En 1970, tras graduarme en antropología de la Universidad de los Andes, Bogotá, regresé a Panamá en una canoa que vendía productos colombianos en San Blas a cambio de cocos, el dólar vegetal de los kuna. En Narganá, una avioneta me dejó en el aeropuerto de Paitilla en ciudad de Panamá. Regresaba tras 10 años de vivir, estudiar y trabajar en el exterior.
La Dirección General de Desarrollo de la Comunidad (Digedecom), que buscaba un antropólogo, me escogió para su nueva sección de asuntos indígenas. De inmediato comencé a recorrer las regiones distantes habitadas por estas comunidades: la serranía del Tabasará, hogar de los ngäbe o guaymies de Veraguas y Chiriqúí, y el río Cricamola, en Bocas del Toro, el que recorrí en el cayuco de mi baquiano, Samuel Binns.
Pendiente me quedaba la región de los buglé, en el selvático río Calovébora, que nace en la cordillera central para desaguar en el Caribe y sirve de lindero entre Veraguas y Bocas del Toro. Mi baquiano fue Fabio Bernal, experimentado trabajador comunal de Veraguas.
Tres rutas había para ir al Calovébora: desde Colón en una lancha que de cuando en cuando viajaban hasta Bocas del Toro con escalas en los caseríos costeros con carga y pasajeros, y, la otra, volar a Bocas del Toro y abordar una de estas lanchas a su regreso a Colón. La tercera era volar desde Santiago en una avioneta de Aerolíneas Cantú, propiedad del piloto Rubén Cantú, oriundo de Texas, quien al terminar su servicio militar se casó con una muchacha de Santiago y se quedó a vivir allí. Sus avionetas eran las únicas que aterrizaban en la boca del río Calovébora.
Manejé hasta Santiago y me quedé en la pensión Santiago, de la señora Fábrega: una vieja casona de tejas y postes de madera. Al día siguiente fui al llano que servía como aeropuerto de Santiago. Al llegar a la vieja y pequeña avioneta noté que el fuselaje, que parecía de tela, estaba remendado en varios sitios. Su joven piloto era Reynaldo Giraud.

Era septiembre y lluvioso. Plena octubrera. Sobrevolamos la cordillera Central y, averados del pico de Santa Fe, aterrizamos en la playa de la boca del Calovébora, que corre de este a oeste. La mar estaba picada y cubierta por el manto blanco de la espuma del oleaje. En un rancho del caserío nos dieron posada y comida, a la espera del cayuco que vendría al día siguiente.
Al amanecer partimos a palanca y canalete, subiendo hasta el río Luis, afluente superior del Calovébora. ¡Qué río más hermoso! Sus cristalinas aguas, charcos y playones; vastas selvas y barrancos de rocas negras, plenos de fósiles marinos. Me preguntaba si en tiempos remotos la mar habría llegado tan tierra adentro. Anocheciendo llegamos al caserío y nos quedamos en el rancho de nuestro amigo y dirigente local, Roberto Sibala López, quien hablaba español y buglé.
Por una semana palpamos las apabullantes condiciones de vida de sus habitantes. Debido al mal tiempo habían perdido las cosechas y sufrían hambruna. A sugerencia de Fabio compramos un cerdito para darle de comer a la gente. Al momento de la comida, sobre hojas de bijao, los buglé se sentaron en círculo, dándose la espalda. Nadie habló durante el alimento: fue como un momento sagrado.
Tal como acordamos, bajamos a la boca del Calovébora a esperar la avioneta. Seguía lloviendo y la mar estaba levantada. Al día siguiente esperamos por horas; como no llegaba, pensamos que sería por el mal tiempo. A mediodía escuchamos el zumbido de un motor. No podíamos verla por las nubes bajas. El zumbido se alejó mar afuera, hasta un claro de luz por donde vimos descender la avioneta casi raspando el oleaje.

Al aterrizar, el diestro piloto ladeó las alas para que el viento norte las estabilizara. A gritos dijo que el tiempo sobre la serranía empeoraba y que nos sacaría en dos vuelos.
Fabio salió primero y yo quedé con la carga. Atardecía cuando escuché venir la avioneta, que aterrizó en la playa. Reynaldo me dijo que me encaramara y me abrochara el cinturón rápido, pues el tiempo empeoraba. Me explicó su plan: como las nubes estaban a ras de la selva, volaríamos a baja altura siguiendo el curso del Calovébora y, en sus nacientes, tomaríamos impulso para cruzar la serranía esquivando el pico de Santa Fe.
Al subir el cauce, los barrancos se acercaban cada vez más a las alas, hasta que la distancia entre ambos parecía menor de cincuenta metros. Entonces Reynaldo gritó: “Agárrate, que vamos a coger altura pa’ pasar el cerro”. Subíamos entre las nubes cuando sentí que el motor se apagó. La avioneta comenzó a caer en picada.
Solo escuchaba el silbido del viento sobre las alas. La copa de los árboles se nos venía encima, rápido. Eran árboles enormes. En mi mente veía los titulares de los diarios del día siguiente: “Se estrella avioneta de Aerolíneas Cantú en la serranía del Tabasará. Encuentran cadáveres del piloto y un pasajero guindando de las ramas de un gran árbol”.
Veía a Reynaldo tocar botones e instrumentos y halar palancas. Con una tranquilidad que no me explicaba, me crucé de brazos. Cuando parecía que nos estrellábamos, el motor volvió a arrancar y el alma me regresó al cuerpo. Con gran sonrisa, Reynaldo me dijo: “Coño, gringo, ¿te asustaste?”. Solo pude responderle: “Puta, Reynaldo, casi me matas del susto; si no fueras el piloto, te hubiera echado por la ventana”.
En el Pacífico resplandecía el sol y aterrizamos en el llano del aeropuerto de Santiago.
Pocos años después, tras regresar de un vuelo a Jaqué, Darién, escuchamos por la radio que una avioneta con pasajeros había caído al mar, a la altura de la punta de Garachiné… que el piloto era de apellido Giraud. Se inició una de las búsquedas más intensas que había conocido Panamá; sin embargo, no aparecieron ni restos de la avioneta ni de los pasajeros. Pero el piloto no había sido Reynaldo, sino su hermano.


