Río de Janeiro se las ingenió para sacar a flote los Juegos Olímpicos del año pasado, controlando la delincuencia y sobreviviendo a las acusaciones de corrupción, degradación del medio ambiente y descontrol del presupuesto.
Pero seis meses después de los primeros juegos olímpicos sudamericanos, las compuertas se han abierto. Los organizadores de los Juegos todavía adeudan 40 millones de dólares.
Cuatro instalaciones nuevas del Parque Olímpico están en desuso al no encontrar a nadie del sector privado interesado en ellas y son propiedad ahora del Gobierno Nacional.
Otra instalación será manejada por una municipalidad de Río que hace frente a las deudas y el exceso de gastos de los Juegos Olímpicos.
El histórico estadio Maracaná, sede de las ceremonias inaugural y de clausura, ha sido vandalizado mientras sus administradores, el gobierno del estado de Río y los organizadores de la justa se pelean en torno al pago atrasado de tarifas eléctricas por un total de un millón de dólares. La empresa eléctrica de Río respondió cortando la luz en el estadio. Pocos jugadores frecuentan el nuevo campo de golf olímpico, que costó 20 millones de dólares, y hay poco dinero para su mantenimiento.
Deodoro, el segundo complejo olímpico más grande, está cerrado, a la espera de encontrar una empresa que lo administre. El gobierno estatal de Río de Janeiro está atrasado varios meses en el pago de los sueldos de los maestros, los trabajadores de hospitales y las pensiones. Y ha reportado una actividad delictiva récord en 2016 en casi todas las categorías, desde asesinatos hasta robos.
Los Juegos Olímpicos y, en menor medida, la Copa Mundial de fútbol de 2014, mostraron la realidad de Río, la ciudad famosa por sus playas, su Carnaval y su estilo de vida sensual. Pero también sacaron a la luz la delincuencia, la contaminación y la corrupción.
Tres políticos involucrados con los Juegos —el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, el exgobernador de Río Sergio Cabral y el exalcalde de la ciudad Eduardo Paes— han sido investigados.
Cabral estuvo encarcelado acusado de corrupción. “Los Juegos Olímpicos le dieron a la gente una idea de las dificultades que enfrenta Brasil”, dijo Stuenkel. “Tal vez no mejoró ni empeoró su imagen, pero dieron una idea más cabal”.
El Parque Olímpico es una ciudad fantasma. Instalaciones donde no hay actividades, sin gente; los jardines están bien arreglados, ya que no hay tráfico de peatones.
Se comparó el parque, que costó 800 millones de dólares, con un centro comercial sin negocios ni clientes. El parque abre solo los fines de semana y no hay mucho que hacer, excepto caminar, andar en bicicleta o buscar un lugar a la sombra.
Cuatro estadios permanentes son administrados por el Gobierno Nacional. Entre ellos figura el centro olímpico de tenis, que fue usado este mes para un torneo de un día de vóleibol de playa. En una ciudad donde sobran las playas y la arena. Todavía no se han desmantelado dos instalaciones temporales, las de natación y balonmano.
