A mediados del siglo XIX, el descubrimiento de oro en California provocó una migración masiva hacia la costa oeste de Estados Unidos y multiplicó el tránsito por el istmo de Panamá, una de las rutas más rápidas para viajar entre las costas del Atlántico y el Pacífico.
En julio de 1852, el entonces capitán Ulysses S. Grant recibió la misión de trasladarse con el 4.º Regimiento de Infantería del Ejército estadounidense hacia la costa del Pacífico. Más de 700 personas, entre militares y sus familiares, partieron de Nueva York y llegaron a Aspinwall, hoy Colón.
Atravesar el istmo todavía era una aventura. El ferrocarril de Panamá estaba construido solo parcialmente, por lo que el recorrido combinaba tren, navegación por el río Chagres y desplazamiento por tierra.
Entonces apareció un enemigo mucho más peligroso: el cólera.
La epidemia golpeó al contingente durante la travesía. Grant quedó en Cruces a cargo de enfermos, familias, equipajes y suministros mientras intentaba conseguir transporte para continuar el viaje. La enfermedad también alcanzó a quienes habían llegado a la ciudad de Panamá. En la bahía había instalaciones para atender a los enfermos, incluidas tiendas hospitalarias en la isla Flamenco.
La tragedia dejó alrededor de 150 muertos. Grant recordaría posteriormente que aproximadamente una séptima parte de quienes habían salido de Nueva York quedó enterrada en el istmo o en Flamenco.
Casi 17 años después, en 1869, Ulysses S. Grant se convirtió en el 18.º presidente de Estados Unidos.

Para entonces, el interés por construir un canal interoceánico a través de Panamá seguía creciendo. En 1878, Colombia suscribió la concesión conocida como Salgar-Wyse, que abrió el camino al proyecto francés encabezado por Ferdinand de Lesseps.
Los franceses iniciaron los trabajos, pero pronto enfrentaron enormes dificultades. Una de las mayores estaba en la cordillera central: para abrir la ruta había que excavar el macizo de Culebra.

Las dificultades técnicas, financieras y sanitarias terminaron hundiendo el proyecto francés. La empresa entró en crisis y las obras quedaron inconclusas.

A comienzos del siglo XX, Estados Unidos retomó el interés por construir el Canal. En medio de las tensiones entre Panamá y Colombia, Washington apoyó la separación panameña de 1903 y reconoció rápidamente a la nueva República. Manuel Amador Guerrero, figura central del movimiento separatista, se convirtió en 1904 en el primer presidente constitucional de Panamá.
Estados Unidos asumió ese mismo año la construcción del Canal.

Las excavaciones produjeron cantidades extraordinarias de roca y tierra. Más de 100 millones de yardas cúbicas de material tuvieron que ser removidas, y parte de esos desechos encontró un destino que transformaría para siempre la entrada del Pacífico.
El material extraído, particularmente de las excavaciones de Culebra, fue utilizado para rellenar áreas pantanosas y construir un rompeolas desde tierra firme hacia las islas de Naos, Culebra, Perico y Flamenco. La estructura ayudaba a proteger la entrada del Canal de las corrientes y la sedimentación.
Sobre el rompeolas se construyó una vía. Así nació la estructura que terminaríamos conociendo como calzada o causeway.
Pero aquellas islas no fueron concebidas como un paseo.

Originalmente, el Departamento de Guerra de los Estados Estados Unidos decidió convertirlas en una formidable línea de defensa de la entrada del Pacífico del Canal. Allí se levantaron baterías de artillería capaces de atacar una fuerza naval enemiga antes de que pudiera acercarse a las instalaciones estratégicas de la vía interoceánica.
Manuel Amador Guerrero murió en 1909, apenas seis años después de la separación de Panamá de Colombia.
Cuando Estados Unidos organizó sus nuevas reservas militares en el Pacífico, surgió la cuestión de cómo honrar al primer presidente panameño.

Inicialmente se consideró bautizar una batería de artillería con su nombre. Para sectores panameños, aquello resultaba un reconocimiento insuficiente.
Finalmente, el nombre de Amador fue asignado al sector militar ubicado en tierra firme, mientras que las islas fortificadas quedaron asociadas al nombre de Fort Grant, en honor a Ulysses S. Grant, quien décadas antes había cruzado el istmo y vivido de cerca la tragedia del cólera.
Sin embargo, durante años persistió la costumbre de llamar Fort Grant a todo el complejo, incluso al área continental que oficialmente debía llevar el nombre de Amador.

La situación provocó la protesta de María Ossa de Amador, viuda del primer presidente de la República.
En 1917, ella reclamó que se utilizara correctamente el nombre asignado a su esposo. El mando estadounidense terminó ordenando formalmente que se respetaran las denominaciones.
La Orden General No. 16, del 19 de octubre de 1917, estableció que las islas Flamenco, Perico, Naos y Culebra integrarían la reserva denominada Fort Grant, mientras que la reserva situada en tierra firme, al extremo interior de la calzada, llevaría el nombre de Fort Amador.
Durante décadas, aquellas instalaciones estuvieron vinculadas a la defensa militar estadounidense del Canal.

Las islas llegaron a albergar algunas de las piezas de artillería más poderosas de su tiempo. Flamenco contó con la batería Warren y otras instalaciones militares; Perico tuvo un gigantesco cañón de 16 pulgadas; Culebra albergó emplazamientos para artillería ferroviaria, y Naos contó con varias baterías destinadas a proteger la entrada del Canal.
La historia cambió nuevamente con los Tratados Torrijos-Carter, firmados en 1977. Los acuerdos establecieron un proceso progresivo de transferencia a Panamá de áreas e instalaciones que habían permanecido bajo control estadounidense.
Las antiguas zonas militares fueron pasando gradualmente a jurisdicción panameña hasta culminar el proceso de reversión del Canal y sus áreas asociadas al finalizar 1999.
Y aquellos lugares concebidos para la guerra comenzaron a adquirir otros usos.
Naos, donde funcionaron instalaciones militares, alberga hoy laboratorios vinculados al Smithsonian.

En Culebra funciona el Centro Natural Punta Culebra.
Perico se transformó en un área comercial y recreativa.
Y Flamenco, que alguna vez estuvo cubierta de baterías, morteros, túneles y posteriormente instalaciones de misiles, es hoy un espacio de marinas, restaurantes y actividades turísticas.
La calzada que nació de millones de toneladas de material extraído durante la construcción del Canal y que durante décadas formó parte de un complejo militar es hoy uno de los espacios públicos y turísticos más reconocibles de la ciudad de Panamá.
Su nombre también guarda una historia.

Amador no es solamente el apellido del primer presidente de Panamá. Detrás de ese nombre está también el reclamo para que su memoria recibiera el reconocimiento que le correspondía.

Por eso, la próxima vez que recorramos la calzada de Amador, vale la pena recordar que debajo del paseo están las piedras de Culebra; en las islas permanecen rastros de una enorme fortificación militar; y en su nombre sobrevive una disputa histórica sobre memoria, soberanía e identidad panameña.


