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En la mitología del fútbol, Pelé viene a ser Zeus.

El brasileño se impuso cuando los otros países ya contaban con sus propios dioses y el fútbol se coronaba como el deporte preferido. La leyenda comienza en una época en la que jugaba el mejor Garrincha del que se tenga memoria, y en los estadios europeos se exhibía el “Comandante galopante”, o sea el húngaro Ferenk Puskas. Cuando existía el Real Madrid de don Alfredo Di Stefano y su racha ganadora de Copas de Campeones de Europa.

En la Copa de Suecia 1958, Francia presentó a Just Fontaine, máximo goleador de un mismo torneo mundialista. Quién sabe de dónde lo sacaron, pero los galeses trajeron al mundo a George Best, un existencialista con aires de rockero. Más adelante los ingleses consagraron a Boby Charlton, y los alemanes a Franz Beckenbauer. En Portugal aparecía Eusebio, y en Holanda asomaba la cabeza Johan Cruyff.

En Suramérica, Pelé tuvo que vérselas con don Elías Figueroa, defensa chileno y el mejor de nuestro continente. Anotó al arquero uruguayo Mazurquievicz el famoso “gol que no fue”. Enfrentó a los argentinos antes de Maradona y Pasarela, que eran estupendos pero estériles en los mundiales, y sobre todo superó a sus paisanos hijos del jogo bonito, a quienes enfrentaba en las ligas brasileñas. Estamos hablando de sus compañeros en la selección de 1970: de Rivelino, Gerson, Tostao, Everaldo, Clodoaldo, Jairsinho y varios otros nombres deliciosos de escuchar en las narraciones radiales encargadas de reproducir sus paredes sin fin y sus proezas geniales, hasta casi equipararse al lenguaje propuesto en la novela Gran sertón: Veredas, obra prima de Joao Guimaraes Rosa.

Por fuera de la cancha nadie habla mal de Pelé. Es un caballero, algo quizás más difícil que ser el mejor jugador de todos los tiempos. La última vez que lo vimos fue en la ceremonia reciente de entrega del Balón de Oro en la que recibió un título honorífico. Dicen que todo señor de verdad carga un pañuelo en el bolsillo, ya sea para limpiarse el sudor, ya sea para secarse las lágrimas. Apenas Pelé recibió el trofeo, rompió a llorar. Entonces sacó su pañuelo del señorío, se limpió la cara y pronunció un discurso de agradecimiento. Lo aplaudían de pie.

Y siempre será el rey del fútbol.

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