A Croacia se le agotó el combustible cerca de la meta. El equipo talentoso y tenaz que se instaló en la primera final mundialista de su historia, sobreviviendo a tres partidos que se definieron en el alargue — dos por penales — simplemente careció de pegada y soluciones ante una Francia más dinámica, fresca y experimentada en las grandes lides, que se impuso el domingo por 4-2 y consiguió la segunda copa para sus arcas.
“Desde luego que estamos tristes, abatidos”, reconoció el técnico Zlatko Dalic durante la conferencia de prensa posterior al encuentro. “Pero les dije a nuestros jugadores que no debían estar tristes... Si alguien nos hubiera ofrecido la oportunidad de ocupar el segundo puesto antes de este torneo, creo que habríamos pensado que eso era grandioso”.
El mensaje de Dalic surtió un efecto apenas moderado en el ánimo de sus jugadores. “Me gustaría salir con menos orgullo pero con la copa”, confesó el volante Ivan Rakitic. “Duele mucho porque tenemos la sensación de que fuimos mejores hoy”.
Los croatas llevarán a casa la medalla del segundo puesto, y el recuerdo del mejor desempeño en la historia del fútbol nacional. Luka Modric, su motor en la media cancha, exhibirá orgulloso el Balón de Oro que se le entregó ayer como mejor jugador del Mundial. “No podemos reprocharnos nada”, recalcó Modric. Pero seguramente los jugadores y las decenas de miles de seguidores croatas que se dieron cita en el estadio Luzhniki, rumiarán por largo tiempo la idea de qué habría ocurrido en este recinto si la selección balcánica hubiera llegado a la final sin tanto rodaje extenuante en sus duelos de eliminación directa.
Pensarán también que habría pasado si Mario Mandzukic, una de sus principales figuras, no hubiera desviado hacia su propio arco un tiro libre ejecutado por Antoine Griezmann para un autogol que abrió el marcador a los 18 minutos. O cuál habría sido el desarrollo del duelo si no se hubiera revisado y sancionado mediante el videoarbitraje un penal, por una mano de Ivan Perisic, que Griezmann transformó.
