DRAMA PASIONAL EN PARQUE LEFEVRE.

San Valentín se manchó de sangre

Un subteniente de policía, cegado por los celos, mató a tiros a un compañero de trabajo de su esposa.

San Valentín se manchó de sangre
Manuel Llorente, el homicida.

Salió de su trabajo en el cuartel de la Policía de Santa Marta a primera hora de la mañana, ilusionado.

Era el Día de San Valentín y el subteniente Manuel Llorente, de 30 años, no quería fallar al compromiso con su esposa, Yeorgui. Camino al hogar, decidió comprarle un ramo de flores.

Pero no la encontró en su casa. Yeogui, de 20 años, ya había salido para ir a trabajar en una funeraria de Parque Lefevre. Todavía no hay forma de saber por qué el subteniente Llorente decidió ir a su encuentro y no se quedó en su casa, descansando, luego de estar toda la noche patrullando en San Miguelito. Todavía no se sabe si Llorente quería entregarle las flores a su esposa, simplemente, y poner de manifiesto su gesto de amor hacia ella, o también, en ese mismo gesto, indagar algo más sobre ella.

Llorente tomó su vehículo y fue a la funeraria Jardín de Paz. No quiso estacionar en el local. Prefirió detenerse enfrente, en un taller mecánico. Desde allí los vio. Su mujer conversaba con un compañero de trabajo, Samuel Silvera, en el interior de un Chevrolet Haveo celeste. Era el auto de ella. Esa visión lo enfureció y también lo cegó. En Llorente afloró lo más terrible y oscuro de los celos. Sacó un arma y se encaminó hacia el auto.

Dos semanas atrás se había repetido la misma situación. Su mujer conversaba con el mismo compañero. Esta situación había disgustado mucho a Llorente, quien llegó a reclamarle en público por la supuesta relación amorosa que ambos tenían. El tema había quedado sobrevolando en el aire.

Ayer, en el Día de San Valentín, se consumó la tragedia.

Llorente avanzó hacia el auto de su esposa con el arma reglamentaria en la mano. Sin ganas ni tiempo de escuchar nada, disparó hacia el compañero de su esposa, que estaba dentro del auto. Los testigos dicen que no tuvo tiempo de reaccionar. Silvera recibió tres disparos. Yeorgi gritó, pero el subteniente no detuvo su furia. Quería matarlo. Entonces abrió la puerta del auto, y sacó el cuerpo afuera para darle el tiro de gracia. Pero la gente que pasaba por el lugar, incluso compañeros de trabajo de Silvera, le rogaron a gritos que no lo hiciera. Llorente, por primera vez, recapacitó. No le disparó. Empezó a tomar conciencia de lo que había hecho, mientras Silvera se moría frente a sus ojos. Al poco tiempo llegó la policía y el subteniente se entregó.

Silvera fue trasladado al Complejo Hospitalario Metropolitano del Caja de Seguro Social (CSS). Murió en la tarde. Llorente será juzgado por homicidio, que tiene una pena que va de cinco hasta 20 años de prisión.


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