Narcilo Cunday Marquínez le mandó un mensaje a los peloteros: más pasión, seriedad y menos peleas. El herrerano de 83 años vive en Chitré y es a quien se le dedica el torneo juvenil de béisbol.
Marquínez confiesa que no ve, pero sigue los partidos por la radio. “Tengo un oído finito, escucho a lo lejos un mosquito”, bromea el jardinero herrerano, al recordar que su manilla apenas le cubría su mano, “nada comparado con las que usan ahora, que parecen una jaba”.
El campeón de la patrulla central y líder de carreras remolcadas (15) de la campaña de 1962 dijo que emigró de Chitré a la capital para hacer parte de su escuela primaria.
Marquínez vivía cerca de calle 17, en donde comenzó a vincularse a los deportes, sin embargo la primera disciplina que practicó fue el fútbol. “De hecho en mi vida también jugué baloncesto, hice atletismo, softbol; hay que recordar que las campañas de béisbol eran muy cortas y nos sobraba tiempo”.
El homenajeado de la temporada 49 del torneo juvenil contó que a su regreso a Chitré arrancó verdaderamente su carrera en el béisbol. Recuerda que vivía por el jardín derecho del estadio Rico Cedeño, en ese entonces no estaba cercado, lo que le permitía recoger algunas pelotas del equipo mayor de Herrera, así se propuso conformar la selección. Su apodo no está claro de dónde surgió, pero recuerda que su madre le cantaba “cunday, cunday, cunday... debajo del aguacero, sin camisa, ni sombrero”. “Ahora, también es un lugar de Colombia”, agregó.
“En ese tiempo no había juvenil, mucho menos categorías menores, así que me tocó jugar y ganarme el puesto contra los hombres, contra los mayuyones”, destacó Cunday.
Sus atrapadas y poder ofensivo, que deleitaron a la fanaticada a lo largo de 17 temporadas vistiendo la franela de la selección herrerana, lo han convertido en una leyenda en todo el país, aunque poco recordada.
Marquínez comentó que no era bateador de poder y que su destreza de conectar la pelota consistía en la posición del lanzador. “Hay que fijarse dónde pone sus pies, si estaba en el centro venía con recta dura; si estaba a la izquierda sabía que era una curva adentro y si se acomodaba a la derecha, venía para afuera”.

“Nos preocupábamos por estudiar al lanzador contrario, pero lo importante era batear y empujar carreras, claro que si había chance de un buen contacto, bienvenido. Así pegué algunos jonrones”, dijo Marquínez, quien en 1963, durante el XX torneo nacional mayor, obtuvo los premios de campeón bate, carreras anotadas, empujadas, fue líder en hits y declarado el Jugador Más Valioso.
Marquínez tiene tres hijos y dijo que vive tranquilo, porque su norte siempre fue jugar para su provincia, defenderla, hacer un buen papel, representar a Panamá, quedar plasmado en la historia, nunca exigir nada; y eso que jugó con la mano y el tobillo quebrados. “Hay gente que juega para que lo nombren en cualquier entidad pública”, señaló.
De sus compañeros de equipo trajo a su memoria a Rutilio Cedeño. “Teníamos un pacto para robarnos la segunda, si yo llegaba a primera y le tocaba el turno a Rutilio le enviaba una seña y me protegía y viceversa”.
El herrerano asegura que utilizaba los bates que le daba la liga. En esos tiempos, dice Cunday, no había tanta tecnología y se bateaba con lo que había disponible, “así quedé campeón bate. Hay que seguir consejos y yo escuchaba mucho los de Pepe Osorio y Joaquín Padilla”.
“También de ellos aprendí disciplina, les pido a los muchachos que se concentren, seriedad, también disciplina, que se dejen de peleas, de rabias, hay que disfrutar el béisbol”.
El expelotero de 83 años le recomendó a los juveniles estar concentrados en el partido, en las jugadas. “Escucho que el juego se está poniendo rudo, los peloteros tienen que tener control, que no se confundan, reconozco que hay ansias de ganar, pero las peleas son para los boxeadores”.
Durante los años 1965, 1966 y 1967 aportó en la trilogía de campeonatos que conquistó la provincia de Herrera y formó parte de la selección nacional en ocho ocasiones, en las que visitó Colombia, Perú, Ecuador, Guatemala y El Salvador.
La vista la perdió por un doble accidente. Cunday comentó que trabajaba como chapistero y haciendo su oficio un disco se quebró y le golpeó el ojo izquierdo, seis años después comenzó a molestarle y decidió venir a Panamá donde en vez de curarlo le dañaron el ojo bueno.

