Recientemente presenté dos libros míos en la Biblioteca de Boquete (Chiriquí). Uno, Cuentos a la Vera del Río y la Mar, escritos sobre personajes y paisajes que he conocido en mi andar antropológico y aparecidos originalmente en El Panamá América.
El otro, La Niña Jenny, con las cartas que Jenny C. White del Bal, esposa de Bernardino del Bal Arosemena, escribiese desde Santiago de Veraguas, a su familia en Nueva York, entre 1863 y 1867. Artículos aparecidos en la revista Épocas.
La Biblioteca de Boquete es una de las más hermosa del país. Construida y administrada por una fundación de prestantes boqueteños, quienes acaban de construir el precioso parque Biblioteca de Boquete a la vera del Caldera.

A esta biblioteca he donado libros que sirvan a los universitarios en busca material para sus tesis.
A la ciudad de David siempre vuelo desde Albrook. Esta vez, lo hice desde Tocumen en un jet de Copa Airlines. El jet iba pleno de turistas que admiraban el Canal y los rascacielos de ciudad de Panamá, sus corredores vehiculares atestados con el tráfico matutino y el moderno metro.
Al descender al aeropuerto Enrique Malek los visitantes pudieron apreciar al sur el Golfo de Chiriquí con sus islas y vastos manglares y al norte, la cordillera central y el volcán Barú, cuyas explosiones generaron los suelos más fértiles del istmo.
David es la segunda o tercera ciudad del país; pero por ser región sísmica carece de rascacielos. La rodean potreros, arrozales recién cosechados y tierras en preparación para la siembra de 2026.
Me recogió Daniel Samudio, voluntario de la biblioteca de Boquete, pronto a partir hacia la Universidad de los Andes, en Bogotá, Colombia, a realizar su maestría en Historia. Me dejó en casa del ingeniero mecánico jubilado Charles Colburn y su esposa Lisette, en Volcancito.
Por celebrarse la Feria de las Flores y el Café, el pueblo se había quedado chico para los 140,000 visitantes. Temí que por la feria pocos asistirían a la biblioteca, pero tuvimos un lleno completo.
Luego estudié centenares de postales sobre Chiriquí a inicios del siglo XX, de la colección de Vicente Pascual. Me apoyaron Milagros Sánchez, directora de Culturama, programa que por 30 años se trasmite vía Radio Chiriquí, y Daniel Samudio.
Revisamos estas postales sobre David, Dolega, Boquete, Bugaba, el puerto de Pedregal, el Ferrocarril Nacional de Chiriquí, San Juan y la zona indígena. Impactantes son las primeras fotos aéreas de Volcán, Caldera y Plan de Chorcha, cubierto entonces por selvas con su espectacular chorro.
Según la gente, si uno se baña en el Caldera, regresa. Me bañé en él en 1952, cuando la doctora Julieta Arias de Burda me invitó a pasar unos días con sus tres hijos. La corriente casi me arrastra y me muero de frío.
En 1956, aguardaba las vacaciones. Pasaría tres meses en la finca de mis abuelos en el Chiriquí Viejo.
Al llegar a David mis tíos Roberto Anguizola y Bernardina Moreno de Anguizola me dicen que primero iría a la finca cafetalera Princesa Janca, por invitación de su dueño, el doctor Arnulfo Arias. Me llevaron en su Packard gris. Cargaba 75 centavos que mi mamá me diese para cosas esenciales como Coca Cola y ginger bread. En Arco Iris nos recibió el doctor en su pequeña y nítida casa de madera. Me dio una cálida bienvenida y me dijo que ocupara el cuarto de su hijo Gerardo, quien estudiaba en el exterior. En las comidas me sentaría frente a él para conversar. Me mostró su vasta biblioteca diciéndome que leyese los libros que me interesaran, colocándolos luego en su sitio.
Tito López, administrador de Arco Iris, me mostró el beneficio y su maquinaria alemana operada con hidroelectricidad y el procesamiento del café. Pero primero debía aprender a cosechar con los niños guaimíes. No pasé de cosechador.

Me deleitaban las conversas durante las comidas entre el doctor y sus invitados. Un día llegó un señor delgado, bajito, de sonrisa contagiosa. Era su gran amigo “Gallito”. Le pregunté si debía llamarle señor Gallito. Ríe y dice “llámame Gallito”. Ambos disfrutaban su compañía. Recordaban aventuras vividas. Hablaban de política nacional e internacional.
Gallito me preguntó sobre Chiriquí Viejo. Le dije que en la finca no teníamos luz eléctrica, carretera, telegrafía, hospital, pero que ese selvático río era el más lindo del mundo.
Le pregunté de su infancia y su apodo. Ríe y me dice: “tú me has visto pero no me conoces”. Le dije que nunca lo había visto. Me preguntó qué libro de Historia de Panamá usábamos en el colegio. Dije que el de Ernesto Castillero. Me preguntó si el libro traía el cuadro sobre el bautizo de la bandera panameña en 1903? Dije que sí. “Te fijaste que ahí aparece un niño en pantalones cortos y sin zapatos al lado del Obispo Paul?”. Dije que sí y que siempre me preguntaba quién era ese niño. Ríe y me dice. “Ese era yo, Guillermo Rodríguez. ¡Me decían Gallito por chiquito y peleón!”.
Los boqueteños han construido y administrado sus acueductos, sus sistemas de riego y una espléndida biblioteca. Solo resta un museo con la historia del cultivo del café. Un sitio ideal sería el antiguo beneficio de Café Princesa Janca con su maquinaria alemana de principios del siglo XX, ahora propiedad de Mireya Moscoso, quien fue presidenta de Panamá.

