A las cinco de la tarde del 15 de mayo de 1903, en la Plaza de Armas de Chiriquí (hoy Plaza de Francia), un pelotón disparó contra un hombre atado a una silla. La primera descarga no bastó. El cuerpo se sacudió, se inclinó hacia la derecha. Hubo que disparar otra vez. Tres mil personas presenciaron la escena. Al día siguiente, La Estrella de Panamá despachó el suceso en tres párrafos perdidos en su primera plana, como si hubieran fusilado a un cualquiera.
El cualquiera se llamaba Victoriano Lorenzo Troya. Era el general más temido de la Guerra de los Mil Días, el indígena coclesano que había puesto en jaque al ejército colombiano desde las montañas de La Negrita, el hombre que la oligarquía istmeña y los intereses estadounidenses necesitaban borrar antes de armar la república que ya estaba en marcha.

La trampa del Wisconsin
El 21 de noviembre de 1902, a bordo del acorazado estadounidense Wisconsin fondeado en aguas panameñas, conservadores y liberales firmaron el tratado de paz definitivo de la Guerra de los Mil Días.
Estados Unidos no era mediador neutral: ya negociaba con Bogotá la concesión del Canal y necesitaba una zona pacificada, sin caudillos rebeldes.
Lorenzo no firmó. La paz amnistiaba a los oficiales, pero no resolvía nada por lo que él había peleado: los indígenas seguirían sin tierras y los abusos del régimen intactos. Una semana después, el 28 de noviembre, lo capturaron por anunciar que retomaría las armas. La paz prometía olvido. Lo que vino fue persecución. En Nochebuena intentó fugarse. Lo recapturaron a las pocas horas. Dejarlo libre era reabrir la guerra; dejarlo vivo era mantener encendida la mecha. La única salida era eliminarlo. Pero había que disfrazar el asesinato político de procedimiento judicial.
El hombre antes del mito
Victoriano Lorenzo nació en 1867 en el área rural de Penonomé. Indígena, campesino, sin escuela formal. Aprendió a leer con el sacerdote jesuita Antonio Jiménez, en Capira. A los veintidós años fue corregidor de El Cacao. Su primer enfrentamiento serio fue con Pedro de Hoyos, cuyos abusos contra la comunidad indígena de Trinidad habían sido denunciados sin consecuencias. En una fiesta en casa de Gil Cárdenas, Hoyos lo amenazó de muerte. En defensa propia, Lorenzo le dio muerte. Lo condenaron a nueve años en las Bodegas de Chiriquí.
La cárcel, fue su universidad. Aprendió cómo se aplicaban las leyes y cómo se podían reclamar. Al salir, escribió un memorial al vicepresidente denunciando la explotación de los indígenas. Cuando estalló la Guerra de los Mil Días, eligió bando con la lucidez de quien ya había probado la cárcel del régimen. Tras la derrota liberal en el Puente de Calidonia, en julio de 1900, escondió las armas. La patrulla del coronel Pedro Sotomayor arrasó y quemó el caserío de El Cacao. Esa quema fue el acto fundacional de la guerrilla. El escritor panameño Rafael Ruiloba en su ensayo El doble fusilamiento de Victoriano Lorenzo lo describió con una imagen exacta: “el aguerrido Lorenzo derrotó una y otra vez a sus oponentes militares, porque él y la noche eran una sola sombra”. Fue nombrado General de División.
Promovió el levantamiento indígena bajo una consigna de tierra y libertad. Por eso era peligroso. No por las armas, que eran pocas. Por lo que representaba.
Veintisiete horas
El 13 de mayo de 1903, el general Pedro Sicard Briceño, comandante militar de Panamá y Bolívar, llegó procedente de Bogotá. Traía un objetivo. El 14 de mayo, a las 2:00 p.m., se instaló un Consejo de Guerra. Algunos jueces (José Segundo Ruiz entre ellos) eran enemigos personales y confesos de Lorenzo. El tribunal no estaba para juzgar; estaba para sentenciar.

