen leyendo porque son necesarios para la formación cultural de tantos.

Volví a encontrarme así con Los condenados de la tierra, de Franz Fanon y el prólogo de Sartre, un libro que fue una Biblia laica para mi generación, la generación de los 60, que abjuraba del colonialismo que ya para entonces se despedía de la realidad geopolítica entre grandes llamaradas; y con ¡Escucha, yanqui! de Wright Mills, que tantos leímos cuando la revolución cubana era toda una esperanza.

Y más allá de esa formación autodidacta que los libros del FCE me procuraron como curioso en permanente estado de búsqueda, están los escritores que alentaron mi vocación, el primero Juan Rulfo, con quien tantos escritores confiesan su deuda impagable.

En la ciudad de León, en Nicaragua, donde yo estudiaba derecho, alguien puso en mis manos Pedro Páramo, seguramente la primera edición de la colección Letras Mexicanas de 1955.

En los libros del FCE encontré herramientas preciosas y precisas para mi formación abierta y arbitraria, basada en ese don tan imprescindible de la curiosidad, que es la puerta de la libertad, y encontré a escritores que serían mis manes; y al cumplirse los 80 años de su fundación, hago mis reflexiones sobre su dilatada existencia desde la perspectiva hispanoamericana.

Porque el FCE fue desde el principio una empresa cultural abierta tanto a los pensadores y escritores de la península, como a los del vasto territorio al que José Martí llamó nuestra América.

La inmensa marejada del exilio español, al ser derrotada la república tras la guerra civil, llevó hacia México a legiones de académicos, docentes, filósofos, sociólogos, artistas y actores, cineastas y escritores, que empezaron no solo a nutrir el catálogo del FCE, sino que le dieron también editores, maestros tipógrafos, correctores y traductores. Un trasvase de recursos forzado por una catástrofe intelectual de la que España tardaría mucho en reponerse, pero que dio brillo y energías a la cultura mexicana, y a la de América Latina en general.

Y los sucesivos exilios latinoamericanos llevaron a México una constante corriente de intelectuales, escritores y artistas, acogidos siempre de manera generosa, y muchos de ellos llegaron a ser parte del patrimonio intelectual del FCE. Las dictaduras militares, primero en Centroamérica y el Caribe, después en el cono sur, trabajaron con toda constancia en beneficio de la cultura mexicana, igual que el franquismo.

Y apenas 10 años después de su fundación, en 1944, en un formidable salto a través de todo el continente, se abre la delegación de Buenos Aires a cargo del editor argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien asumiría pocos años después, en 1948, la dirección general en México, y por mucho tiempo.

El FCE es imprescindible a nuestra cultura hispanoamericana. No encuentro otra obra que pueda marcar mejor lo que somos como comunidad cultural, dueños de una vasta lengua que ha podido manifestarse en su catálogo de 10 mil títulos de tantas maneras y con tan vivas muestras de expresión, y también ser enriquecida desde fuera por tantos autores de otras lenguas.

Hemos ganado en sabiduría gracias a esta obra mexicana que es ya de todos nosotros, y lo será más en la medida en que se siga aproximando a su primer siglo de existencia.

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