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La Reconquista y la Conquista

En la Edad Media europea no hubo un país que conociera más guerras que España, que estuvo ocupada por los moros y expuesta a luchas intestinas que duraron ocho siglos.

La Reconquista y la Conquista
Pintura de Augusto Ferrer Dalmau. 19 de mayo de 1643. Los veteranos de la destrozada infantería de los Tercios españoles, formando el último cuadro, esperaban impasibles el ataque final de la artillería y la caballería francesas.

La guerra era la segunda naturaleza del pueblo español. Desde los iberos y celtas, a los romanos, visigodos y los musulmanes su historia era una de guerras interminables. La falcata ibérica, esa espada de 60 cm, de hoja ancha, curva y asimétrica, con el peso concentrado en su punta de doble filo, fue copiada por los romanos convirtiéndola en el gladius hispaniensis y con ella conquistaron media Europa. Mientras los vikingos arrasaban las islas británicas, el noroeste de Francia y el sur de Italia, quedándose con partes de su territorio, en España fueron derrotados una y otra vez y nunca se quedaron.

En la Edad Media europea no hubo un país que conociera más guerras que España. Mientras los demás países europeos se peleaban entre sí por disputas territoriales, rivalidades dinásticas, factores religiosos y tensiones feudales espaciadas y ocasionales, España estuvo ocupada por los moros y expuesta a permanentes luchas intestinas que duraron ocho siglos. El enemigo estaba en casa y era un adversario formidable cuya tecnología militar, número de combatientes y estrategias de guerra eran comparables. El primer levantamiento cristiano se produjo en Covadonga en 722, que tuvo más bien un valor simbólico por ser el primero. Pero en los siglos siguientes las guerras fueron feroces, constantes y algunas de imponente magnitud. En la batalla de Simancas, el califa Abderramán III reunió un colosal contingente de 100,000 hombres; en la de las Navas de Tolosa el ejército cristiano, de unos 14,000 soldados, enfrentó al ejército almohade del califa Muhammad al-Nasir de entre 20,000 o 25,000 efectivos; en la batalla de El Salado, la coalición cristiana juntó a unos 20,000 hombres y la alianza islámica sumaba unos 60,000. Estas eran cifras que excedían con creces las tropas combatientes de las batallas de Hastings, Agincourt o Crécy, las más famosas ocurridas en Francia e Inglaterra y que sumaban, respectivamente, de 14,000 a 17,000, 20,000 a 30,000 y 30,000 a 45,000 efectivos.

Los cristianos peninsulares perfeccionaron las incursiones rápidas mediante la caballería ligera. Usaban estribos cortos y lanzas ligeras para ataques relámpago. Toledo se hizo famoso por la producción de espadas flexibles y resistentes al impacto gracias a sofisticadas técnicas de templado de acero. Y en tecnología militar, España iba a la cabeza en Europa, donde las grandes batallas se ganaban con flechas y el arco largo. Fue España el primer lugar de Europa occidental donde se utilizó la pólvora con fines militares y desde el siglo XIV utilizaba en los asedios las primeras culebrinas y bombardas, precursoras del cañón, en lugar de los trabuquetes y catapultas mecánicas. Y el uso de las portátiles bombardas marcó el fin de la caballería medieval. Bajo los Reyes Católicos la pólvora dejó de ser un elemento complementario y se convirtió en un arma sistemática y profesionalizada. Para impulsar los proyectiles de piedra labrada o bolaños se usaba pólvora negra de alta calidad. Fue el empleo coordinado y a gran escala de la artillería de sitio y el uso masificado de los primeros arcabuceros —cuyo estruendo y letalidad a corta distancia neutralizaban la capacidad de maniobra de la caballería musulmana andalusí— lo que definió el fin de la Reconquista.

