El Mundial no me deja trabajar

Luis Burón Barahona publicó hoy esta columna en el Xtra2014 del diario La Prensa. En la nota sintetiza el dolor de muchos panameños de no poder ver el Mundial a gusto.  Porque primero está el trabajo.

Ojalá fuese fanático de España. O un tozudo apasionado por la selección inglesa. Me hubiese gustado haber apostado la casa y el carro a que Italia ganaba el Mundial. Como desearía remojar el fracaso en llanto y decidirme por no ver más esta Copa del Mundo.

Pero no cumplo con ninguno de esos requisitos. Soy esclavo del fútbol: del regate, de los pases filtrados, de una pared bien hecha, del éxtasis del gol, de la angustia del poste, del alma en la cancha.

Regularmente, resisto con éxito la tentación de sacrificar obligaciones y ver un partido de la liga italiana, de la española, de la panameña o de la argentina. Pero el Mundial, eterna salvación y condena, no es lo mismo.

Cada partido es un duelo con características únicas, con goles, dolor y sufrimiento. La hermosa contradicción, por ejemplo, de ver, y entender, como Costa Rica, con intrascendente historia mundialista, clasifica a la siguiente ronda de primero y sin perder en un grupo en el que sus rivales acumulaban siete títulos.

Siempre consideré que tenía dotes del famoso multitasking, la habilidad de hacer dos o más cosas de forma simultánea. Pero el Mundial, eterna salvación y condena, me muestra lo equivocado que estaba. Qué difícil es sentarse a escribir un párrafo cuando a mi izquierda, en una pantalla de 21 pulgadas, el holandés Arjen Robben emprende un pique a una velocidad de 30 kilómetros por hora. Qué complicado resulta construir un remate con fuerza cuando con solo girar mi cabeza puedo ver al colombiano James Rodríguez quebrarle la cintura a un japonés, anotar, y bailar salsa con sus compañeros.

Las últimas semanas han sido de tortura, y de placer. Quiero, o necesito, ver el comienzo, la trama y el desenlace de cada partido. No me importan los rivales; anhelo por ver un hombro contra hombro por la banda derecha, un centro que se pasea por el área, codazos antes de un tiro de esquina, un cierre fuerte pero sin falta.

No todo está perdido tampoco. He puesto un enorme esfuerzo para poder ver el torneo sin descuidar mi trabajo, y hasta ahora creo que ha resultado. Pero he tenido que invertir un alto nivel de concentración para salvar dos de mis pasiones: el periodismo y el fútbol. Por supuesto que quedo agotado, agotadísimo, al final del día. Asumo con gallardía el sacrificio: es época de Mundial.

Ojalá hubiese sido fanático ciego de España, de Inglaterra o de Italia. Sentir una tristeza absoluta que me impidiera ver el resto del Mundial, maldecir los juegos y más aún si los que ganan son los equipos que vencieron a mis selecciones. Pero, a mucho orgullo, soy fanático del fútbol, y hasta el 13 de julio, sigo viviendo mi salvación y mi condena, el Mundial.


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