FUERTE Y AL MEDIO

Sochi, nunca te olvidaremos

Mientras cae la lluvia en Moscú y espero en el avión para salir rumbo a Saransk, sigo pensando en qué palabra puede definir el primer partido de Panamá en un Mundial. ¿Histórico? Sí. ¿Digno? También.

Pero hay una palabra que repitieron varios jugadores del onceno nacional una vez terminado el encuentro que me parece que es la que cae mejor. Y es orgullo.

Orgullo por haber competido ante una potencia europea, pese a las enormes diferencias tanto individuales como estructurales.

Orgullo por demostrar durante varios minutos que cuando se quiere, se puede, sin importar los obstáculos que pueda haber.

Pero hay una imagen que reconozco que al principio me chocó. Estaba caminando a la zona de prensa, el partido ya había terminado y afuera del estadio veía a los panameños cantando y bailando.

Pasaban los belgas, que minutos antes habían gritado los tres goles, y solo sonreían, sin entender por qué tanta emoción.

Hasta que un fanático panameño, con bandera en mano, utilizó la misma palabra que solo minutos más tarde iban a decir los jugadores. Orgullo. El estaba orgulloso. También todos a su alrededor. Y ahí fue que finalmente entendí.

Tanto ellos como los jugadores, y los 4 millones de panameños tenemos que sentirnos orgullosos por haber compartido un momento que nunca nadie olvidará. Y eso es lo que deja el partido.

Más allá del análisis, que si los cambios, que los tres goles, que si pudimos haber hecho más, es esa sensación de haber podido llegar a la cima de la montaña por primera vez. Es alcanzamos por fin la victoria pese al resultado, y celebrar eso no tiene nada de mediocridad.

El autor es periodista

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