El asedio a las ciudades duraba meses, como el de Córdoba, que fue disputada calle a calle; o el de Jaén, que duró ocho meses. Desde grandes batallas, como la de Alarcos, de Simancas, la conquista de Toledo y de Sevilla, la de las Navas de Tolosa o de El Salado, hasta la guerra contra el reino nazarí de Granada, que duró diez años, no hubo paz en España. Algunas batallas eran ganadas por los cristianos, otras por los musulmanes. Y en cada batalla los cristianos avanzaban al grito de guerra de “¡Santiago y cierra, España!”, cuyo origen legendario se remonta a la Batalla de Clavijo, de 844, donde Santiago, el patrono de España, apareció montado en un caballo blanco para auxiliar a Ramiro I contra el emirato, y cuya costumbre se consolidó en la batalla de las Navas de Tolosa.

Excepcionales capitanes, como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid campeador, se convirtieron en leyenda y eran la gran inspiración del soldado. El rey Fernando III de Castilla que reconquistó Murcia, Jaén, Sevilla, Córdoba y todo el valle del Guadalquivir, fue proclamado santo por el papa. La guerra se convirtió en un vital elemento identitario del pueblo español.

Pedrarias destacó en la guerra de Granada contra el reino musulmán nazarí, y en la campaña de África, con el rango de coronel de infantería fue el primero en escalar la fortaleza de Orán y Bujía y con sus propias manos mató al alférez moro. Y así como Pedrarias hubo otros que viajaron al Nuevo Mundo y habían peleado contra los moros, de modo que su experiencia en guerra estaba aún fresca al llegar.

Algunos están bien documentados. Francisco de Bobadilla, comendador de la Orden de Calatrava, actuó como capitán en la guerra de Granada y como alcaide de la fortaleza y llegó a América como juez pesquisidor para arrestar y sustituir a Colón y como gobernante de La Española. La Orden de Calatrava fue la primera orden militar autóctona en España desde 1158 y fue durante más de tres siglos el “brazo armado” y la vanguardia de la Corona de Castilla frente a los estados musulmanes almorávides, almohades y nazaríes. Los caballeros de Calatrava eran soldados profesionales de élite que combinaban la disciplina monástica con un entrenamiento militar riguroso. Su presencia fue decisiva en varios momentos críticos de la Reconquista.

Alonso de Ojeda siendo muy joven destacó en la toma de Granada bajo la protección del duque de Medinaceli, Luis de la Cerda, y formó parte de su hueste, destacando por su audacia temeraria, sus notables dotes físicas (pese a ser de baja estatura) y su maestría con la espada.

Después de combatir durante la Reconquista, el español se había acostumbrado a la guerra y la violencia y traía un bagaje de vasta y nutrida experiencia militar táctica y logística, forjada durante siglos, que luego replica en el Nuevo Mundo, tales como el modelo organizativo de la hueste, las tácticas de caballería ligera y la mentalidad de frontera. La hueste era una agrupación militar privada que se organizaba de forma temporal para realizar una campaña de conquista, saqueo o pacificación. Se originaba mediante una Capitulación con la Corona y un particular. La corona otorgaba el permiso exclusivo para explorar y conquistar una zona a cambio del quinto real (o el 20% del botín). El Capitán asumía todo el riesgo financiero, ya que la corona no aportaba un solo maravedí, y debía reclutar a los hombres. Cada soldado llevaba su propio equipo, armas, su caballo o su perro de presa, y era un socio capitalista de la hueste. El botín era la recompensa. El modelo de la hueste nace en la Reconquista y se traslada casi igual a la conquista de América.

La Reconquista y la Conquista
Grabado de Theodor de Bry inspirado en los relatos sobre la conquista de América y la violencia ejercida contra poblaciones indígenas durante la colonización europea.

