En una de las mayores operaciones anticorrupción en el baloncesto colegial, el FBI acusó a 10 personas, incluido un prominente ejecutivo de Adidas y cuatro asistentes de entrenadores, de emplear cientos de miles de dólares para influir en las decisiones de los jugadores.
Mediante esos sobornos se buscaba llevar a que los deportistas eligieran en qué escuela jugarían, qué marca de calzado utilizarían, quién sería su agente o incluso a quién contratarían como sastre. Algunas de las acusaciones más graves involucraban aparentemente a Louisville, una de las potencias del baloncesto colegial, investigada actualmente por el organismo rector del deporte colegial, la NCAA, por un escándalo sexual.
“El panorama del baloncesto universitario, pintado por estos cargos, no es agradable”, advirtió el fiscal federal Joon H. Kim, quien añadió que los acusados elegían a distintos prospectos destacados y los explotaban para enriquecerse.
Los fiscales dijeron que si bien una parte del dinero iba a los atletas y sus familias, otra se dirigía a los entrenadores, con el objetivo de que ejercieran su influencia.