Los 23 días de San Felipe: el Congreso de la utopía

Los 23 días de San Felipe: el Congreso de la utopía
De Las Bóvedas y aledaños

El Congreso Anfictiónico de 1826 se celebró entre una mesa amplia de caoba, espías, mosquitos, rumores, campanas y entierros. Fue un acontecimiento audaz, vivo, de riesgo y ansiedad.

Abandonemos las abstracciones jurídicas y caminemos por este pequeño perímetro de San Felipe —un cartón postal que hoy huele a historia y urge proteger— a través de estas glosas.

​1. El pulso urbano de los bronces

​Antes de la radio e internet, el bronce de los templos era el gran sistema de comunicación colectiva. Las campanas de San Felipe marcaron el inicio y la clausura del encuentro. El 22 de junio, La Gaceta del Istmo, oficial y único medio impreso, saludó el repique con vibrante retórica: «¡Día memorable el de hoy en los anales del Nuevo Mundo, en que se ha instalado por primera vez el Gran Congreso Americano!». El 15 de julio, esos bronces despidieron la cita bajo otro titular lapidario: «Consumada está la obra de la unión». Entre ambos estruendos solemnes, las campanas doblaron en ese periodo por las víctimas de la epidemia. América deliberó al ritmo de los bronces panameños.

Los 23 días de San Felipe: el Congreso de la utopía
Bolívar de civil/Monumento a Simón Bolívar en el Casco Antiguo. 02 de junio de 2026. Foto: LP/ Alexander Arosemena

​2. Una ciudad pequeña para un mapa incompleto

​San Felipe no llegaba a los diez mil habitantes. Sus calles estrechas y plazas reducidas acogieron a representantes de territorios que hoy equivalen a once naciones. Pero el mapa de la utopía quedó incompleto. Bolivia nombró delegados, pero no llegaron a tiempo. La duodécima república. Los observadores de Estados Unidos tampoco participaron: Richard Anderson murió de camino en Cartagena y John Sergeant llegó tarde, cuando las actas ya se habían cerrado.

​3. Las odiseas del viaje

​Llegar a Panamá fue una hazaña mortal. Los delegados de México, Bogotá, Guatemala, Londres y Ámsterdam enfrentaron travesías interminables por el Caribe antes de someterse a la penosa ruta del río Chagres y el Camino de Cruces. Viajaban con credenciales diplomáticas y profunda paranoia. Agentes de la Corona española desembarcaban en el puerto disfrazados de comerciantes de telas para espiar las sesiones, mientras el mosquito de la fiebre amarilla —el “vómito negro”— diezmaba tripulaciones enteras. El miedo y la enfermedad viajaban en el equipaje.

​4. Pelucas bajo el sudor tropical

​La fisonomía de San Felipe se alteró por completo. Personajes como el pomposo delegado peruano Manuel de Vidaurre caminaban por las calles empedradas arrastrando pesadas casacas militares, lanas y pelucas formales inglesas bajo un clima asfixiante y lluvioso, agravado por la antesala de la severa sequía de El Niño de 1827. En las tabernas y embajadas improvisadas, el calor sofocante se combatía con brindis de jerez español, whisky y oporto, alternados con sancocho espeso, tasajo y chicha de piña fría. La alta diplomacia europea se ahogaba en el sudor del trópico.

​5. La trastienda de la inflación y la quiebra

​Las actas oficiales omiten la crisis económica que sacudió a los vecinos. Bogotá llegó a bloquear el grifo de los fondos para la cumbre y la Intendencia de Panamá tuvo que pedir préstamos de emergencia a los comerciantes locales para costear menús y banquetes. La invasión diplomática provocó una inflación asfixiante: ante la falta de infraestructura, las viviendas particulares se convirtieron en hoteles improvisados cuyos alquileres se dispararon hasta quinientos por ciento. Fuera del protocolo, en esos aposentos carísimos pagados a crédito, se negoció el futuro continental mientras el istmo quedaba endeudado por años.

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Lo que escribió Simón Bolívar sobre Panamá en su Carta de Jamaica. Plaza Bolívar en el Casco Antiguo, ciudad de Panamá. El conjunto escultórico honra al Libertador Simón Bolívar. Foto: LP/ Alexander Arosemena

​6. Panamá no fue espectadora

​El istmo no prestó un hotel; puso el cuerpo, la mente y el bolsillo. Mariano Arosemena, José María Goytía, Juan José Argote y Manuel María Ayala demuestran que los panameños sostuvieron la seguridad, la hospitalidad, la logística, la imprenta y la vida política del encuentro. Aquellos 23 días demostraron que la integración americana nació con sudor, peligro y la indomable —y costosa— hospitalidad de San Felipe.


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