Rosa María Domínguez, esposa de Pedro Gual, el secretario de Exteriores de Colombia, sostenía la Gaceta de Colombia entre sus manos y temblaba. Era el 15 de septiembre de 1825. Sus ojos recorrían el texto impreso que informaba que Elizabeth Clark Gwathmey, la mujer del embajador estadounidense en Bogotá, había fallecido.
Rosa sabía, como muchos en Bogotá, que Elizabeth había dejado atrás su aristocrática vida en Kentucky. Cruzó el mar junto a su esposo, Richard C. Anderson, descendió en barco hasta Venezuela y, desde allí, a lomo de bestias, e incluso cargada en canastas junto a varios de sus hijos, recorrió el trayecto hasta Bogotá, solo para hallar la muerte en un parto que también arrebató la vida a su recién nacido.
Ambas mujeres se preparaban entonces para una misión gigantesca que sacudiría a sus familias, naciones y al mundo: el Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Bolívar y organizado por Gual, nacido en Caracas, junto al vicepresidente Francisco de Paula Santander, bogotano. Anderson asistiría como observador por parte de Estados Unidos. Ella, Rosa, dejaría, como Elizabeth dejó Soldier’s Retreat en Louisville, a su familia en Bogotá para acompañar a su esposo a la misión anfictiónica.
Llegado el momento, la legación granadina emprendió el descenso del altiplano hacia la costa atlántica: primero a lomo de mula. Luego navegaron por el río Magdalena, vigilado por la exuberancia de la selva. Tras llegar a Cartagena, les esperaba la parte menos pesada del periplo, si lo permitían las tempestades: la navegación en vela hacia San Lorenzo, en el Caribe panameño.
Después vino el reto mayor: avanzar contra la corriente del Chagres hasta el pueblo del mismo nombre, soportar el calor sofocante y las lluvias apocalípticas que convertían la selva en un laberinto de barro y serpientes. La habilidad para cruzar los mares tormentosos y la jungla era menor que la requerida para el camino de espinas de la política regional que Gual, el diplomático y periodista, requería para hacer realidad la Liga Americana. Y Rosa lo sabía. El camino seguía a lomo de bestias, en medio de un túnel de vegetación y un sendero traicionero de piedras y fango. La Puerta de Tierra les anunciaba que era el fin del camino y, en San Felipe, eran recibidos no solo como diplomáticos, sino como auténticos supervivientes.
La pequeña comunidad panameña, dedicada al comercio y a los negocios vinculados al tránsito, los acogió con una calidez que les hizo olvidar la hostilidad del camino. Se había esforzado por asumir la responsabilidad que el destino le había asignado a Panamá: ser la capital de un continente recién liberado.
Allí estaba María del Carmen Díaz Campo, mujer de Manuel José Hurtado, quien había permanecido en el Istmo mientras su esposo, redactor principal del Acta de Independencia de Panamá en 1821, cumplía funciones como el primer embajador hispanoamericano reconocido por el Reino Unido. El 11 de noviembre de 1825 fue presentado ante la corte del rey como encargado de negocios de Colombia. Le acompañaba en su soledad su primogénito de cinco años, José Hurtado, quien pronto comprendería que la verdadera batalla se libraría con la espada de la educación.
Muchas mujeres se organizaron para mudarse con sus esposos e hijos a otras casas, con el fin de disponer de residencias para los plenipotenciarios que llegaron de Perú, Centroamérica y México, así como para los observadores de Estados Unidos, Países Bajos y Reino Unido. Entre los delegados destacaba Pedro Molina, prócer centroamericano, médico y periodista, fundador de El Editor Constitucional (luego El Genio de la Libertad), donde defendió la Ilustración y la autodeterminación. Ahora redactaba El Indicador.
Era un rumor muy conocido que, en los diarios de Molina, escribía bajo anonimato su esposa, Dolores Bedoya. Juntos eran una fuerza imbatible. Molina recordaba con orgullo aquel 15 de septiembre de 1821: mientras los notables dudaban, fue ella, Bedoya, quien arengó a la multitud, encendiendo la llama de la independencia hasta convertirla en un grito imparable que acabaría con 300 años de dominio español en la tierra de los jaguares y volcanes. Juntos escaparon después de la persecución que les montó el autodeclarado emperador de México, Agustín de Iturbide, quien anexionó Centroamérica. Pero Bedoya y Molina no le tenían miedo ni a reyes ni a emperadores.