A las 8:30 a.m. del 15 de mayo ya estaba dictada la sentencia de muerte. A las 5:00 p.m. se cumplió. Entre la instalación del Consejo de Guerra y el fusilamiento transcurrieron veintisiete horas. En ese intervalo se le imputaron, juzgaron y condenaron crímenes acumulados de tres años de guerra, sin testigos de descargo, sin defensa real, sin tiempo material para revisar prueba alguna. La fórmula fue presentarlo como malhechor común. Despojarlo del estatus de combatiente, del fuero político, del derecho a la amnistía firmada a bordo del Wisconsin.
Convertirlo, por decreto judicial, en un asesino vulgar al que se ejecuta en plaza pública para que sirviera de escarmiento. Pero la gente que llenó la Plaza de Armas esa tarde no fue al escarmiento. Fue al velorio.
La carta del fraile
Dos días después del fusilamiento, Fray Bernardino García de la Concepción, el sacerdote que acompañó a Lorenzo en sus últimas horas, escribió una carta al director de La Estrella. La razón fue concreta: había circulado la versión de que Lorenzo había muerto ebrio. Que se había bebido una botella de brandy para enfrentar al pelotón. Que aquel hombre de voluntad de hierro había llegado tambaleándose al patíbulo, indigno. No bastaba con matarlo. Había que ensuciar su muerte.
El fraile entró a la prisión a las 9:30 a.m. No se separó de Lorenzo en todo el día.
Sobre el brandy fue minucioso: hacía calor sofocante, mandó traer “tres o cuatro tragos de brandy (nada de botella)… junto con agua muy helada”. No fue para emborracharlo. Fue para sostenerlo. “Yo habría sido cruel y criminal si hubiera permitido que hubiera llegado a tal estado, pues precisamente lo que yo necesitaba era la completa lucidez de su inteligencia”. A las 4:15, le tomó el pulso. Latía con regularidad.
Cuando aparece la escolta a la puerta, se quiebra por única vez en todo el día. Dice en voz alta: “quiero comer, que esperen”. Y enseguida se sobrepone. Le toma la mano al fraile, angustiado: “Padre mío, ¿he ofendido a alguno con mis palabras?”. Frente al Crucifijo declara que perdona a todos y pide perdón a todos. Lo besa. Dice: “Vamos padre mío, es la hora, no me abandone”. Saliendo del cuartel, el fraile le ofrece el brazo. Lorenzo le responde: “no, padre mío, estoy tranquilo, cúmplase la voluntad de Dios”.
Camina firme. En la silla, atado, le pide que le ponga el Crucifijo sobre el pecho, porque él no puede.
La carta cierra rotunda: “protesto de lo que se ha querido atribuir y asimismo declaro que estaba en perfecto conocimiento de todo lo que sucedía y murió como un verdadero cristiano”. Fue la primera batalla por la memoria de Victoriano Lorenzo. La perdieron las autoridades. Ganó el fraile.
Las balas que no entraban
Carlos Guevara, testigo, escribió 58 años después: “cuando sonó la primera descarga, un grito de horror, que aún oigo resonar en mi alma, se escapó de todos los pechos… Inmediatamente se hizo una segunda descarga, y el cuerpo quedó inerte”. Dos descargas. La primera no lo mató. De ahí nació la leyenda que recogería el poeta Changmarín en El guerrillero transparente: que al cholo no le entraban las balas. Antes del primer disparo, Lorenzo se puso de pie y dijo: “Señores, oíd una palabra pública. Ya sabéis de quién es la palabra. Victoriano Lorenzo muere… a todos los perdono… Yo muero como murió Jesucristo”. Las autoridades, después, se negaron a entregar el cadáver que trasladaron en medio de la noche en una carreta y lo enterraron en un lugar desconocido del Cementerio Amador.

El mito que la oligarquía no calculó
Pensaron que con eliminarlo bastaba. Subestimaron la potencia simbólica de un fusilamiento injusto. El escritor colombiano José María Vargas Vila escribió la frase que mejor explica lo que vino después: “yo anuncié la separación de Panamá, cuando la inútil crueldad de José Manuel Marroquín, asesinando a Victoriano Lorenzo, estranguló en lo alto de la horca la paciencia de aquel pueblo”. Seis meses después, el 3 de noviembre de 1903, Panamá se separó de Colombia.
La república que la oligarquía construyó después negó a Lorenzo durante 63 años el reconocimiento que merecía. Recién el 30 de enero de 1966 la Asamblea Nacional declaró injusta su ejecución. Hicieron falta dos generaciones para reparar oficialmente lo que el pueblo nunca dejó de saber. Mientras la república oficial lo ignoraba, el imaginario popular lo guardaba en versos, novelas y teatro: Amelia Denis de Icaza, Ramón H. Jurado, Changmarín, Justo Arroyo, Ernesto Endara, Rafael Ruiloba, entre otros. La literatura panameña hizo, durante décadas, lo que la política no se atrevió a hacer: nombrarlo héroe.
Lorenzo no es solo un mártir. Es la prueba de que la república panameña empezó con un asesinato político disfrazado de juicio, montado por la oligarquía istmeña, ejecutado por el ejército colombiano, vigilado desde el mar por un acorazado estadounidense. El mito popular lo entendió antes que la historiografía. Lo entendió esa misma tarde del 15 de mayo, en la Plaza de Armas, cuando el grito de horror de tres mil pechos acompañó la primera descarga.
Ciento veintidós años después, el grito sigue resonando.
Amalia Aguilar Nicolau es periodista cultural y humanista digital.


