Este es la novena y última entrega de mi diario de viaje de Bogotá a Narganá y Panamá en el verano de 1970 tras graduarme de la Universidad de Los Andes.
A mi regreso a El Islote me despedí de las familias que me acogieron durante mi trabajo de campo y aproveché para ver cómo avanzaba el pequeño proyecto que había emprendido como agradecimiento a la comunidad: la construcción de la primera escuela. Había tenido que dejarlo inconcluso al regresar a Bogotá para redactar mi tesis.
El verano había sido largo y duro. A falta de lluvia, las mujeres y niñas no habían podido recoger agua de los techos ni de los cayucos dejados boca arriba. El agua era un lujo.
Para apagar mi sed debía tomar gaseosas calientes. Pero para sentirme limpio y quitarme la sal compraba agua dulce de las ciénegas que en el invierno se formaban en isla Titipán. Una lata de cinco galones valía 35 centavos y me alcanzaba para dos baños diarios.
Partí hacia Tolú en el cayuco de un pescador que iba a hacer un mandado a tierra firme, una embarcación a vela hecha por los kunas de San Blas. Debido al norte, la mar estaba alzada. A ratos, el cayuco parecía quedar en el fondo, entre montañas de agua que amenazaban con tragarnos en el golfo de Morrosquillo.
A la espera de que el viento amainara, recalamos en Isla Palma. Al llegar a Tolú, me dirigí al Hotel Plata, de la familia Barragán, quienes me brindaban alojamiento.
Recuerdos de Tolú
Con mis amigos comenzamos a averiguar si había canoas para San Blas. Nos dijeron que en Coveñas había una. Gabriel Gonzales, alcalde de Coveñas, me entrevistó cauteloso para asegurarse que yo no era sapo, espía o pirata, sino ex alumno de Los Andes. Que andaba corto de dinero y me urgía regresar a Panamá. Le dije al alcalde que yo haría cualquier tarea a bordo, cuyos dueños eran unos comerciantes árabes de Lorica a la vera de Sinú.

En épocas de fiestas, las calles de Tolú se llenaban de gente paseando, viendo la mar y por las noches bailando con la música de las rocolas en los bares con los últimos ritmos de conjuntos y orquestas costeñas. Entre los más populares estaban Los Corraleros de Majagual. A veces se armaban pleitos entre costeños y cachacos del interior.

Muy pintoresco era el cine de Tolú, el único en el Golfo de Morrosquillo. Como llovía poco el edificio era de paredes con bloques de cemento, sin techo. No tenían butacas, sino bancas de madera largas, como las de las iglesias. Durante la semana asistía poco público, así que cada quien arrastraba su banca hasta donde mejor le parecía y cercano a la pantalla. Algunos se acostaban sobre ellas para estar más cómodos.
La audiencia comentaba en voz alta la película, armándose discusiones entre los de adelante y los de atrás, usando todo tipo de adjetivos. Una noche se armó la gritería: proyectaban una vieja película mexicana, sin el romance intenso ni la acción preferida de la audiencia masculina.
Alguien sentado en la banca detrás de la mía gritó: “¡La teta! ¡La teta! ¡Agárrale la teta!”. Pensé que iba dirigido a una pareja que romanceaba dentro del cine, pero la recomendación era para el actor que besaba y abrazaba tímidamente a la heroína. La audiencia quería acción. Otros acusaban al actor de ser marica.
El 25 de abril de 1970 me embarqué en la MC Mary, cuyos propietarios eran de Lorica. Primero me dijeron que iban a la isla de Providencia, recalando antes en Puerto Obaldía.
Las cajas de Wiski en la boca del río Sinú
Estando frente a la boca del Sinú recordé este pasaje. Estaba en El Islote en tiempos de fiesta. Sergio, mi maestro de bucería, me llamó aparte y en voz baja me preguntó si quería ir con él y ganar buena plata rescatando parte de un contrabando que de Panamá traía una canoa que había naufragado en el Sinú.
El trabajo se lo propuso una gente de tierra firme y consistía de rescatar 300 cajas de wiski. La mitad de las cajas para ellos y la otra mitad para nosotros. Le dije a Sergio que iría con él, pero que hiciera un reconocimiento pues yo estaba ocupado con la tesis.
La canoa venia de Colón, con electrodomésticos y wiski, al mando de un veterano capitán del contrabando. A media noche y sin luna, a la altura San Blas, rumbeó por donde hacia donde no solían encontrarse patrulleras colombianas, pero se topó con una. La canoa aceleró y entró por una de las bocas del Sinú por donde la patrullera no podría seguirle. Al buscar la canal del medio chocó con un banco de arena y se hundió.
Por la costa de Colombia un paquete de cigarrillos americanos o una botella de wiski escocés podrían ser más útiles que los dólares. Las 300 cajas del Sinú sumaban 3,600 botellas. Cada una valía unos $30 dólares, es decir unos $108,000, suma que hoy con la inflación equivaldría a $902,000.

Al regresar Sergio me dijo que la canoa estaba hondo, en marea baja solo se veía la punta del mástil. El agua era turbia, las corrientes fuertes y había tiburones. Sacar las cajas requeriría tanques de oxígeno y solo la marina colombiana los tenía. No pude hacerme rico.
Con la canoa MaryC conocí los puertecillos de la Rada y Moñitos, la isla de Tortuguilla, Cabo Tiburón y Puerto Obaldía. Luego las islas de Carreto, Caledonia, Mulatupu, Tubualá, Isla Pinos, Ustupu, Playón Chico y Narganá donde tomé avioneta hacia Panamá, país al que regresaba tras una década de ausencia sin saber quién emplearía a un antropólogo recién graduado.


