Tres meses después de los Juegos Olímpicos, el hermoso pero controvertido campo de golf de Río de Janeiro está sumido en una extraña tranquilidad, donde el canto de los pájaros se oye más que el golpe de los palos.
El campo, construido especialmente para los Juegos de Río 2016 en lo que fue una reserva natural cerca de la playa de la zona oeste de Río, pretendía además iniciar a los brasileños en un deporte que apenas conocen y colocar a Río en el circuito internacional del golf.
Pero en lugar de eso, las instalaciones que costaron 1$9 millones, diseñadas por el reconocido arquitecto estadounidense Gil Hanse, corre el riesgo de convertirse en un elefante blanco.
Y las dudas sobre su futuro se acentúan a causa de una disputa sobre pagos, podrían incluso llevar a la salida de la compañía responsable de mantenerlo.
Durante una visita de la AFP esta semana, solo tres personas golpeaban pelotas con sus palos en el driving range, o área de prácticas para los jugadores.
El campo principal estaba cerrado para mantenimiento, pero cuando está abierto un número de 20 visitantes sería considerado bueno. Durante los fines de semana la cifra aumenta un poco, dicen los empleados.
El club no solo estaba vacío, sino casi totalmente desamoblado. En el café, sin sillas, un solitario garzón y otro hombre esperaban en silencio que aparecieran los clientes.
Una instalación que hace semanas acogió a algunos de los mejores golfistas del mundo no tiene tienda deportiva. Tampoco un portal de internet.
Incluso llegar ahí es difícil: no hay señalización que indique la entrada. Quizás envalentonados por la ausencia de actividad humana, los habitantes más salvajes de la instalación olímpica parecen estar felices. Aves y mariposas vuelan a su gusto. Una capibara o carpincho -un roedor del tamaño de un perro-, caminaba por ahí cerca del agua. Y cuando un caimán emerge desde el estanque, se completa el paisaje de una tierra perdida en el olvido.
Los otros dos campos de golf de Río de Janeiro no alcanzan estándares internacionales y pertenecen a exclusivos clubes privados. El olímpico, manejado por la Confederación Brasileña de Golf, es público.
