Este es el octavo escrito de mi periplo de Bogotá a Narganá y Panamá en 1970.
La lancha Doris me trajo de Cartagena a las islas de San Bernardo donde hice el trabajo de campo para la tesis en antropología de la Universidad de Los Andes. Antes de volver a Panamá, vía San Blas, deseaba despedirme de mis amistades y darle una mirada a un pequeño proyecto que inicie en 1969.
Cuando en 1968 aplique mis primeras encuestas a las 41 familias de El islote, encontré que vivían sin agua potable, puesto de salud, electricidad y escuela. De sus cuatrocientas almas solo tres sabían leer y escribir. Este analfabetismo me impactó. Decidí hacer algo a la par de mis estudios de campo y bucear para pagar casa y comida.

Complicada era la situación administrativa del archipiélago. Su gente se consideraba cartageneros, pero Bogotá decidió que pertenecían al departamento de Sucre, cuya capital era Sincelejo.
“Maminda”, la matriarca del poblado me dijo que la escuela era necesaria y que me “prestaría” uno de sus hijos como ayudante. Entrevisté a pescadores veteranos como “Pepe” Morales, “Trinitico” Alvarado, “Mono” La Hoz y “Ullo”, un viejo carbonero, quienes dijeron que el proyecto estaba bien pero no había plata. Un viejo pescador que en su juventud fue asistente de albañilería en tierra firme ofreció dirigir las obras y gratis. A los pescadores jóvenes les preocupaba que el único sitio disponible era en la Placita de La Cruz, donde se celebraban las fiestas. Las más entusiasmadas fueron las madres y esposas. Lentamente surgió el consenso sobre la escuelita.
Con el maestro de obras medimos el área y estimamos los materiales. Los sacos de cemento, la arena y piedra, los bloques de cemento, el número y grosor de los postes, vigas y varas de mangle para el techo que sería cubierto con pencas de palmas. Salvo por el cemento, todos los materiales se traerían en cayucos desde la isla Titipán.
Lo más caro era el cemento que debía comprarse en la fábrica de Tolcemento en Sincelejo. La lancha del INCORA, Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, que organizaba cooperativas de pescadores, me llevó a Tolú. Me quedé con los Barragán dueños del hotel Plata. Al otro día me puse mi único pantalón largo, guaraches de cuero mexicanas y mi mejor camiseta que en California me había bordado una novia, Barbara Emanuelson.

Un busito de Tolú me dejó en Sincelejo y otro frente a la fábrica. La secretaria del gerente me vio con extrañeza pero me dejó pasar. Expliqué al gerente que era estudiante de Los Andes y hacia mi tesis en las islas de San Bernardo donde no había escuela. Que era una tragedia que tantos colombianos fuesen analfabetos. Para construirla necesitábamos unos 30 sacos de cemento puestos en la isla, pero que no contábamos con plata. Tras un silencio se echó a reír y dijo: “Mira gringo te voy a regalar el cemento. Es más, te voy a poner los sacos en la playa de Tolú, pero de allí en adelante tú te encargas”.
Al otro día apareció el camión y le pedí a los obreros estivar los sacos cerca al Hotel Plata. Pero el siguiente obstáculo casi fue mortal. Los cayucos de pescadores en Tolú eran pequeños. Habían lanchas grandes con motor, pero sus dueños no las prestaban.
Solo quedaba la balandra a vela La Gaviota de un viejo pescador. Me dio el costo del flete. Le dije que no había plata. Tras pensarlo me dijo que llevaría la carga gratis pues la gente de El Islote siempre lo había tratado bien, pero que le pagara el trabajo a sus marineros.
Viendo que era ciego y sin ambas manos, le pregunté qué le había ocurrido. Dijo que cuando del norte migraban los sábalos reales, pez conocido en inglés tarpon, fue a pescarlo con dinamita en un estero. Al verlos se recostó al manglar, prendió la mecha pero al tratar de lanzarla la manga de la camisa se le enredó en una rama cayendo el explosivo al agua. Se sumergió y justo al agarrarlo este estalló lanzándolo al aire dejándolo ciego y sin manos. Pero agradecía a Dios permitirle vivir ese día.

Tres días duró el viaje en la balandra por los erráticos vientos. Recalamos en Isla Palma donde nos dio posada y comida el ermitaño Salomón Tous. Al llegar a El Islote los pescadores jóvenes se pusieron mañosos a la hora bajar los sacos, que estaban cansados y que para pescar no necesitaban leer o escribir. Entre los dos marineros, el hijo de Maminda y yo descargamos la balandra.
La siguiente tarea fue traer de isla Tintipán la arena, la piedra, las varas y postes de mangle fueron sumergidas por tres días para que la cáscara se suavizara y luego pelarlas con golpes de manducos.
Lentamente fuimos levantando la escuela. Pero antes de terminarla me vi obligado regresar a Bogotá a terminar la tesis y regresar a Panamá.
Me casé en 1976. A mi esposa Sonia la llevé de luna de miel a Cartagena, a Tolú y el Islote. Cuanta alegría me dio ver que la gente había terminado la escuelita.