Familias panameñas cooperaron para el brindis que se ofreció a los plenipotenciarios el día de la inauguración del Congreso Anfictiónico, el 22 de junio de 1826.
En las afueras, los arrieros, los que guardaban los caballos, los que tenían pequeñas huertas de verduras y gallinas, y los pescadores se conectaron a la dinámica del Congreso. Aún seguían siendo el sector social marginal, pero en el arrabal, en las entrañas de una mujer, un linaje, los Mendoza Herrera, crecería para asestar el golpe definitivo. No esperarían la gracia de la manumisión ni la abolición. Bolívar lo había prometido y no necesitaban ni de plenipotenciarios ni de protocolos. Sería con la acción política y militar implacable.
Aumentó el requerimiento de agua para San Felipe. Los aljibes de las casas no se daban abasto, ni la recolección de agua de lluvia, así que las mujeres de las afueras se sumaron al esfuerzo de los aguateros para vender agua a la ciudad. La enorme cantidad de ropa blanca y de encajes requería lavado e inmenso volumen de jabón, piedra de salitre y esfuerzo físico. Los arroyos cercanos y las ciénagas se vieron inundados de trabajo.
Los delegados y observadores vestían pesada indumentaria diseñada para el clima templado europeo, por lo que, en el horno de Panamá, estaban en sudoración constante; sus cuerpos resultaban un faro de atracción para los mosquitos.
De las casas de las afueras salía constantemente humo y vapor de los fogones. Por las calles se extendía un olor a grasa y lejía de ceniza, fruto del esfuerzo de las que dominaban el oficio de la fabricación del jabón que se necesitaba para tanta ropa. En cambio, la gente sencilla desafiaba el calor con vestimenta ligera, una ventaja táctica que les permitía moverse con una resistencia que los hombres de encajes, sudorosos y agotados, jamás podrían replicar.
Pero en esa pequeña urbe atrapada entre la selva y el océano había un mal que no discriminaba entre los de adentro y los de afuera, ni respetaba la vestimenta de la llamada civilización. El propio Richard C. Anderson moriría en las orillas del Magdalena antes de llegar a Panamá, víctima del Vómito Negro. Se unía a su amada Elizabeth en las alturas. La amenaza ya había reclamado la vida del secretario del enviado inglés Dawkins antes del Congreso, y de un segundo secretario antes de que la Asamblea se clausurara y fuera trasladada a Tacubaya, México.
Al finalizar las sesiones, el 15 de julio de 1826, las familias que habían cedido sus hogares volvieron a sus casas. Los delegados se dividieron: unos regresarían a sus países con las copias de las actas y otros viajaban a Tacubaya para continuar las sesiones.
Rosa, inquebrantable, continuó su camino con Gual hacia México. En lugar de viajar por el Caribe, lo hicieron por el Pacífico, hacia Acapulco. Estaba en la etapa final de su segundo embarazo; su parto no esperaría a que los gobiernos aprobaran los acuerdos de Panamá o que México se decidiera a abrir la segunda parte de la Asamblea.
Rosa dio a luz a un niño varón al que llamaron Pedro. A su lado, su hermana mayor, María Josefa (Pepita Gual), comenzaba a escribir en su memoria la epopeya familiar. El nacimiento de Pedrito resultaba una metáfora perfecta. El sueño bolivariano no se detendría ante la geografía, la muerte ni las mezquindades.
Ni Gual ni Bolívar pudieron ver su obra completada; era un proyecto de tal magnitud que solo el tiempo revelaría su verdadera dimensión. Bajo el rigor del Istmo se había sellado para siempre el destino de un continente cuyos arquitectos, aun en la adversidad, trazaron el mapa de nuestra libertad. Junto a ellos, las mujeres tejieron el hilo invisible de esta historia. Ellas sostuvieron la vida, protegieron el legado y cuidaron la memoria incluso cuando la política fallaba.
La autora es periodista.

