Siempre hay una excusa para volver al Casco Antiguo, en el corregimiento de San Felipe, en la ciudad de Panamá. Puede ser para pasar un rato agradable con la pareja o la familia, para regalarle a los más pequeños una tarde diferente, para capturar fotografías de ocasiones especiales —quinceaños o graduaciones— o simplemente para dejarse envolver por la historia y la cultura que respiran sus calles.
Caminar por el Casco tiene algo de pausa. Allí el tiempo parece transcurrir a otro ritmo. Entre sus calles empedradas y balcones coloniales es fácil olvidarse del apuro cotidiano: basta una caminata tranquila, detenerse a mirar el mar o descubrir alguno de los rincones que guardan siglos de memoria.

Uno de mis lugares favoritos es el paseo Esteban Huertas, construido sobre la antigua muralla que protegía la ciudad de los ataques piratas. Desde ese punto, el contraste es inevitable: de un lado la bahía serena; del otro, la silueta moderna de la capital que se levanta en el horizonte.


Muy cerca, el arco de flores se ha convertido en una parada casi obligatoria para las fotografías. También están los puestos de artesanías, donde es común ver a turistas extranjeros buscando recuerdos hechos a mano. Entre tantas pequeñas paradas, hay detalles que no deberían pasarse por alto: las antiguas placas vehiculares exhibidas en algunos espacios del recorrido o el sencillo placer de disfrutar un raspao en la Plaza de Francia mientras corre la brisa del mar.

Como toda ciudad colonial, el Casco tiene su corazón en la Plaza de la Independencia. Desde allí se levantan la Catedral Metropolitana Basílica Santa María la Antigua, el Museo del Canal y el edificio del Consejo Municipal. Los fines de semana el lugar se llena de vida: niños jugando con pelotas, prácticas de danzas indígenas y típicas, vendedores de helados y visitantes que esperan el atardecer mientras suena música en algún rincón.
Elegir un sitio predilecto dentro del Casco no es tarea sencilla. Sin embargo, si tuviera que recomendar uno, sería la Calle de los Sombreros. Allí se despliega un universo de estilos, formas y colores que celebran la tradición artesanal panameña, incluyendo los emblemáticos sombreros pintao’s.

Durante un reciente recorrido por el área, el reportero gráfico Isaac Ortega capturó algunas de las imágenes que acompañan este reportaje. Para él, fotografiar el Casco es casi una forma de descanso. “Cualquier punto del Casco es buenísimo para tomar fotos. Se encuentran personas de muchas partes del mundo, se mezclan culturas, y eso siempre se refleja en la calidad de las imágenes”, comenta.
Entre los momentos que más llamaron su atención estuvo el paso de carruajes por las calles del Casco Antiguo, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, así como la inevitable visita al histórico Café Coca-Cola, un punto de encuentro que a lo largo de los años ha reunido a políticos, líderes y personajes de todo tipo.

El Casco es un destino que se disfruta mejor caminando, sin prisa. Sus calles empedradas, las puertas de colores, los edificios de piedra y la arquitectura colonial española y francesa invitan a detenerse en cada esquina.

Plazas, museos, teatros, miradores, tiendas de artesanías, moda, hoteles y una amplia oferta gastronómica forman parte de su encanto. Y si hablamos de la vida nocturna… bueno, ese es tema para otra historia.

Por ahora queda la pregunta abierta: ¿qué rincón del Casco Antiguo es el que siempre eliges visitar?


