TALENTO BRUNCH

Tradición antillana, ingenio colonense

Tradición antillana, ingenio colonense
Tradición antillana, ingenio colonense

Frente a la caja de panadería Colón, sin importar la hora, siempre hay una pequeña fila de hambrientos visitantes. En la mañana parten con sus pastelitos en una bolsa, en la tarde quizás con una mamallena y antes de que el local cierre, a las 7:00 p.m, con un molde de pan recién horneado para llevar a casa.

Hay quienes repiten esta rutina todos los días, clientes frecuentes que salen con un cafecito caliente entre las manos. Existen otros, ya cerca de la mitad de la clientela, que pasan el día en la ciudad de Colón y acatan la regla que, aunque no está escrita en ningún lado, es de conocimiento popular: no se puede salir de Colón sin haber visitado su panadería más famosa.

Un vistazo privilegiado al detrás de cámaras de la panadería colonense, que ya tiene 54 años de haber abierto sus puertas, revela la sorpresa que hay detrás de su mostrador. Un área de producción amplia donde cerca de 25 trabajadores se turnan las estaciones de trabajo y el uso de un gigantesco horno de antaño, que desde hace más de 30 años forma parte de la línea de producción.

Melvin Cabey, gerente general de la panadería Colón e hijo de uno de los 10 accionistas fundadores, se sienta en una pequeña oficina con paredes rosa pastel desde la cual se gestiona toda la administración. Su trabajo en la empresa le produce orgullo: cuando tenía ocho años la panadería abrió sus puertas y su primer trabajo fue detrás de aquella caja donde siempre hay fila: cobrando y, con la ayuda de su mamá, entregando vuelto.

Una panadería es un negocio comprometido y, doblándose la manga de la camisa, Cabey ríe mostrando la cicatriz que tiene para probarlo. Como ha hecho de todo, no hay, quizás, nadie más orgulloso y dispuesto a contar la historia del reconocido local.

“Yo no creo que ellos pensaran que iba a perdurar tanto tiempo”, cuenta Cabey refiriéndose a los 10 socios que a principios de la década de 1960 unieron esfuerzos para crear la panadería, que desde sus inicios se ubica en

el mismo lugar.

Las 10 familias que se unieron bajo panadería Colón eran primera generación de panameños antillanos, cuyos padres provenían de países del Caribe como Jamaica, Montserrat y Barbados, entre otros.

El grupo de emprendedores soñó con un sitio en el que pudieran ofrecer los platillos tradicionales de las Antillas y que, además, sirviera como fuente de empleo para el pueblo colonense.

Su papá, cuenta Cabey, siempre decía que la panadería era un trampolín hacia nuevas oportunidades laborales y que los trabajadores no debían pensar en echar raíces entre la harina y el azúcar. La realidad, como casi siempre, fue diferente a la expectativa. “No fue así. Tengo un montón que han puesto raíces”, dice Cabey riendo y mencionando entre sus trabajadores ejemplos como el de Maxwell, quien lleva 29 años laborando con ellos.

El tiempo ha demostrado, también, que el pueblo colonense premia sus delicias con una inquebrantable fidelidad. En un día promedio pasan por el local cerca de 800 personas y es cada vez más común que los pastelitos y el plantintá (originalmente plantin tart) viajen miles de kilómetros: han tenido pedidos desde Estados Unidos, Canadá y China.

En una mesa hacia el final del local, Gisela Mendieta y Yasmely Barreno trabajan decorado los dulces que ahora son parte del catálogo de la panadería.

Mendieta, una colonense que de chica vivía justo detrás de la panadería y cuyos productos forman parte de sus recuerdos de la infancia, y Barreno, una venezolana cuyo carisma y empeño le han valido gran aprecio entre el equipo panadero, representarán a panadería Colón mañana en la quinta edición de Talento Brunch que se realizará en el Hotel Marriot, llevando lo mejor de la tradición antillana a la capital del país.

Se acerca la hora del almuerzo y, en aquella área donde se preparan las delicias antillanas más populares de Colón, se escucha el sonido seco que producen las manos contra la masa y la risa perdida que nace de trabajar en camaradería día tras día durante años.

La costumbre de regresar con las manos llenas de pastelitos, botellas de saril y pan bon es ahora, conociendo los responsables de tanto sabor, aun más importante.

