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Diógenes el mendigo: o el poder del arte

Diógenes el mendigo: o el poder del arte
'Somalia nuestra de cada día'. Obra de Regatos/Cortesía

Vivimos una época en la que el saber y el conocimiento se han convertido en una fuente de poder excluyente, sobre todo cuando no se cuenta con la madurez para administrarlos con humildad. Ser el dueño de ciertos saberes equivale, por tanto, a tener cierto poder sobre los demás. De allí que, por regla general, la cultura, en su sentido más amplio, suele favorecer el discernimiento, así como el buen uso del conocimiento y del poder que lleva implícito.

Por fortuna, los saberes que otorga el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, pertenecen a la humanidad entera sin distingos. Por ejemplo, menos dueño de un cuadro es su propietario o la sala del museo que lo exhibe, toda vez que, al margen del derecho de propiedad material como tal, estos asuntos de percepción y sensibilidad le pertenecen, sobre todo, a quien los sabe apreciar, encontrarles sentido y hablarnos de ello con asombrosa naturalidad, como ocurrió con Diógenes el mendigo, al cual nos referiremos más adelante.

Precisamente es la espontánea y diáfana curiosidad que poseen los niños a temprana edad —y que desafortunadamente vamos perdiendo con los años, entre otras cosas, debido al pragmatismo e inmediatez de la educación formal que recibimos— la que se constituye en el elemento fundamental para estimular el discernimiento. De hecho, es la curiosidad el germen motivador de la sensibilidad y la capacidad de asombro, que aún persiste, como cosa rara, mayormente en los artistas, los científicos y los intelectuales que conocemos.

Diógenes el mendigo: o el poder del arte
Mendigo anónimo

Sabemos que, en efecto, a través de la razón y el intelecto, el hombre ha logrado el desarrollo progresivo y complejo de las llamadas ciencias puras: matemática, física, química y biología. Adicional y de manera complementaria, a través de la emoción o sensibilidad, se han desarrollado las diferentes manifestaciones del arte: música, pintura, escultura, literatura, danza y teatro.

Pese a ser rutas distintas hacia el conocimiento, la razón y la emoción se apoyan mutuamente en cada intento cotidiano del hombre por obtener sabiduría. No obstante, en nuestras sociedades modernas, este apoyo conveniente y equilibrado entre la razón y la emoción no siempre se produce. Peor aún, por lo general, no suele ser bien visto ante el imperio del mercantilismo asfixiante, que apela siempre a la practicidad razonada de los resultados inmediatos para alcanzar el anhelado bienestar y desarrollo humano sostenible.

Por ejemplo, en Panamá, y en casi toda América Latina, es probable que nuestro denominado “subdesarrollo” esté tipificado por el profundo desequilibrio entre estos dos aspectos: razón y emoción, ya que ciertamente los latinos tenemos mucha sensibilidad —somos cálidos, efusivos y espontáneos—, pero a la vez tenemos poco pensamiento lógico, analítico o crítico —razón—. Dependemos en muchas ocasiones de la intuición y las corazonadas. Rechazamos, la mayoría de las veces, todo aquello que requiere un esfuerzo intelectual o racional.

En cambio, los denominados “países desarrollados” le rinden culto desmedido a la tecnología y al conocimiento racional, confiriéndole poca o ninguna importancia a la sensibilidad y a la emoción. Ellos están, por lo tanto, mucho más que nosotros, atrapados en la robotización de los horarios y afectados por el síndrome de la eficiencia. Por paradójico que parezca, en estas sociedades desarrolladas, el disfrute de las cosas sencillas de la vida, así como la íntima felicidad del ser humano, han dejado de ser prioridades. En cambio, y afortunadamente, todavía lo son para nosotros.

En tal sentido, el arte es una forma accesible y sublime de comunicación entre la razón y la emoción, a nuestra disposición y con la que podemos contar. Aprender a apreciar con criterio estético una obra de arte es una especie de catarsis, ya que, sin duda, el arte afecta favorablemente el carácter humano y nos ayuda incluso a purgar nuestras penas. Un ejemplo palpable de lo anterior lo constituye, a mi juicio, la anécdota que a continuación paso a relatar.

Conocí a Diógenes de manera casual, hace ya muchos años, en el marco de una exposición de arte en Chiriquí. Su figura destacaba entre todos los presentes. Se trataba evidentemente de un mendigo: un hombre de la calle mal vestido y con calzados deshechos, a quien nadie, por supuesto, había invitado a dicho evento. Recuerdo que me impresionó su personalidad segura y serena, mientras recorría con absoluta naturalidad la sala, observando cada cuadro con detenimiento e indiferente a los presentes y a la mesa del bufé y de los vinos, en la que se congregaba en ese momento la mayoría de los invitados, lujosamente ataviados para la ocasión y sorprendidos de que ese no fuese también el motivo principal de la llegada de aquel extraño personaje.

De pronto, el hombre se detuvo frente a uno de los cuadros que tenía por nombre Somalia nuestra de cada día, que hacía referencia visual al tema de la hambruna en dicho país. Intrigado, me acerqué discretamente, observando con admiración y respeto. Noté que, en ese momento, e indiferente a todos, una lágrima corrió por su mejilla mientras contemplaba el cuadro. Al cabo de unos minutos, notó mi presencia y, mirándome a los ojos, sonrió diciendo: —buen cuadro—. Estreché su mano áspera y pregunté su nombre. —Diógenes— me contestó a secas, al tiempo que parsimoniosamente retornaba su mirada al cuadro.

Me alejé con la intención de servirle un plato de comida y una copa de vino. Cuando regresé, ya no estaba; había desaparecido. Jamás volví a verlo ni supe más de él. Solo recuerdo su apacible rostro y su nombre. Curiosamente, el mismo nombre del filósofo griego conocido como “Diógenes el mendigo” (c. 412-323 a.C.), quien acostumbraba recorrer las calles de Atenas, convirtiendo su pobreza material en extrema virtud y exhibiendo su desdén por los convencionalismos sociales.

El autor es escritor y pintor.


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