Stephen Curry acomodó el cigarro con que festejaba en su calcetín derecho mientras cumplía con un sinfín de entrevistas. Aún andaba con su uniforme empapado de sudor, cargando los protectores de los tobillos y rodillas, y las zapatillas. Pero había que celebrar.
Los Warriors tendrán todo el verano para seguir de fiesta y, si es como se lo proponen, por muchos años más, mientras hoy se preparan los festejos en casa.
Curry, Kevin Durant y sus compañeros tienen entre ceja y ceja erigir una dinastía en la NBA, y todo indica que parecen bien encaminados en ese propósito.
El mismo LeBron James lo ve factible. Dos campeones en tres años para Golden State. Y el primero conseguido con Durant. “Estamos apenas comenzando”, declaró Curry tras rematar a Cleveland en el quinto partido de la serie final el lunes.
“Esto es algo que queremos continuar haciéndolo. “Valió la pena cada tiro que tomamos en las prácticas, perseverando con las lesiones que (él) sufrió este año. Es una sensación indescriptible”: El segundo título se siente drásticamente distinto para Curry.
Este fue uno gestado tras la amargura de la debacle del año pasado contra James y los Cavaliers, cuando los Warriors sabían que debieron salir campeones, pero dejaron escapar una ventaja 3-1.
En medio de la algarabía de sus fanáticos en la Oracle Arena, Curry observó a Durant -consagrado como el Jugador Más Valioso de la serie final- obteniendo su primer anillo de campeón en su décima temporada en la liga. El entrenador Steve Kerr lloró.
Ahora, los Warriors afrontan el frenesí del mercado de agentes libres, buscando retener al mayor número de figuras y suplentes posibles para otra marcha por el título en 2018.
