Cuando me preguntan cuál de mis libros quiero más, respondo que a todos por igual, pero les comento de las casualidades y trabajos del primero.
En 1976 fui a Bocas del Toro en busca de información para delinear los límites de la comarca Ngäbe Buglé.

En la gobernación los archivos desaparecieron por un incendio y en las alcaldías por el clima tropical y la incuria humana. Me recomendaron hablar con Carlos Reid, un viejo patriarca de los creoles nacido en los tiempos de Colombia.
De vuelta a Panamá redacté mi informe para el Ministerio de Planificación y la Comisión Interinstitucional para la Demarcación de la Comarca Ngäbe. Luego revisé mis notas de la mi conversa con Carlos. Era una ventana sobre una cultura que se desvanecía, los criollos de Bocas. Decidí ahondar su pasado, vía la historia oral.
Aceptó pero que no grabase su voz temiendo alguien le hiciera daño con Obeah, magia negra venida de África.
Ese año, tras casarme con Sonia, volamos a Bocas quedándonos con Carlos y su esposa Bea. Nuestras conversaciones en inglés duraron días. Del amanecer al atardecer. Yo le preguntaba y Sonia anotaba sus respuestas. Paulatinamente su mente recordaba detalles más remotos. Realicé otros viajes a entrevistarlo.
Durante 1977 trabajaba el manuscrito luego de mi día de trabajo, en fines de semana y feriados. Ese verano la primera versión estaba lista. Era hora de compartirlo con otros patriarcas. El 1 de abril, Carlos me llevó a una playa cerca a su casa. Sentados sobre cayucos estaban Samuel Binns, Mr. Sam Gary, Mr. Brown y Mr. Atkinson. No eran ricos ni poderosos. Uno era sastre, otro carpintero y otro labraba cayucos. Pero conocedores de la historia y costumbres de los creoles. Carlos me presentó, explicó el origen del manuscrito y solicitó me escuchasen. Leí despacio en inglés. Al terminar, silencio. Temí lo peor, pero vinieron aplausos. Todos sonreían y nos felicitaban.
“Carlos.” le dije, “Ahora tenemos el imprimatur, el nihil obsat de los criollos”
“Que es eso?”, me preguntó.
“Es latín. Cuando la iglesia aprueba un documento para publicarse”.

Acordamos publicar el libro en inglés y español. Pero sin fondos para ello. Regresé a Inglaterra a terminar mi doctorado. Abandoné la traducción pues la tesis me exigía dedicación a tiempo completo. En eso conocí a Mercedes, esposa de un estudiante colombiano, quien por una suma simbólica lo tradujo al español. Su traducción fue impecable. Pero el español del viejo bocatoreño sonaba como el de un cachaco de clase alta de Bogotá, ciudad que el expresidente Alfonso López Michelsen llamó el Tibet de las Américas.
Tan pronto volví a Panamá volé a Bocas. Carlos Fitzgerald, inspector de educación, me consiguió tres maestros conocedores del inglés y el español criollo.
Durante los cinco años que tomó preparar este manuscrito, pocos en Panamá mostraron interés. Eran tiempos de nacionalismo y colonialismo interno. Las minorías debían integrarse a la nacionalidad. Criollos e indígenas debían ser de cultura hispánica y monolingües en español.
En marzo de 1980, la Universidad de Panamá celebró el II Congreso del Negro de Las Américas, asistió la crema y nata de los estudiosos sobre la negritud. Gerardo Maloney me invitó. Di un bosquejo sobre los criollos y Carlos habló en inglés sobre su vida. El ministro de Gobierno y Justicia, Materno Vázquez, era de una comunidad negras de la costa de Colón y no gustaba de la gente negra de habla inglesa. En desplante, abandonó el salón.
Súbito, el distinguido representante de Senegal, en francés pausado, impecable me dijo: “Es la primera vez que un trabajo de campo sobre una comunidad negra se ha presentado en un congreso de la cultura negra de las Américas. No se puede teorizar si uno no ha estudiado la realidad completa de los pueblos negros. Este trabajo demuestra el valor de la historia oral para rescatar la cultura de la gente negra.”
Ese año Ricardo de La Espriella, gerente del Banco Nacional, aprobó un préstamo a la Asociación Panameña de Antropología para imprimir el libro bilingüe. Por no haber dinero para la portada, Nat Méndez, banquero, hizo una hermosa pintura gratis.
El 18 de diciembre fui a buscar los libros. Pero los tipógrafos estaban en huelga. Tras dura negociación imprimieron 20 copias para que le llevara “Al compañero Reid”.
Perdí el vuelo. Volé a David, luego a Changuinola tomando carro a Almirante y taxi acuático a Bocas. Llegué de noche, mojado. El 19 de diciembre, fecha de la creación de la provincia, presentamos el libro en el parque de Bocas del Toro.
Vinieron tiempos malos. Vender el libro a cinco dólares fue duro. Lo vendimos hasta por cuotas quincenales. Como dicen los cantineros de pinta en pinta, no por casilleros.
Don Carlos Reid falleció 1987 y su esposa Bea en 2005.
En 2022 Patricia Alvarado, de Cecropia Press en Boquete, armó la versión inglesa que ampliada apareció en Amazon.