Los mastines y los alanos (mestizos de dogo y mastines), tan célebres en la Conquista, ya eran ampliamente usados durante la Reconquista. Estos perros grandes y feroces entrenados para la guerra eran colocados en la primera línea acompañando a los ballesteros y delante de los arcabuceros, y su objetivo táctico era desarticular las formaciones enemigas, derribar jinetes atacando la cara o el hocico de los caballos e infundir pánico en las filas contrarias. Al atacar a los caballos y dejarlos aturdidos por el dolor, derribaban a los jinetes, neutralizando la principal ventaja táctica del enemigo en campo abierto.

La sola feroz presencia de estos enormes y temibles perros de presa causaban terror durante la Conquista. Atacaban, perseguían y desgarraban la piel de los indios cuando los mordían, creando mucho miedo y confusión. Movidos por una crueldad inhumana, algunos conquistadores los utilizaron para castigar y ejecutar prisioneros. Como se demostró en Panamá y otras partes, los mastines y los alanos resultaron ser más efectivos que los caballos en terrenos montañosos y escarpados, ya que eran ideales para perseguir, rastrear y acorralar a los indígenas en retirada o para atacarlos en emboscadas. En Puerto Rico fue famoso Becerrillo, que moriría en 1514 de una flecha envenenada que atravesó la colcha que lo protegía mientras protegía a su amo, el capitán Sancho de Arango. Fue padre de Leoncico, el fiel acompañante de Balboa que recibía su paga como cualquier soldado y que causó estragos entre los indios panameños. Amadís, el imponente mastín del gobernador de Santa Marta, Juan de Rojas, ganó renombre táctico en las campañas de pacificación y castigo. Era celebrado por su habilidad para esquivar las flechas de los indios y fue inmortalizado por el cronista y poeta Juan de Castellanos en sus Elegías de varones ilustres de Indias.

Balboa no participó en la Reconquista ya que era muy joven, pero se convirtió en diestro espadachín desde muchacho. Nicuesa y Ojeda eran temibles con la espada y ¡ay! de quien se atreviera a retarles. En 1514, después de su exitosa campaña entre los indios cueva “pacificando” los cacicazgos de Careta, Ponca y Comogre, Balboa envió a Francisco Pizarro “para que fuese a descubrir la tierra” en el Golfo de Urabá, donde gobernaba el cacique Cémaco. Según la crónica de Bartolomé de las Casas, Pizarro, con apenas siete hombres, fue atacado por 400 indígenas armados solo con flechas y piedras (y casi seguramente también con macanas que usaban como bates) y en el encuentro “desbarrigaron” con sus espadas a 150 urabenses, dejando a muchos heridos y escapando aterrorizados los demás. Todos los españoles salieron heridos, pero ninguno murió en el combate.

¿Cómo sorprenderse de que actuaran con tanta eficacia y brutalidad cuando enfrentaban a los indios?

Y si se tiene dudas sobre la pervivencia del espíritu guerrero español más allá de la Reconquista, baste mencionar las llamadas Guerras Italianas, que se extendieron desde 1494 a 1559, donde destacaron los célebres Tercios Españoles, considerada la mejor y más letal infantería de la historia con sus largas picas y mosquetes y cuyo dominio se extendió por siglo y medio. Las Guerras Italianas fue un largo periodo de constantes conflictos entre los principales países de Europa Occidental, incluso el imperio otomano, por disputarse territorios italianos y en las que España reclamaba preservar el reino de Nápoles dominado por la Casa de Aragón desde 1442. Estas guerras concluyeron con una victoria decisiva para la monarquía hispánica, consolidando el predominio de España en Europa y el control de la mitad sur de la península italiana. Fueron decisivas las célebres batallas de Pavía (1525) entre Carlos V y Francisco I de Francia, que cayó prisionero, quedando pulverizado su ejército, y San Quintín (1557) ya en tiempos de Felipe II, que dejó diezmada a la nobleza guerrera de Francia. Y las guerras continuaron. España no conoció paz. Terminó la Reconquista y de inmediato la guerra continuó en Europa y en la conquista de América, sin tregua.

El autor es historiador.


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