Frente a la caja de panadería Colón, sin importar la hora, siempre hay una pequeña fila de hambrientos visitantes. En la mañana parten con sus pastelitos en una bolsa, en la tarde quizás con una mamallena y antes de que el local cierre, a las 7:00 p.m, con un molde de pan recién horneado para llevar a casa.

Hay quienes repiten esta rutina todos los días, clientes frecuentes que salen con un cafecito caliente entre las manos. Existen otros, ya cerca de la mitad de la clientela, que pasan el día en la ciudad de Colón y acatan la regla que, aunque no está escrita en ningún lado, es de conocimiento popular: no se puede salir de Colón sin haber visitado su panadería más famosa.

Un vistazo privilegiado al detrás de cámaras de la panadería colonense, que ya tiene 54 años de haber abierto sus puertas, revela la sorpresa que hay detrás de su mostrador. Un área de producción amplia donde cerca de 25 trabajadores se turnan las estaciones de trabajo y el uso de un gigantesco horno de antaño, que desde hace más de 30 años forma parte de la línea de producción.

Melvin Cabey, gerente general de la panadería Colón e hijo de uno de los 10 accionistas fundadores, se sienta en una pequeña oficina con paredes rosa pastel desde la cual se gestiona toda la administración. Su trabajo en la empresa le produce orgullo: cuando tenía ocho años la panadería abrió sus puertas y su primer trabajo fue detrás de aquella caja donde siempre hay fila: cobrando y, con la ayuda de su mamá, entregando vuelto.

Una panadería es un negocio comprometido y, doblándose la manga de la camisa, Cabey ríe mostrando la cicatriz que tiene para probarlo. Como ha hecho de todo, no hay, quizás, nadie más orgulloso y dispuesto a contar la historia del reconocido local.

“Yo no creo que ellos pensaran que iba a perdurar tanto tiempo”, cuenta Cabey refiriéndose a los 10 socios que a principios de la década de 1960 unieron esfuerzos para crear la panadería, que desde sus inicios se ubica en el mismo lugar.

Las 10 familias que se unieron bajo panadería Colón eran primera generación de panameños antillanos, cuyos padres provenían de países del Caribe como Jamaica, Montserrat y Barbados, entre otros.

El grupo de emprendedores soñó con un sitio en el que pudieran ofrecer los platillos tradicionales de las Antillas y que, además, sirviera como fuente de empleo para el pueblo colonense.

Su papá, cuenta Cabey, siempre decía que la panadería era un trampolín hacia nuevas oportunidades laborales y que los trabajadores no debían pensar en echar raíces entre la harina y el azúcar. La realidad, como casi siempre, fue diferente a la expectativa. “No fue así. Tengo un montón que han puesto raíces”, dice Cabey riendo y mencionando entre sus trabajadores ejemplos como el de Maxwell, quien lleva 29 años laborando con ellos.

El tiempo ha demostrado, también, que el pueblo colonense premia sus delicias con una inquebrantable fidelidad. En un día promedio pasan por el local cerca de 800 personas y es cada vez más común que los pastelitos y el plantintá (originalmente plantin tart) viajen miles de kilómetros: han tenido pedidos desde Estados Unidos, Canadá y China.

En una mesa hacia el final del local, Gisela Mendieta y Yasmely Barreno trabajan decorado los dulces que ahora son parte del catálogo de la panadería.

Mendieta, una colonense que de chica vivía justo detrás de la panadería y cuyos productos forman parte de sus recuerdos de la infancia, y Barreno, una venezolana cuyo carisma y empeño le han valido gran aprecio entre el equipo panadero, representarán a panadería Colón mañana en la quinta edición de Talento Brunch que se realizará en el Hotel Marriot, llevando lo mejor de la tradición antillana a la capital del país.

Se acerca la hora del almuerzo y, en aquella área donde se preparan las delicias antillanas más populares de Colón, se escucha el sonido seco que producen las manos contra la masa y la risa perdida que nace de trabajar en camaradería día tras día durante años.

La costumbre de regresar con las manos llenas de pastelitos, botellas de saril y pan bon es ahora, conociendo los responsables de tanto sabor, aun más importante.

Tradición antillana, ingenio colonense
Tradición antillana, ingenio colonense

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